Ya dimos cuenta en esta misma página de la reciente visita a España de Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, con motivo de su participación el 15 de abril en la VIII Jornadas Católicos y Vida Pública, celebradas en el Palacio Euskalduna de Bilbao.

Ahora, por gentileza de AEDOS, podemos ofrecer a los amigos de Profesionales por la Ética el texto completo de la importante conferencia pronunciada en dichas Jornadas por el político húngaro bajo el título Respuestas cristianas a los desafíos actuales de Europa.

RESPUESTAS CRISTIANAS A LOS DESAFÍOS ACTUALES DE EUROPA

Viktor Orbán, primer ministro de Hungría

VIII Jornadas Católicos y Vida Pública, Bilbao, 15 de abril de 2013

Señor Vicario, Señores Presidentes,

Les agradezco mucho sus palabras de elogio. Los estadounidenses, con su soltura habitual, tienen una respuesta ingeniosa para todo. En estos casos se suele decir que si mis padres estuvieran aquí, mi padre estaría orgulloso, mientras que mi madre se lo hubiera creído todo al pie de la letra.

Pues bien, permítanme, antes de nada contarles por qué me encuentro aquí. En 2012 me invitaron a Madrid a una conferencia católica cuyo motivo fue la nueva Ley Fundamental húngara: una nueva Constitución basada en fundamentos cristianos lo que suscitó un enorme interés en toda Europa. Fue aplaudida por los cristianos y nuestros oponentes nos abrieron fuego cerrado por ello. Es lógico que se plantee la cuestión: ¿Por qué ha sido posible?  ¿Cómo ha podido ocurrir que en un país, en pleno inicio del siglo XXI, se haya votado una nueva constitución basada en valores cristianos?

Estimados Señoras y Señores,

Antes de tocar este tema, permítanme primero transmitirles los saludos de los húngaros. Nosotros seguimos atentamente lo que acontece en España y muy particularmente lo que ocurre en el País Vasco. Vemos como están luchando contra la crisis económica. Nos tocan las mismas dificultades que atormentan su día a día y observamos la labor abnegada de su gobierno, y conocemos también la impaciencia, la ira y la desilusión, sentimientos presentes aquí y allá, provocados por la situación europea actual. Mañana trataré estos asuntos en Madrid durante mis negociaciones con el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Al fin y al cabo he venido aquí, como lo hice anteriormente a Madrid, porque soy de la opinión de que nosotros, los cristianos europeos, debemos ser solidarios recíprocamente, ya que aquellos, los que representan un ideario diferente, son fuertes, bien organizados, solidarios entre sí y siempre se ayudan, lo que no siempre se puede decir de nosotros los cristianos y de las fuerzas políticas cristianas. Pienso por tanto, que es imperioso que nos alentemos mutuamente en nuestro empeño de raíz cristiana, que pretendemos poner en práctica día tras día tanto en la esfera de nuestra vida personal y cotidiana como en la vida pública. Estar  aquí en Bilbao es también la realización de un sueño que guardaba de hace mucho tiempo. Nací en 1963 y recuerdo en 1976, que mi equipo de fútbol favorito, el Újpest, jugó un partido aquí en Bilbao, en el cual ustedes nos dieron una buena paliza de 5 a 0 con un juego tenaz y sin vuelta de hoja. Desde entonces tenía ganas de regresar para visitar a quienes nos metieron tan gran goleada.

Señoras y Señores,

Tengo que decirles que he venido autoconfiado. Hasta hace dos días, cuando llegué el sábado, pensaba que el asunto más complejo del continente europeo es la política húngara. Nos ha tocado vivir el comunismo, la transición, tener siete países vecinos, perder, Austria, de habla alemana, por el occidente, Ucrania, que perteneció hasta hace poco a la Unión Soviética por el oriente: vivimos en un entorno complicado. Es por eso que ando por el mundo con seguridad, pensando que el que es capaz de orientarse en la política húngara, se orienta en cualquier lugar. Pero en los últimos dos días, conversando con vascos, cambié de opinión. Mi autoconfianza también disminuyó, al darme cuenta de que el País Vasco es aún más complejo que la política húngara. Es mucho más difícil de lo que uno piensa; existen también muchos más puntos de vista, pero finalmente no me dejé influenciar hasta el punto de cancelar mi ponencia.

Hungría está lejos de aquí. Para que puedan comprender lo que voy a decirles, tendrían que conocer un poco a los húngaros. Pero no tenemos tanto tiempo para que se les cuente cómo somos. En breves palabras les digo que se trata de un pueblo interesante, de un pueblo muy particular. Habla una lengua, que a excepción nuestra nadie comprende en el mundo; no tenemos ningún pariente y sentimos que la cultura que representamos solo la  podemos preservar nosotros mismos; que nos caracteriza también una mentalidad singular. La mejor manera de presentar a mi pueblo es mencionando algunas cosas importantes en la vida cotidiana que fueron inventadas por húngaros. Hecho que revela bastante el modo de pensar de los húngaros. Fue húngaro el inventor del bolígrafo, del café expreso y de la computadora. Tal vez más comprensible se torne así lo que ocurre hoy en día en Hungría.

Estimados Señoras y Señores

El título de mi ponencia es “Respuestas cristianas a los desafíos actuales de Europa”. Tal vez algunos de los presentes puedan pensar que mi  pretensión es exponer a continuación los problemas concretos que pesan sobre Europa, tales como la crisis económica, desempleo, problemas demográficos y étnicos, la migración, la violencia, la dependencia energética, los cambios ambientales y climáticos. Son asuntos, que uno por uno merecerían una mención individual según el pensamiento cristiano. Serían sin duda interesantes, pero a mi juicio sobre todo, la causa última en que radican nuestros males, incluidas la crisis económica y financiera. Tengo la impresión de que hasta que no encontremos una respuesta adecuada a esta causa original y verdadera, sólo seremos capaces de darle un remedio superficial y sintomático a las demás crisis. Es por eso que intentaré hablar sobre este desafío principal, que a mi entender Europa tiene que encarar.

Primero trataré de la situación actual en Europa y después hablaré de cómo hemos llegado hasta aquí, para hablar a continuación sobre la posible salida de esta situación,; cerrando mi discurso en cómo deberían de actuar los cristianos y los políticos cristianos.

Soy político y por esta razón desearía aportar argumentos desde el punto de vista social, cultural y político y no sobre la base religiosa o teológica. Hay, sin embargo, una cuestión difícil subyacente: ¿qué es lo que autoriza a uno a pronunciarse sobre estos asuntos tan difíciles? Estoy en la política desde hace unos treinta años. Primero participé en una organización no pública, clandestina, contra el comunismo. Fundamos en 1988 un movimiento de oposición, anticomunista. En 1990 tuvieron lugar las primeras elecciones libres en Hungría, en las que llegué a ser diputado parlamentario a los 27 años. En 1998 ganamos las elecciones y pude formar gobierno como Primer Ministro a los 35 años. Me tocó dirigir gran parte de las negociaciones de integración de Hungría en la Unión Europea con Bruselas. En 2002 perdimos las elecciones, pasando a la oposición durante ocho años contra los socialistas y después de este tiempo, volvimos al poder con una mayoría de dos tercios de los escaños parlamentarios. En 2011 Hungría ejerció la Presidencia de la Unión Europea, cuya tarea me tocó también dirigir. Estas razones, en su conjunto, tal vez me confieran cierta autoridad para atrever a pronunciarme sobre algunos aspectos de las cuestiones referentes a la Unión Europea, no a nivel teórico sino práctico, desde donde yo conozco la política europea.

Estimados Señoras y Señores,

Todos tuvimos la ocasión de leer en los periódicos que Europa había perdido una parte considerable de su competitividad económica. Otros son más fuertes; tienen un desarrollo más acelerado; son más competitivos que nosotros. No es un caso inaudito, puede ocurrirles a todos. Sin embargo la pregunta verdadera es: ¿cómo ha podido estallar tan de repente esta crisis? ¿Por qué no frenamos antes estos procesos? ¿Por qué nadie puso límite al endeudamiento? ¿Por qué nadie dijo a tiempo que las cosas estaban tomando un rumbo incorrecto? ¿Dónde estaban nuestros dirigentes para parar estos procesos y preparar nuestra adaptación al mundo cambiante? ¿Por qué estos males han caído de repente encima de familias y países destruyendo el nivel de vida de millones de familias, sin que se haya intentado una adaptación de manera planificada?

En este punto tenemos que aclarar otra cuestión: ¿Es correcto y lícito que un político se pronuncie sobre la correlación entre la crisis económica y la cristiandad, en vez de dejar los mismos en manos de científicos, filósofos o teólogos competentes?

Estimados Señoras y Señores, 

Respecto de este tema tengo una opinión propia. Tengo la convicción de que a los hombres comprometidos con la cristiandad, los clérigos y seglares, católicos y protestantes, nos une un sentimiento común: el de la responsabilidad de los vigías.

A todos los hombres comprometidos con la tradición cristiana, sean clérigos o seglares, católicos o protestantes, les une un mismo sentimiento común: la responsabilidad del vigía. Podemos leer, en el libro de Ezequiel, que si el vigía ve acercarse al enemigo armado y no toca la trompeta para alertar al pueblo, Dios le pedirá cuentas a él por las vidas de los fallecidos. En mi opinión, los dirigentes eclesiásticos y seglares de Europa son tales vigías, cuya responsabilidad reside en hablar a los hombres de lo que consideran como amenaza y males. Es por eso que me tomo la libertad de pronunciarme sobre este asunto.

Asumiendo toda mi responsabilidad, el punto de partida de mi exposición es que la crisis económica y monetaria no es un hecho ocasional que algunos tecnócratas, expertos financieros y económicos hábiles puedan corregir. El punto de partida de mi observación es que la crisis económica y monetaria es fruto de una política, que lleva mucho tiempo presente en nuestro continente. ¿Cuál es mi experiencia, queridos bilbaínos, al escuchar hoy a los dirigentes de Bruselas o a los primeros ministros de los distintos países europeos? En resumen y de forma simplificada, diré lo siguiente: la gran mayoría piensa que la convivencia de los ciudadanos en Europa tiene que basarse sólo y exclusivamente sobre las leyes económicas. Piensan que la economía, el mercado y su elemento vital – el dinero- es la fuente principal de toda la racionalidad, e incluso que la lógica de la economía y del mercado es incuestionable. Piensan en Bruselas, que esta misma lógica del mercado es aplicable para solucionar todos los problemas sociales. Y piensan también, que si la economía en general y la economía de mercado padecen de algún problema o si existe alguna disfunción, entonces el mercado es capaz de autoregularse para corregir y restablecer su equilibrio anterior. Y el que cuestione estos dogmas es calificado como irracional, reaccionario e incluso una especie de dinosaurio.

El ideario del monopolio económico ha creado su par político. El equivalente político de la hegemonía del mercado es el individualismo liberal. No es seguro que esta sea la definición  más apropiada, pero probablemente entenderán lo que quiero decir. El punto de partida es que no existe el bien público, falta el “bonum publicum”, por tanto sólo existe el interés individual. Lo que cuenta es, tan solo y meramente la motivación y la ponderación individual. Otros impulsos que forman parte de la vida humana, como por ejemplo, la religión, la dignidad nacional o el vínculo familiar, no cuentan nada en comparación con el  interés económico personal. Esta cultura y esta política acabaron creando un lenguaje, temas, vocabulario y argumentación propios. Es el idioma del relativismo moral. No existen verdades irrevocables, todo depende del color del cristal con que se mire.

¿Qué es lo que nunca oímos en el discurso de los políticos europeos? ¿Cuáles son las palabras que se evitan? Nunca oímos las de honor, orgullo, vocación, obligación, patria, patriotismo, firmeza, grandeza, gloria, equidad, todas estas palabras no las escuchamos. Como si estas palabras no existieran. En mi opinión, la política actual europea está dominada por una visión secular agresiva, llamada progresión. Piensan, que el futuro deseable para los europeos sería un “progreso” desde lo religioso hacia el ateísmo, desde lo nacional hacia lo supranacional y desde la familia hacia el individualismo. Hoy, en Bruselas, constituyen una mayoría aquellos que no solamente lo ven así, sino que también quieren que sea así. Voluntaria o involuntariamente están pensando y trabajando en construir una sociedad carente de Dios. Sobre la religión piensan que es un suplemento del estilo de vida individual. Pensarán algo así como que cada cual se quede con su credo para sí mismo, pero las consecuencias provenientes de su fe no las quieran hacer valer, ni en el gobierno, ni en la economía, ni en la política europea.

No sé si aquí, en el País Vasco, se perciben también las manifestaciones de tal cultura, pero en Hungría sí que las notamos. Si ustedes se ponen a pensar sobre el estado actual de los otros continentes, el de América del Norte, América del Sur, Asia, África, pueden observar un hecho sumamente extraño. Hay un solo continente en el mundo, cuyos dirigentes políticos, o  su mayoría, piensan que el hombre tiene la capacidad autónoma de organizar el mundo sin Dios y sin sus mandamientos. Hoy es un pensamiento europeo. Pese al hecho de que los Estados Unidos forman parte de Occidente, allí, con ideas de estas, no se puede dirigir a ningún público; en el mundo islámico ni se plantea tal hipótesis, e incluso los hindúes se quedarían muy sorprendidos si alguien intentara convencerles de renunciar a las enseñanzas de la religión hindú.

Señoras y Señores,

Pienso, por tanto, que la política europea está viviendo en un doble desacierto. El primer equívoco es la afirmación errada de que el cristianismo nunca ha desempeñado un papel decisivo en la formación de Europa, ya que cuando discutimos a propósito del acuerdo constitucional europeo, si deberíamos o no inscribir entre las raíces de Europa al cristianismo, se votó la idea contraria ¡No es que se haya olvidado este paso del tratado! No. Después de una ponderada reflexión, se ha descartado. El otro error, distinguidos Señoras y Señores, es el hecho de pensar que podemos preservar o mantener los valores e instituciones occidentales sin los principios morales cristianos.

Estimados Señoras y Señores,

Veamos, por tanto, las consecuencias de tales engaños. Generalmente, los pensadores que discuten sobre las sociedades humanas están de acuerdo de que todas las civilizaciones se edifican sobre dos recursos principales: la fuerza creadora humana y la consciencia de la persistencia constante. Tal inmutabilidad significa que el hombre puede estar seguro de que existen en su alrededor valores permanentes, los cuales le ayudan a discernir entre lo bueno y lo malo, entre lo verdadero y lo falso, entre lo correcto y lo errado.

Si observamos a Europa nos damos cuenta de que ambos recursos fueron descuidados. El trabajo y la producción de bienes se han intentado reemplazar con la especulación financiera y los sustituyó con los créditos, y cambió la constancia por el relativismo. El Oriente, hoy en día, es más competitivo que nosotros, porque aprecia mucho más a ambos recursos de civilización; aprecia más el trabajo que nosotros y respeta mejor sus propias tradiciones culturales que Europa. Además, Señoras y Señores, si llega a ser cuestionable lo que es el valor y lo que no lo es, el otro recurso, el de la fuerza creativa humana y el de la producción de bienes y de valores, perderá también su reputación. Es decir, si se renuncia a los valores inmutables de una civilización, entra en decadencia también la capacidad del rendimiento humano. Eso es precisamente lo que pasó con nosotros, ahora en Europa, que comenzamos a tener vergüenza y a negar nuestras raíces cristianas, nuestras tradiciones morales y culturales en la construcción europea. Estamos llegando al punto en que, en Europa, las formas y estructuras de las relaciones humanas como la nación y la familia pasaron a ser cuestionadas. En la vida económica los significados atribuidos originalmente al trabajo y al crédito también perdieron su estabilidad. Por tanto, las cosas importantes como trabajo, crédito, familia, nación siguen existiendo pero se desprendieron de aquellas bases morales en que estaban anclados y que fueron otorgados a ellos por el cristianismo.

Estoy convencido de que en una Europa, basada en un sistema de valores cristianos, quizá no se hubiera permitido que las personas asumieran créditos irresponsables, dilapidando de este modo el futuro de sus familias. Una Europa, basada en valores cristianos, tal vez hubiera sido consciente de que hay que ganarse cada euro trabajando, también los créditos. Una Europa, basada en valores cristianos, quizá habría preferido conceder créditos a los que demostrasen estar trabajando y querer trabajar por ello. Una Europa, basada en valores cristianos, tal vez nunca hubiera permitido que países enteros se sumieran en la esclavitud del crédito. Una Europa que está representando valores cristianos preferiría probablemente una política que distribuyera de forma justa la carga de la actual crisis económica. ¿Qué es lo que vemos sin embargo? Si en Europa, un gobierno se ve obligado a solicitar un crédito de organizaciones europeas o internacionales, le imponen la introducción de una serie de medidas que hacen que caiga en el descrédito ante su propio electorado. Vienen las medidas de austeridad que, a largo plazo, no son de interés ni para la población, ni para los gobiernos, ni tampoco para los acreedores. Porque si, como consecuencia de los numerosos recortes, se desmorona el orden, se eclipsa la estabilidad y se difuminan los marcos de la vida económica, entonces: ¿quién va a trabajar por los euros prestados para poder amortizar el crédito? 

Estimados Señoras y Señores,

Es importante decir que, al hablar del cristianismo y de las raíces cristianas de Europa, no estoy aludiendo a una fe personal en Dios. Aunque también es importante. Pero yo me refiero a otro aspecto, al aspecto de la organización vertebradora de la sociedad, y mi tesis es la siguiente: un hombre europeo nunca puede quitar de la cabeza el cristianismo. Están inscritas en él las historias bíblicas y la historia de la salvación. Podemos aproximarnos de formas muy diferentes a estas historias y a sus protagonistas; podemos interpretarlas de varias maneras y hasta negarlas, juzgando que sean inventadas, pero nunca podemos hacer una cosa –que probablemente nunca ocurrirá en Europa-  que es hacer como si no existieran y como si no impactaran en nosotros, europeos.

No. Porque la historia de la cristiandad y las implicaciones morales de esta historia, para nosotros europeos, son nuestros principales recursos de civilización. En el mundo árabe, tal recurso es el islamismo; los recursos importantes, en el continente asiático, son el budismo y el hinduismo, de la misma forma que para el mundo occidental, este recurso es la cultura, la tradición y la religión cristianas, independientemente de las relaciones que hayamos logrado establecer con el Creador. O sea, el hombre europeo no puede esquivarse de esta subyacente realidad cristiana. Sería deseable que entendieran también todo eso en Bruselas. No vale la pena forzar una nueva identidad colectiva europea en donde no se acepte el hecho primordial, de que el marco moral de la existencia europea está constituido por el mensaje bíblico. Mientras se siga propagando que debemos encontrar algo nuevo como nuestra identidad; mientras que, con artes e ingenio y con astuta argumentación, se consiga dejar fuera de la definición de Europa el hecho de pertenecer a la cristiandad y hasta que eso venga insistentemente requerido por los políticos, hasta entonces, nuestro continente seguirá en su estado de su constante autonegación.

Enumeraría, a continuación, algunos ejemplos, a primera vista divertidamente evidentes, para ilustrar cómo están correlacionados los peligros de la civilización con el renegar de las enseñanzas cristianas ¿Si, por ejemplo, podemos robar a nuestro prójimo con manipulaciones bancarias, entonces por qué se debe castigar a un carterista? ¿Si consentimos que los especuladores se enriquezcan con llevar a una empresa o a un país entero a la bancarrota, cuál es nuestro fundamento para encarcelar a un defraudador o a un charlatán? ¿Si reconocemos como acto legal que uno se enriquezca perjudicando a otros; si permitimos que alguien obtenga fortunas especulando con la bancarrota de un país, arruinando con eso a millones de personas, entonces cuál es la base jurídica para castigar a los asaltantes de bancos? ¿Si Europa piensa que la familia es una institución anticuada, por qué nos sorprendemos al ver nacer cada vez menos niños y por qué nos sorprendemos de que haya cada vez menos personas en edad activa que produzcan la pensión de los ancianos, o que haya que traer la mano de obra para Europa de otros continentes, lo cual causa graves problemas?

Estimados Señoras y Señores,

La situación actual es que los europeos ni siquiera son capaces de una reproducción biológica para su autoconservación. Permítanme finalmente, en unas palabras, hablar sobre lo que son las señales de nuestra esperanza. Nuestra identidad cristiana significa – y en ello reside la buena nueva -, que tenemos todas las probabilidades para la regeneración. Tenemos una comunidad cultural y moral colectiva. Tenemos un sólido fundamento del que nos podemos valer. O sea, no tenemos que buscar nuevas bases espirituales para la regeneración de Europa. Tenemos que usar, de forma moderna, las bases antiguas en la política europea para encontrar y fomentar soluciones económicas y políticas concretas para la gestión de la crisis.

Señoras y Señores,

Tengo la convicción de que la cristiandad es una herencia emocionante, un legado vivo e inspirante. Los cristianos han conseguido focalizar, en el centro, el dilema más emotivo de los europeos. Para el hombre europeo el valor más fundamental lo constituye la libertad. El orden y las disposiciones siempre variables relativas a la libertad y las normas que la limitan, crean aquella tensión dramática, que hace que la historia de la cultura cristiana se caracterice por una gran emotividad desde sus comienzos hasta nuestros días ¿Existe alguna fuerza capaz de limitar la libertad? Si existe ¿dónde están estos límites, sobre cuyos marcos cada generación, puede delimitar su propia vida?

Si queremos superar la crisis, si queremos dar por terminada esta época, entonces, nosotros europeos de hoy, tenemos que dar una respuesta adecuada fijando las garantías y límites de la libertad para las próximas décadas; o sea, tenemos que formular una definición relativa al bien público nacional y europeo. De lo que estoy seguro es que tenemos que tratar de defender la familia y la vida humana, y que debemos incluir, entre los valores del bien público, el respaldo incondicional de la dignidad humana. Debemos reestructurar el capital financiero y la especulación, desde el punto de vista del interés público. Se nos impone reforzar la honra del trabajo y de la labor productiva de bienes. Para esta política existen unas variantes nacionales particulares. Evidentemente, tenemos que realizarla de forma diferente en Suecia, España, Holanda o Hungría respectivamente. Es por eso que Bruselas, en el futuro, tiene que tener una actitud mucho más respetuosa con las naciones.

Estimados Señoras y Señores,

La cuestión crucial es que, este sistema de libertades, este orden europeo, cómo está interpretado por el cristiano: si lo ve como una posibilidad antes que una amenaza. Por mi parte, quisiera proponer a los cristianos, cristiano-demócratas europeos, que prefieran interpretar esta Europa de la libertad y de orden de libertades como una posibilidad. La verdad no puede ser impuesta, solo puede ser anunciada. La tiranía puede vivir sin fe, pero la libertad nunca. Los marcos del mundo libre y de la libre cultura europea sirven mejor para anunciar la verdad. Es por eso, que debemos estar al lado de una sociedad libre y nunca al de la fuerza o del unicolor dictado por un estado. Tenemos que tener confianza en la fuerza de persuasión de nuestras palabras y que nuestra verdad es apta para organizar la comunidad europea de acuerdo con la misma.

Señoras y Señores,

Necesitamos de autoconfianza: de confianza política y de confianza política cristiana. La coherencia de nuestra comunidad yace en formar parte de una historia universal. En ella, cada cual puede encontrarse a sí mismo, su historia particular, y puede esperar a recibir ayuda para sus decisiones individuales; puede ver si erra el camino y las consecuencias de las decisiones correctas e incorrectas. Esto mismo es cierto para la política, para las personas de la vida pública, para los movimientos y para los partidos.

Distinguidos Señoras y Señores,

Participar en la lucha política presenta dificultades y graves dilemas para los cristianos. Yo quisiera argumentar a favor de no tener miedo a estas cuestiones difíciles. Lo que tenemos que reconciliar es el aspecto de la representación de la verdad con el de obtener una mayoría. Todo eso en países y en un conteniente, en donde no podemos estar seguros de que la mayoría de los europeos siga considerándose cristiano. Porque ¿si solamente conseguimos la mayoría, o sea el poder, y no representamos la verdad, como nosotros los cristianos creemos, entonces para qué nos sirve el poder? Porque si, por otro lado, representamos la verdad pero no somos capaces de obtener o mantener la mayoría, entonces nuestra verdad es inútil, pues no podemos sacar provecho de ella para el bien de nuestra nación. Nosotros no somos ’camicaces’ políticos cristianos, sino líderes políticos responsables, que necesitan al mismo tiempo la verdad y la mayoría para la realización de sus ideas. Tenemos que saber, al mismo tiempo, que aparte de la verdad y la mayoría, aún consiguiendo reconciliarlas, tampoco seremos capaces de alcanzar la perfección, porque sólo somos humanos. Es por esto, que el punto de partida de la política cristiana no puede ser otro que la humildad, la modestia y el realismo sensato.

Estimados Señoras y Señores,

Los tiempos que vivimos y el modo como vivimos nos amenazan con el riesgo espiritual atemorizante, de que nos perdamos en los pequeños problemas del día a día, en la lucha por la subsistencia de cada día, de que nos perdamos en los detalles sin ver el conjunto. Tengo la convicción de que nuestra condición como cristianos nos eleva de los sentimientos de la perdición y del abandono, para colocarnos en los contextos que determinan la grandiosidad  de toda existencia humana, y de la comunidad espiritual y nacional. Un poeta escribió en su día lo siguiente: “Hombre, ¿que es lo que te ocurre, por qué estás desesperado? Dios te lo perdona todo, excepto la desesperación.”

Un líder eclesiástico fue preguntado, varios siglos atrás, sobre qué es lo que haría si le dijeran que el mundo se acabara el próximo día. Respondió  lo siguiente: “Hoy mismo plantaría un manzano”. Por ingratas que sean las circunstancias que dominan el foro político de Europa; por mucha ventaja que tengan nuestros rivales hoy en Bruselas, es este tipo de relación, de comprensión y de estado de ánimo el que puede conferir coraje y seguridad para la política cristiana europea.

 Robert Schuman dijo una vez, y ahora vemos que tenía razón: “Europa será cristiana o no será”. Yo creo que esta es la única respuesta correcta para los desafíos del siglo XXI que Europa enfrenta.

Les deseo a todos ustedes fortaleza de espíritu, perseverancia y éxitos para dar la respuesta.

Descargar en pdf el texto completo de la conferencia de Viktor Orbán «Respuestas cristianas a los desafíos actuales de Europa» (Bilbao, 15 de abril de 2013).