Publicado el 11-5-2007

La eutanasia constituye un claro atentado contra la vida humana, agravado además por el hecho de que afecta a personas que padecen graves sufrimientos, y que por tanto no suelen tener la suficiente capacidad para expresar libremente cual es su voluntad.

En el debate social y político planteado sobre la cuestión, hay que destacar en primer lugar la confusión terminológica utilizada por los defensores de la autodenominada “muerte digna”, y que en realidad no es otra cosa que la eliminación de un ser humano. Cabe distinguir la eutanasia, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) define como aquella “acción del médico que provoca deliberadamente la muerte del paciente” a causa de una enfermedad terminal, del auxilio al suicidio o suicidio asistido, que no afecta a enfermos terminales sino a quienes padecen una enfermedad irreversible. En el otro extremo estaría la llamada “ortotanasia” o encarnizamiento terapéutico, que supone el uso de medios técnicos desproporcionados para intentar prolongar la vida de un paciente que padece una dolencia irreversible, conducta que tampoco resulta éticamente aceptable.

Los defensores de la eutanasia utilizan conscientemente esta confusión para defender sus planteamientos, e intentan utilizar a personas que se encuentran con importantes problemas de salud para presentarlos como casos extremos, apelando a los sentimientos en lugar de a la razón, para poder manipular convenientemente a la opinión pública. Pero muchos de los supuestos que plantean no constituyen propiamente peticiones de eutanasia, sino de ayuda al suicidio, dado que no se trata de pacientes terminales, sino de personas que sufren de enfermedades o discapacidades crónicas, pero que no conllevan una situación de muerte inminente. Se sirven también del apoyo de buena parte de los medios de comunicación y en muchos casos de la propia administración. Así tenemos por ejemplo la promoción de la película “Mar adentro”, a cuyo estreno asistieron varios ministros del Gobierno central, lo dispuesto en el nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña, o el reciente documento aprobado en dicha Comunidad Autónoma por el Consejo Consultivo de Bioética, en el cual se defiende la despenalización de la eutanasia y la ayuda al suicidio. Igualmente diversas fuerzas políticas defienden dicha medida. No obstante guardan silencio y nunca divulgan los numerosos casos de personas que encontrándose en situaciones difíciles saben sobrevellevarlas, que demuestran su afán de superación y que desean seguir viviendo.

Sin embargo la eutanasia en ningún caso puede considerarse como la solución a un problema respecto de aquellos pacientes que la solicitan. En cuanto a los enfermos terminales, la verdadera solución está en la mejora de su atención, sobretodo mediante la extensión de las unidades de cuidados paliativos y el establecimiento de programas de apoyo tanto a los afectados como a sus familiares. En cuanto a los que padecen situaciones de discapacidad o afecciones crónicas, lo que resulta realmente adecuado es incrementar las ayudas a los interesados y a sus familias, como ya se ha puesto de relieve tras la aprobación de la Ley de Dependencia. Los poderes públicos deben incrementar las medidas de asistencia y cuidado de estas personas, y promover las asociaciones que velan por sus derechos, para que no tengan que soportar una situación de desamparo o de gran presión emocional.

Además, cabe recordar que en los lugares en los que se ha despenalizado esta conducta, cada vez se producen más abusos, y se acaba matando a muchas personas sin su consentimiento, por ser consideradas como una carga por sus propios familiares o por el personal sanitario que las atiende. En este sentido el ejemplo de Holanda es paradigmático. En dicho país más de un tercio de las “eutanasias” se realizan sin la voluntad del paciente, y ya se están aplicando sobre menores de edad. Si se despenaliza la eutanasia, como ya sucedió con el aborto, se crea un precedente y se deja abierta una puerta en la que cada vez van entrando más supuestos. Por otra parte no hay que olvidar que en la historia contemporánea el primer régimen en permitirla fue el nacionalsocialista de Hitler.

Por otra parte el hecho de que normalmente sea practicada con la intervención de personal médico o sanitario supone una infracción de sus obligaciones profesionales, ya que atenta contra sus principios deontológicos. Su deber ha ser siempre el de procurar salvar la vida y proteger la salud de los pacientes, y nunca el de eliminarla, conducta que es radicalmente contraria a dichas obligaciones. La eutanasia es contraria a los principios generales de la bioética. Va contra el de beneficencia, ya que no favorece en nada a quien se aplica. Contra el de no maleficencia, porque matar es el ejemplo más extremo de conducta perjudicial para el enfermo. Contra el de autonomía, porque muchos de los pacientes no están en condiciones de prestar libremente su consentimiento, y porque la privación de la vida (que es un derecho personalísimo e indisponible por parte de su titular), no la realiza el interesado, sino un tercero que se apropia indebidamente de dicho derecho. Finalmente contra el de justicia, porque nadie puede privar de la vida a otro, y porque además esto produce obviamente consecuencias irreversibles para quien es privado de ella.

Además la eutanasia esconde muchas veces intereses ocultos, como puede ser el conseguir una herencia en menos tiempo, eliminar a familiares que pueden constituir un estorbo, o en el caso de los poderes públicos, para reducir el gasto sanitario, o el de las pensiones por invalidez o de jubilación.

En definitiva, hay alternativas razonables y suficientes para evitar la eutanasia, y para que quienes hoy en día la solicitan puedan tener la ayuda y el apoyo que precisan. Tras muchas peticiones de eutanasia se esconden muchas veces situaciones de abandono, de falta de cariño y de apoyo, y constituyen en realidad una llamada de socorro. Desde Profesionales por la Ética instamos a las diferentes administraciones a desarrollar políticas sociales y sanitarias en este sentido, pero también a la sociedad, a atender y hacer frente a estas situaciones, para que nadie sienta la necesidad de pedir su propia muerte.

José AGUDO- Responsable del Área de Bioética de PROFESIONALES POR LA ÉTICA