El sacerdote que enseña a dirigir grupos y personas

Publicado el 30 de julio de 2012
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Me propongo, en las cuatro próximas semanas, esbozar un comentario de una joya bibliográfica, lamentablemente descatalogada, titulada El arte de dirigir y editada en español en 1963 por Sociedad de Educación Atenas. El autor es  Gaston Courtois, un sacerdote francés perteneciente a la Congregación de los Hijos de la Caridad, de la que fue Procurador General. Es, además, autor de numerosas obras relacionadas con la formación de dirigentes y educadores.

Naturalmente, no tengo intención de transcribir la obra completa, que no tendría ningún sentido, sino de extraer algunos párrafos que no hayan perdido actualidad y comentarlos por si a alguna persona con funciones directivas (en cualquier ámbito: familiar, social, político, empresarial, eclesiástico…) le resulta de utilidad.

El primer capítulo trata de La misión del jefe y, para ello aborda el concepto de «jefe»:

Jefe, etimológicamente, es el que está a la cabeza, o mejor dicho, el que es la cabeza; ca­beza que ve, y piensa y hace obrar, pero en be­neficio del cuerpo entero.

Lo primero que hay que aclarar es que el término «jefe» apenas se utiliza en nuestras sociedades occidentales; está en desuso y se considera obsoleto, con excepción de algunas categorías profesionales («jefes de departamento», por ejemplo). Pero la función de dirigir equipos, grupos, sociedades, empresas o países no ha desaparecido; si lo prefieren, hoy hablaríamos de eufemismos como «responsable», «directivo», «líder», «gobernante» o anglicismos terribles tipo «manager».

Es interesante que Courtois aclare dos cualidades sobre lo que No es un jefe:

  • No basta con que el jefe tome decisiones para ser jefe. Decidir no es nada; lo importante es que las decisiones sean ejecutadas. Ser jefe no es sólo mandar, sino escoger a los que han de rea­lizar, educarlos (es decir, formarlos), animarlos, sostenerlos, revi­sarlos.
  •  Jefe no es lo mismo que presidente. Jefe es otra cosa que presidente. Presidente, presida lo que quiera, por definición es, no un hombre de pie, sino un señor sentado, que arbitra los consejos de los presididos y en ellos saca una preponderante mayoría. Puede ser há­bil, influyente, pero no manda, no es un jefe.

Al hilo de la descripción de Courtois me vienen a la cabeza dos aspectos: la necesidad de llevar a cabo las decisiones y el cuidado y la atención a las personas encargadas de hacerlo (no basta con comunicarlo) y el absoluto desconocimiento de la realidad de la que son responsables (solos o en compañía de otros) directivos de empresas, entidades financieras, políticos y cabezas de familia (padres y/o madres o ambos) que se comportan como presidentes a la antigua usanza, es decir autócratas ajenos a su propia comunidad y entorno.

Para que no quepa ninguna duda, el autor nos ofrece la «prueba del algodón» para reconocer a un jefe:

  •  ¿Queréis saber cuál es el verdadero jefe de una empresa? Preguntaos a quién será impu­tada la responsabilidad, en caso de fracasar.

En definitiva, ser jefe, según Courtois:

  • Consiste  esencialmente en saber hacer trabajar a los hombres en comunidad, en conocer y utilizar lo mejor las habilidades de cada uno.
  •  El jefe es, sobre todo, quien toma sobre sus hombros la carga de los otros.
  •  El jefe no es más que el mandatario del bien común, que tiene que interpretar, defender y realizar, en servicio del interés superior del grupo y, por tanto, de la persona de cada uno.
  •  El también es el que asume resueltamente y a la vista de todos lo más penoso de la obediencia.
  •  Mandar es servir.

¿Qué requisitos debe cumplir un jefe? ¿Quién puede asumir tareas de responsabilidad?  Tristemente, en demasiadas ocasiones encontramos personas que dirigen gracias a su curriculum  académico o cualificación profesional pero como dirigentes son un completo desastre. Los que ocupan cargos debido a otros «méritos» merecen el comentario de Don Mendo en la magistral obra de Pedro Muñoz Seca: «Honor que otorga el favor, ¿para qué, si no es honor?»

Para no abandonar el hilo , el padre Gaston menosprecia los aspectos superficiales (la voz, la mirada…) y no repara en los técnicos (títulos y cargos). Y nos sorprende al afirmar que, en el jefe, lo que importa es la persona y sus cualidades como tal, que se reflejan en las pequeñas cosas, por ejemplo, en la atención que presta a un detalle que se impone. Y para ser más claros: muchos jefes, revestidos de mando, que ostentan uniforme y galones, no tienen autori­dad alguna.

Jefe es cualquiera que ama de verdad a sus hombres, asegura Courtois. Hoy lo podríamos traducir por aquel que verdaderamente aprecia a las personas con las que trabaja y de las que es responsable, descubriendo lo mejor que hay en cada uno y queriendo a toda costa acarrear­los (es decir, sumarlos) a ponerlos al servicio del conjunto.

En definitiva, jefe, directivo, líder, gobernante, presidente de una institución… puede ser teóricamente cualquiera; no es preciso poner ejemplos. Pero, siguiendo al clérigo francés:

Sólo el que está emocionado por la rea­lidad humana, el que está empapado de la in­mensidad de la vida, es digno de ser jefe.

Teresa García-Noblejas

 

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