Lourdes  Gil-Cepeda vfHoy se cumplen dos años del fallecimiento de Lourdes Gil-Cepeda, cuyo testimonio de entrega incondicional a la vida y la libertad de las familias para educar a sus hijos ilumina también el camino del movimiento de padres objetores a Educación para la Ciudadanía.

Con motivo de este aniversario, Susana Álvarez ha escrito una carta a José Sanz Aguilar, esposo de Lourdes, que publica hoy Análisis Digital.

Al reproducir aquí el texto de esta emotiva carta, el equipo de Profesionales por la Ética desea unirse en la oración, el recuerdo y el cariño a la familia y amigos de Lourdes.


LOURDES GIL-CEPEDA, SEGUNDO ANIVERSARIO

Susana Álvarez Sánchez

Licenciada en Derecho

(Análisis Digital, 16/09/2010)

Carta a José Sanz Aguilar, en recuerdo de su esposa, Lourdes Gil-Cepeda, que falleció en Valladolid el día 16 de septiembre de 2008, a los treinta y nueve años de edad, tras dar a luz a su séptimo hijo.

Querido Pepe,

Recuerdo con extraña nitidez aquellos calurosos días de septiembre, en los que el verano parecía resistirse a ser desplazado por la siguiente estación y tan solo se dejaba mecer suavemente, formando un vaivén de rigores estivales entremezclados con sutiles anticipos de una frescura temblorosa, dubitativa, tímida mensajera de la melancolía otoñal. Era como si el verano no quisiera abandonarnos y se empeñara en prolongar su estancia, derramando una llamarada incesante, incandescente, como de oro antiguo y febril.

Recuerdo con peculiar nitidez aquellos últimos días del embarazo de Lourdes, cuando vuestro bebé parecía resistirse a ser deslizado hacia la siguiente estación: su venida al mundo. Era como si Álvaro no quisiera abandonar aquel lugar desbordante de generosidad, exultante de calidez, el seno en el que durante nueve meses se había ido formando, y se empeñara en prolongar su feliz estancia, alejándose de la salida que lo conduciría hacia su nacimiento.

Recuerdo con llamativa nitidez aquellas últimas conversaciones con Lourdes, cuando le programaron una cesárea que finalmente se anuló, porque parecía que Álvaro se había decidido a iniciar por su cuenta el esperado viaje. No obstante, a los pocos días, el bebé decidió retroceder de nuevo, y no quedó más remedio que practicarle a Lourdes aquella complicada cesárea, que desembocó en otra urgente intervención quirúrgica.

Recuerdo con desconsolada nitidez el pensamiento que me abatió aquella noche, navegando por mi mente, desasido de todo atisbo de sospecha, que me llevaba inconscientemente a meditar lo complicado que es, a veces, traer un hijo al mundo, lo dificultoso que había sido el nacimiento de Álvaro. Aquel pensamiento chapoteaba sin rumbo por mi razón, imaginando la situación de otras madres que, en un tiempo pasado, tal vez no muy lejano, no habrían superado, quizás, una prueba similar a la de Lourdes. Sin embargo, aquel pensamiento furtivo, ajeno a mi consciencia, naufragó estrepitosamente tras colisionar con el mensaje de inmensa gratitud que te embargaba a ti, Pepe, cuando por fin la operación de Lourdes había concluido, y ambos, madre e hijo, descansaban plácidamente tras el esfuerzo realizado. Nada hacía presagiar, en aquellos instantes de serenidad infinita, que el día del nacimiento de Álvaro iba a preludiar el «dies natalis» de Lourdes, el día de su nacimiento a la Vida, el inicio del dulce viaje hacia la casa del Padre.

Recuerdo con desgarrada nitidez aquella mañana del dieciséis de septiembre, en la que el pensamiento furtivo irrumpía de nuevo, impulsándome a llamarte, Pepe, cuando la luz rosada del alba comenzaba a anticipar los primeros rayos de sol. «Lourdes se está muriendo», me dijiste, con ese asombroso sosiego propio de quienes todo lo esperan de Aquel que todo lo puede. Aquella hemorragia inesperada le arrebataba la vida, al tiempo que ella encontraba la Vida esperada.

Hace un par de meses, Pepe, leíamos un clarividente artículo de Juan Manuel de Prada, titulado «Cómo parar el aborto». Algunas de las opiniones reflejadas en dicho artículo trajeron impremeditadamente el recuerdo de Lourdes a mi memoria -si es que algún día había dejado de habitar en ella- como el llanto de un bebé que, al despertar repentinamente de su siesta, inunda la quietud que traen las primeras horas vespertinas.

En dicho artículo, nuestro admirado escritor afirmaba que «el aborto sólo podrá detenerse si se logra una verdadera «metanoia», un cambio o conversión social», al tiempo que vislumbraba que «con el aborto entronizado como derecho sólo acabará el testimonio contagioso de las personas que acojan amorosamente la vida».

Lourdes fue modelo de esta conversión, de este cambio de mentalidad profundo, inherente al conocimiento de Aquel que voluntariamente entregó su vida primero. Este conocimiento impulsó a Lourdes a continuar su vida por otro camino, como continuaron los Magos de Oriente por otro camino después de haber conocido al Señor.

Lourdes fue, finalmente, modelo de «mujer abierta a la vida», como a veces se definía a sí misma. Murió como vivió, entregando su vida por amor a sus hijos, anulándose para que otros pudieran ser, sabiéndose colaboradora con Dios en la generación de nuevas vidas (Humanae Vitae n.8), en definitiva, siendo un testimonio radiante, lleno de luz, de felicidad plena descubierta en la entrega generosa de uno mismo. Lourdes había encontrado ese tesoro escondido en un campo, para cuya adquisición arriesgó su vida entera, hasta conseguir finalmente ese abrazo amoroso con el que el Padre la estaría esperando, aquel dieciséis de septiembre, cuando se durmió sin despedirse.

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