Perder una batalla no significa perder la guerra. En muchos momentos de la historia, los seres humanos hemos ido de derrota en derrota hasta la victoria final. Porque hemos sabido enmendar nuestros errores. Porque hemos sabido aprender del enemigo. Porque se luchaba por algo tan fuerte, importante y poderoso que, tras la derrota, sólo quedaba levantarse de nuevo, aunar fuerzas, sacar nuevos bríos de algún lugar más allá de los cuerpos abatidos y débiles e intentar vencer en una nueva batalla.

Con este extraño derecho humano en el que las mujeres pueden matar a sus hijos siempre que sea antes de que nazcan, hemos perdido la batalla de la pedagogía.

Pero una batalla no es más que un momento en una larga lucha en la que sobran las razones para seguir enmendando errores, aprendiendo del contrario y sacando fuerzas de donde nadie creería que podrían salir. Demasiado dolor, demasiada muerte para tirar la toalla.

El frente del aborto ha ido ganando terreno porque nos ha ganado la batalla de la pedagogía, porque el aborto se ha presentado como una solución aceptable a un problema terrible, cuando en realidad es una solución terrible a un problema aceptable. Aprendamos de nuestros errores y sus éxitos. Saquemos fuerzas para seguir luchando.

Nuestros menores, educados en los neoderechos que conculcan derechos básicos, consideran un derecho la sexualidad plena a edades muy tempranas, cuando no se tiene preparación ni capacidad para afrontar las consecuencias. Por ello, si en el ejercicio de ese derecho aparecen unas consecuencias, no por evidentes menos inesperadas, la solución es eliminar el problema. Sin pensarlo, porque es un derecho que proviene de otro derecho. Derecho al sexo sin responsabilidad y derecho a matar a ese ser humano surgido de la irresponsabilidad y de la incapacidad de ser dueños de nuestros actos. Así se les ha enseñado.

La batalla de la pedagogía ha de mostrar a los jóvenes que el sexo tiene consecuencias.

Que las consecuencias son un ser, vivo y humano desde su primer segundo de existencia, que es hijo o nieto de quienes quieren eliminarlo. Con sus genes y sus facciones. Lleno de vida.

Que el derecho de la mujer a un sexo irresponsable no puede anteponerse al derecho a la vida de un ser humano que ya existe y se está formando.

Que la eliminación de ese ser sin derechos, que se ha comparado con un grano, no es inocua ni para el niño ni para la madre.

Que aunque esa «solución final» exista y sea posible, no puede ser contemplada sino en casos extremos.

Que el problema de un niño en una familia no es nunca tan terrible como su eliminación.

Cuando esto se explique, cuando todos lo comprendamos, cuando nuestros menores entiendan que un hijo no es ese grano molesto que aparece sin avisar, que es consecuencia de unos hechos concretos y que no es un grano sino un ser humano con nuestro código genético y que tiene derecho a vivir, no importará qué leyes que se promulguen. Ese presunto «derecho al aborto» será como el derecho a bañarse en invierno en una piscina de agua helada que está ahí, pero que nadie lo ejerce. Porque a nadie le resultan atractivas las consecuencias. Porque después de abortar hay un antes y un después.

Hay que dar la batalla de la pedagogía. La batalla contra el pensamiento que se nos ha impuesto. Hacer que a las nuevas generaciones les repugne el aborto como ahora nos repugna la idea de la esclavitud. Por principios y valores.

Porque cuando escucho a algunas mujeres apelar a su derecho a la sexualidad irresponsable sin consecuencias, a su derecho a que un niño no complique sus vidas, no sé por qué, me acuerdo de las mujeres que exigían esclavos para que sus vidas fueran más agradables. Que otros den la vida para que uno viva mejor.

Por eso hay que ganar esta guerra.

Alicia V. Rubio Calle