Es una evidencia lingüística que la izquierda es siniestra, y no solo en la lengua viva de Dante, en la que izquierda se dice sabiamente «sinistra» (en tributo al latín sinister, raíz de «siniestro»). En nuestro castellano optamos por apartar de nosotros hasta la mención del término considerado tabú, sustituyéndolo por «izquierda», que según sostienen algunos, procede del eusquera ezker, con igual significado. En todo caso, la siniestra sigue desgraciadamente entre nosotros, y la RAE le atribuye lindezas semánticas como aviesa y malintencionada; infeliz, funesta o aciaga. Según se ve, lo siniestro no parece recomendable lingüísticamente.

Hemos de añadir, para mayor infortunio del mundo y de los que la padecemos, que la izquierda es diestra siniestra, quizás por ser experta en el reparto poco igualitario de estopa a diestro y siniestro, cuando rinde pleitesía al marxismo procurando la liquidación del enemigo. En décadas pasadas, la liquidación literal de su existencia, hoy, la aniquilación moral y social. Porque todo el que no comparte su proyecto y puede hacerle sombra o contrapeso es un enemigo natural. No hay límites ni diferencias entre enemigos políticos, sociales, morales o religiosos. Apisonan las voces de toda disidencia y se retroalimentan del odio, ese ecológico combustible del alma sombría. Un odio teóricamente bien fundado y presentado de forma inmejorable, como solo Gramsci y sus coreógrafos herederos saben hacerlo.

El constituyente Peces-Barba se ha constituido en «sinistra» autoridad, apisonadora de la disidencia, guerrero sandokán y cruzado mágico de ZP. Domina como nadie la técnica de la división y la cizaña, y adoctrina a las masas paisanas con palabras templadas en artículos de economato intelectual. Sus opiniones irían a misa, si hubiera iglesia que las aguantara. Sus libros colman bibliotecas y sus ideas anidan en bien subvencionadas universidades, institutos y centros de estudios. Todo un ejemplo de savoir faire táctico, una ejemplar vida dedicada a la consecución y mantenimiento del poder político y social cautivando mentes que aún creen en la coherencia del autor que es capaz de escribir La dignidad de la persona desde la filosofía del derecho al tiempo que azota al Alcaraz de la AVT y veja gratuitamente a las víctimas del terrorismo, colmando de sufrimiento a una persona honrada y con convicciones. Quizás sean esas sus presas más apetitosas. Aún se recuerda también su silencio ante el intento de ciertos maleantes que agredieron al historiador Pío Moa mientras intervenía, por invitación de un grupo de alumnos de la Universidad regida por Peces, advirtiendo éste que de ahí en adelante controlaría qué personajes entraban en «su» Campus.

Pero el ahondamiento en comportamientos mezquinos, incluidos sus ataques de fervor revolucionario a la Iglesia, tienen un pasado que puede explicar tanto rebote: atrás queda su interés por el catolicismo intelectual (su tesis doctoral sobre Maritain), su carácter de representante en España de Pax Romana y su condición de miembro del Movimiento Internacional de Juristas Católicos. Fuera o no sincera su cercanía al catolicismo, no ha cejado en los últimos años en repetir sus diatribas contra la Iglesia, a la que acusa doctrinariamente de «fundamentalista» y de no aceptar las reglas democráticas.

Tras su universitaria jubilación (y con Fundación de su mismo nombre bajo el bolsillo), ha aumentado el ex rector su nivel salivar, que emplea aplicadamente en proyectar sus vetustos prejuicios progres contra la Iglesia, en permanente obsesión neuronal. Su sostenida durante años campaña de desprestigio –que aún continúa- originó hace una década una bien ponderada respuesta de Monseñor Martínez Camino en su artículo Jerarquía católica, por la verdad y el pluralismo, publicado el 27 de diciembre de 1998 en el diario ABC. En él, el actual secretario general de la Conferencia Episcopal recordaba a Peces-Barba donde reside su problema con la Iglesia: A él, decía Martínez Camino, le incomoda que la Iglesia ponga la libertad en relación con la verdad. ¡Bingo! Ya lo dijo el filósofo de la Moncloa: «La libertad os hará verdaderos», en patética inversa emulación de las palabras de Cristo: «La verdad os hará libres».

Poco le importa a Peces el documento de la Conferencia Episcopal titulado Sobre la Iglesia y la comunidad política, de 23 de enero de 1973, que alentaba hace casi cuarenta años una cultura de la libertad, reafirmada por la Instrucción Pastoral de la Asamblea Plenaria de 1996 que lleva por nombre Moral y sociedad democrática. Qué más le da a Peces-Barba las palabras de Juan Pablo II -citadas por Martínez Camino en su artículo-: la Iglesia aprecia el sistema de la democracia en la medida que asegura la participación de los ciudadanos y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes», previniéndonos contra «el peligro del fanatismo o fundamentalismo de quienes en nombre de una ideología con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás su concepción de la verdad y del bien. No es de esa índole la verdad cristiana.

Para Peces-Barba, el derecho es la simple expresión del poder formalizado, por lo que la innegociable defensa que la Iglesia hace del Derecho Natural es un obstáculo a remover de su proyecto que solamente tiene un posible destino: el relativismo moral en la sociedad, y el dirigismo político del Estado.

En una de sus numerosas terceras del diario ABC –eran otros tiempos-, de 12 junio 1989, en un artículo titulado Contra corriente: sobre la dignidad de la política, Peces-Barba trae a colación una cita de Weber, que debería hoy hacerle reflexionar sobre sí mismo: el séquito triunfante de un caudillo ideológico suele así transformarse con especial facilidad en un grupo completamente ordinario de prebendados.

Este es el personaje: fiat voluntas mea et pereat mundus.

José Luis Bazán