En estos momentos, una mujer que vive en estado vegetativo desde hace 16 años se ha convertido en el centro de atención en Italia.

 

El caso no es fácil. El padre ha pedido que se deje de alimentar a su hija para que muera. Gran parte de la opinión pública italiana, incluidas las religiosas que han atendido a Eulana durante muchos años, piden que se le siga alimentando; ellas están dispuestas a seguir cuidándola.  Por otro lado, Eulana vive. Nadie pide que le apliquen un tratamiento desproporcionado, le enchufen a un robot o le sometan a lo que se conoce como encarnizamiento terapéutico.

Si a Eulana se le niega el alimento y el agua, con el único objetivo de que muera, ¿quién puede estar a salvo? Se abre el camino para acabar con todo aquel que no produce (por ejemplo, el anciano), cueste dinero (el incapacitado de por vida), sea difícil de controlar (el enfermo mental) o simplemente sea una carga familiar y social (el minusválido, el enfermo terminal).

Y como no estoy a salvo de un accidente, de una enfermedad o del implacable peso de los años que me deje postrada de por vida, solo pido que no se de licencia para matar a Eulana. Porque todos podemos ser Eulana y tenemos derecho a morir cuando se nos acabe, de manera natural, la vida. Con el apoyo de la familia y de la sociedad; sin sentirnos culpables por vivir sin ser sanos, activos, inteligentes, validos o de la raza aria.

Teresa García-Noblejas