imagesPor mucho que laven el cerebro a las masas, y éstas voten sumisamente, nunca será la mayoría quien determine lo verdadero y lo falso. Una cosa es que la mayoría fije las normas de la tribu (eso es la verdadera democracia) y otra muy distinta que pretenda obligar a todos a tener una ideología común, y que defina lo que es verdad y lo que es justo. Esta regla no es democrática sino totalitaria. Las mayorías cambian y las reglas de convivencia también; lo que hoy es obligatorio, mañana no; lo que en un pais es obligatorio, está prohibido en el de al lado.

Otra cosa es lo verdadero y lo justo: eso no lo definen las mayorías sino la naturaleza. Hay muchas leyes injustas y muchos dogmas falsos; por eso las leyes injustas hay que tratar de cambiarlas y de no cumplirlas. Suelen ser injustas aquellas leyes que, en lugar de ordenar y regular la convivencia, pretenden imponer ideologías o satisfacer deseos cainitas.

Cuando el Estado, como el español actual, es injusto y te obliga a cumplir sus leyes injustas por la fuerza, mientras él incumple muchas de las justas, nos enfrentamos al dilema: o sufrir el castigo injusto o contrariar nuestra conciencia justa. Por lo cual es lícito no cumplir la ley injusta, procurando burlar el castigo injusto.

Desde que, por el 11-M de 2004, Zapatero y Rubalcaba se hicieron con el poder político, judicial y mediático, se vienen ocupando sistemáticamente en transformar la sociedad española, imponiendo sus dogmas y deseos mediante una serie de leyes ideológicas (matrimonio homosexual, educación para la ciudadanía, aborto, educación sexual, eutanasia…) y de leyes cainitas (“memoria histórica, “libertad religiosa”,…); leyes basadas en su ideología de género, en el neomarxismo, en  su cultura de la muerte y en sus fobias contra la excelencia, la familia, la maternidad y el cristianismo.

Enrique Díez Coelho