En el II Encuentro Nacional de Objetores a Educación para la Ciudadanía que tuvimos ayer en Pozuelo de Alarcón (Madrid) se ha utilizado a menudo el término lucha. La palabra puede ser excesiva si se ve el conflicto como algo teórico que no afecta a la propia vida, un tema para disquisiciones académicas o tertulias de salón. La cuestión es que en la objeción a Educación para la Ciudadanía hay personas y a menudo están sometidas a presiones.  Esto no es un juego ni un pretexto para escribir libros. Es real y allí lo pudimos ver: padres y alumnos que dieron testimonios escalofriantes pero esperanzadores. Esta Educación para la Ciudadanía es una amenaza para los derechos fundamentales de los padres y, por tanto, para la libertad de toda una sociedad. Y contra una amenaza, agotadas las vías de un diálogo que nunca se nos permitió (la primera entrevista la pedimos en octubre de 2006), hay que luchar.  

Naturalmente, luchar con todos los medios legales a nuestro alcance pero luchando. ¿O hubiera llegado este tema al Supremo si no hubiera habido más de 52 mil objeciones? Ojalá pudiéramos sentarnos a hablar y explicarle personalmente a la ministra de Educación qué objetivos, contenidos y criterios de evaluación son adoctrinadores en esta Educación para la Ciudadanía. Los motivos están en los 280 fallos judiciales favorables al derecho de objeción pero podríamos explicárselos tranquilamente.

 

En estos tres años de lucha a favor de la objeción a Educación para la Ciudadanía muchas personas han tomado conciencia de lo que nos jugábamos: la libertad frente a un proyecto de reingeniería social para el cual la educación de la conciencia es una herramienta esencial. Mis compañeros de Profesionales por la Ética se han dejado la piel en esto; nadie les paga un euro, no tenemos a nadie trabajando profesionalmente en esto, aunque parezca increíble. Y todos tenemos nuestras aficiones, responsabilidades profesionales y familiares.

 

Entonces, ¿por qué luchamos? No he preguntado a cada uno por qué lo hace pero me quedo con una anécdota significativa. Hace más de un año, tras una charla sobre Educación para la Ciudadanía en Andalucía, un padre se acercó llorando a Jaime Urcelay, presidente de Profesionales por la Ética y le pidió que no se cansara nunca de luchar. El hombre no había obtenido plaza para el centro escolar al que quería llevar a sus hijos (en Andalucía la libertad de enseñanza está muy limitada) y pedía que alguien luchara para defender sus derechos.

 

Por estas personas merece la pena luchar.

 

Teresa García-Noblejas