Plumas al Viento

Un querido amigo sacerdote atribuye esta anécdota al Santo Cura de Ars. Lo cierto es que le pega mucho y, sea suya o no, nos enseña una gran verdad sobre el poder destructor de la maledicencia.

La tomo de una entrada en la página de los cofrades de Sevilla, que merece la pena leer completa.

En una ocasión un penitente se acusó de haber difamado a una persona. El sacerdote le pidió que antes de darle la absolución fuera al día siguiente con una almohada de plumas a la iglesia. Ese día subieron los dos al campanario y el sacerdote le pidió que destruyera la almohada. Al momento las plumas se esparcieron por toda la ciudad. El sacerdote le hizo ver que eso mismo sucedía con la maledicencia y la difamación, no se sabía hasta dónde podían llegar y no había manera de detenerlas o de resarcirlas. A partir de ese momento, después de la absolución, se comprometió a tratar de vivir todos los días la virtud de la benedicencia.

Jaime Urcelay