Cuando a uno le ronda una idea por la cabeza y no sabe cómo plasmarla en unas líneas, queriendo dejar claro lo que se quiere decir y, además de ajustarse fielmente a los datos y a la realidad, ser consecuente; resulta un tanto compleja la empresa…, a no ser que se tenga la suerte de que caiga en sus manos algo que, nada más leerlo, le esclarezca el pensamiento y le haga decirse: “¡Esto es!”.

Precisamente eso es lo que he experimentado al leer un excelente artículo escrito por un sacerdote, D. Jorge González Guadalix –al que no conozco, pero intuyo será de aquellos de los que Jesús de Nazaret se siente verdaderamente dichoso de tenerle como pastor-; titulado Te falta valor, pero te entran unas ganas…, y que invito encarecidamente que lean.Y en dicho artículo –y con la venia de D. Jorge- voy a basar mis reflexiones que, si en un principio eran sólo un amasijo de ideas inconexas, a la luz del mismo tomaron forma. Ahí van:

Que todo el Orbe está viviendo tiempos difíciles, no es necesario decirlo; que en Occidente, esas dificultades se ven incrementadas desde que se ha decidido ignorar sus raíces cristianas, es algo notorio; pero, ¿y en nuestra, supuesta, católica España? La España de las célebres e imponentes «Semanas Santas», «Corpus Christis» y tantas otras manifestaciones de fervor popular que nos vanagloriamos de celebrar, ¿qué está pasando? Pues no hay más que repasar las declaraciones y/o propuestas de ciertos representantes políticos, para darse cuenta de que, en definitiva, de lo que se trata es que los cristianos volvamos a las catacumbas. Porque, díganme si no, qué mensaje se quiere lanzar a la sociedad con aquello de «la religión es algo del ámbito privado y que no debería tener manifestación pública» –expresión ésta, o parecida, dicha hasta la saciedad (¡qué pesados, por Dios!), repito, por muchos de los que tenemos elegidos como «nuestros representantes políticos»-, y pregunto: ¿nuestros?, ¿de qué?, ¿para qué? Podríamos encontrar las respuesta a estas cuestiones, sin mucho temor a equivocarnos –y aquí un inciso- echando un vistazo a los magníficos ejemplos de transparencia y eficacia en la gestión de la res publica de algunos de esos «representantes» –con las excepciones precisas que, sin duda, las hay, y muchas: esto debe quedar claro-…, pero eso sería tema para otra reflexión. Sigamos con lo nuestro.

Imaginemos, por un momento que sí, que la Iglesia Española acuerda, por aquello de «no molestar al poder institucional y dentro de la más estricta laicidad estatal», llevar hasta sus últimas consecuencias todas las indicaciones –o llámenlo como quieran- que desde «el poder» –y lo pongo entrecomillado- se le vienen haciendo y, a partir de una fecha determinada, llevar a cabo las siguientes diligencias:

  1. Curas, monjas, frailes y demás personas consagradas,… ¡confinados dentro de las paredes de los templos y/o conventos y monasterios! ¿Qué ocurriría con la labor asistencial que muchos llevan a cabo fuera de esas paredes; por ejemplo, las Hermanas de la Caridad? Por no hablar del abnegado y silencioso servicio que prestan, a los más desfavorecidos, los miles de misioneros/as, en muchos casos aún a riesgo de sus propias vidas, como hemos tenido ocasión de comprobar, no hace muchos días, en la persona del P. Miguel Pajares.
  2. ¡Pues no ocurriría nada!; porque siguiendo con la teoría laicista, se cerrarían los múltiples hospitales, guarderías y residencias de mayores que regentan –echen un vistazo a las estadísticas y verán del número que hablamos y lo que ello supondría para las tan exiguas y desoladas arcas públicas-: Todas las personas atendidas por esas instituciones, tendrían que ser debidamente acogidas por el Estado, que para eso se ha declarado laico y muy «progre», ¡no te digo! En cuanto a las Cáritas Parroquiales o Diocesanas, pues ¡nada hombre!, se reenvían a los Ayuntamientos los miles de personas que son atendidas por esas cristianas instituciones –sí, digo se reenvían, porque resulta, no sé si usted lo sabe, que son, precisamente, los ayuntamientos –alguno de los cuales, tanto claman contra la Iglesia- quienes, en no pocas ocasiones, envían a esas personas a los centros de Cáritas, donde son acogidas sin ninguna clase de prejuicios, ya sean raciales o de religión –me consta-. Nos imaginamos que, allí, en las salas de espera municipales, seguro que, dentro de la mayor y más estricta solidaridad ¡y equidad!, se les proporcionará alimentos, ropa o incluso se les pagará la guardería o el alquiler a quienes verdaderamente lo necesitasen, ¡faltaría más!, para eso un estado que se dice laico y «progresista» siempre estaría dispuesto; vamos, digo yo.
  3. En la misma línea, se cerrarían todos los colegios religiosos ¿y sus alumnos?… ¡a los colegios públicos!, que, como es sabido, además de que sobran, se distinguen por la calidad de su enseñanza, que está entre las más reconocidas de Europa, según los distintos informes PISA……no hay más que leérselos para saber cómo estamos en esta materia, llamada formación –fíjense que digo «formación», no educación, que ésta debe venir de los padres-. No sé, en cambio, cómo andamos en el tema de adoctrinamiento; bueno….sí lo sé.
  4. Seguiríamos, para que no quede nada por devolver a las catacumbas, con «las Semanas Santas» –sevillana, malagueña o zamorana, por poner unos ejemplos «a vuela pluma»-, el «Corpus» de Toledo, o «las ofrendas florales» a la multitud de vírgenes que pueblan el suelo patrio. Se terminó la toma de la calle para esas cosas, ¡la calle es pública, no privativa de la Iglesia! Esos acontecimientos quedarían para los «católicos-meapilas» que disfrutarán de los mismos dentro de sus templos, ¡como debe ser! Y yendo al prosaico asunto pecuniario: ¿Qué pasaría con el impacto económico que se produciría si el turismo que atrae esas manifestaciones religiosas dejase de venir? ¡Pero qué preguntas me hace usted! Eso lo arregla el omnipotente Estado –a través de sus instituciones menores, Ayuntamientos o CCAA- permitiendo, por ejemplo, diversas y muy «entretenidas» actividades en cualquier lugar de nuestras bonitas y soleadas costas, ¡eso no es problema! Lo hemos visto este verano.

Conclusión: La Iglesia, por fin, quedaría para lo que, según ellos, debe quedar; atender a sus fieles y que éstos se sientan a gusto dentro de los templos. Lo de fuera ¿qué importa?, si el mundo se viene abajo –que se está viniendo-…ya pondrán soluciones los sesudos mandatarios de los muy progresistas estados laicos.

Y es que, y termino, a veces a uno le entran unas tremendas ganas de decir: «¡Váyanse a hacer puñetas!» Lo que nos pasa es que, como bien apunta D. Jorge, «nos falta valor» para hacerlo y…. para decirlo o, si quiera, insinuarlo. Ni la Iglesia lo va hacer, siempre pondrá la otra mejilla para que sigan zarandeándola; ni ellos, que lo saben, creen que ese conjunto de supuestos que hemos enumerado vayan a producirse; al menos, la Iglesia hará todo lo posible para que ello no suceda. Seguirán con sus diatribas, amenazas y demás improperios y mentiras, pero no podrán, no ya con nosotros que, solos, poco podemos hacer; nos anima tener la firme creencia de que Él, el Jesús de la Cruz, pero también, y eso es lo que nos hace más fuertes, el Jesús Resucitado y, por tanto, ¡vivo! siempre está con nosotros, y recordándonos que «las puertas del Hades –poderes de la muerte- no prevalecerán sobre su Iglesia» (Mt. 16, 18).

Marcos Antonio Galiana Cortés