Hoy nos hemos desayunado con las airadas reacciones de dirigentes del PSOE y miembros del Gobierno frente a la declaración sobre el Anteproyecto de la Ley del Aborto que ayer hizo pública la Conferencia Episcopal Española. Así, en los periódicos de hoy leemos estas dos frases:

«En el ámbito público la única moral posible es la de la Constitución». José Antonio Alonso, portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados.

«Me parece, como siempre, que [los obispos] no saben cuál es su lugar». Elena Salgado, vicepresidenta del Gobierno.

Pero no solamente la reacción de los obispos molesta a los políticos. Es que a algunos políticos les irrita ¡hasta que les escriban los ciudadanos! mostrando su opinión sobre el aborto. Ha sido el caso de un tal José Ramón Beloki, que ha declarado, sin rubor, lo que «ha sufrido» por los miles de correos de ciudadanos («campañas de acoso» les ha calificado) que le pedían que apoyara la propuesta de paralizar la ley del aborto. Pobrecito diputado del PNV; que poco está acostumbrado a la presión. Les desalojan del poder en el País Vasco y ahora, encima, vienen unos bárbaros, violentísimos internautas y le agraden expresándole educadamente su opinión. Es que no somos nadie.

Todo esto me lleva a recordar que al totalitarismo (incluido el que tiene su origen en el racista Sabino Arana) siempre le da por lo mismo: negar el derecho a la vida y cargarse a los más débiles, a los que molestan; y perseguir la libre opinión de los disidentes, sean ciudadanos, obispos o periodistas.

Hace unos meses leí la biografía de Clemens von Galen, obispo de Münster (Alemania). Sus célebres sermones protestando por el asesinato de lo que el Gobierno nazi consideraba «vidas indignas» irritaron a los jerarcas del régimen de Hitler. Von Galen fue presionado y acosado (pero de verdad); los nazis se vengaron de la Iglesia mandando a más de 40 sacerdotes y religiosos de su diócesis a los campos de concentración.

Soy consciente de que a los defensores del aborto les molesta que les comparen con los nazis. Lo siento mucho, pero la Historia es lo que es y ya no la podemos cambiar. Podemos, eso si, evitar que se repita.

Teresa García-Noblejas