Decía De Gásperi que «en política debe regir el principio de laicidad: el creyente actúa como ciudadano en el espíritu y en la letra de la constitución y se compromete a sí mismo, a su categoría, a su clase y a su partido, pero no compromete a la Iglesia».

No le faltaba razón a quien fuera ejemplar cristiano y eficaz Ministro de Asuntos Exteriores y Presidente del Gobierno de Italia, pero su tesis, buen antídoto para nuestra muchedumbre de aficionados al insano clericalismo, presuponía, para ser precisa, que el creyente es, de verdad, “creyente”. Y esto bien debiéramos saber los bautizados que no es precisamente un adorno. Antes bien, es una opción libre que, tomada en serio, transforma radicalmente toda nuestra vida haciendo que las realidades temporales en las que somos peregrinos tengan un significado diferente, ordenado a eso que nuestros mayores llamaban la “bienaventuranza” del hombre.

He aquí, pues, la tesis completa: el creyente actúa en la vida cívico-política desde su esencia religiosa, pero adopta en el espíritu y en la letra lo que es propio de la condición ciudadana, sabiendo distinguir las diferentes finalidades de la Iglesia y la sociedad civil.

Viene esto a propósito de la dolorosa y a la vez venturosa “crisis” a la que los católicos españoles nos hemos visto abocados merced a la brutal arremetida laicista de quienes nos gobiernan desde el poder político y mediático. Agresión que, en último término, pretende imponer a los españoles una falsa y absurda incompatibilidad entre catolicidad y ciudadanía.

“Crisis” porque, conforme a una de las acepciones del Diccionario, representa un “cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente”. Si el Espíritu ha querido valerse de este medio, a nuestra libertad corresponde ahora confiar, discernir, aprender… y luchar para resistirnos al agravamiento y poder mejorar.

Muchos son los síntomas de la enfermedad, fuera y dentro de la Iglesia. Inmenso lo que todos tenemos que aprender y que, en cualquier caso, siempre comienza y culmina en la necesidad de conversión personal a Cristo vivo. Pero en lo que a los laicos toca, conviene también, con urgencia, volver sobre lo que proponíamos al principio de esta columna. Y es que uno de los síntomas ahora demasiado evidentes de nuestra enfermedad interna es que una buena parte de los seglares españoles nos hemos instalado en dos actitudes funestas: la mentalidad laicista de “los buenos” y la mentalidad clerical.

La mentalidad laicista de “los buenos” se caracteriza por su desdén hacia la dimensión pública de la fe y la importancia de la Cultura cristiana, hasta relegar, de hecho, el Evangelio a la vida privada. Una actitud que, sin apenas darnos cuenta, nos ha llevado a rehusar la participación, con pleno sentido apostólico, en los diversos ámbitos de la sociedad civil de la que formamos parte: comunidad de familias, centros educativos, barrios y municipios, empresa y trabajo, corporaciones profesionales, medios de comunicación, vida científica y académica, política de partidos, cargos públicos, etc. Silencio y cobardía, al cabo, que no representan sino un incongruente dualismo al que la actual imposición desde el poder de una Cultura abiertamente hostil a cualquier trascendencia y al verdadero sentido del hombre está haciendo saltar por los aires.

Y “enfermedad” también en nuestra genética mentalidad clerical: laicos que hemos renunciado a tener voz propia y a tomar la iniciativa; a asumir con todas sus consecuencias –incluida la posibilidad, nada remota, de equivocarnos- la libertad y la autonomía que, en comunión y fidelidad, la Iglesia nos reconoce; a ser protagonistas como nos corresponde y sin delegar cómodamente en nuestros valientes Obispos, sin por eso dejar de sentir con ellos… La “crisis” ha evidenciado lo que, en teoría, ya sabíamos: en la modernidad, la Cultura cristiana y el auténtico bien común no se pueden construir ni defender sólo desde las estructuras eclesiásticas; es indispensable la presencia real y la vertebración de la ciudadanía cristiana organizada.

Recordemos, en fin, lo que Juan Pablo II no ha dejado de repetir a lo largo de su “revolucionario” pontificado: “para animar cristianamente el orden temporal (…) los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política (…)”.

 

Y pásenlo: SOMOS CRISTIANOS Y SOMOS CIUDADANOS.

Jaime Urcelay. Presidente de PROFESIONALES POR LA ÉTICA