El muro no cayó: fue demolido, como el comunismo, esa tragedia histórica, campo de exterminio de 100 millones de personas, maldad inigualable y cumbre de una devastadora inmoralidad. Bastaría esa evidencia para prohibir sus símbolos y doctrinas, en iguales condiciones a las de su gemelo ateo, el nazismo. Sin embargo, el comunismo no ha muerto porque los lobos se cubren de piel de cordero. Es admirable su capacidad de adaptación, o mejor, su miseria moral para mantener incólume su indignidad e incluso reivindicar su derecho a no apostatar de ese pasado que les hace culpables ante la Humanidad entera y sus futuras generaciones. Siguen silbando la Internacional, violentando la paz con puño alzado en gesto amenazante, ocupando el espacio público con martillo y hoz en manos, a la busca de enemigo político para quebrar su voz, su dignidad, su libertad y quién sabe qué más. Y en otros lugares, siguen masacrando a sus propios ciudadanos, asesinando, amenazando, llenando de temor y espantando la libertad de la vida cotidiana.

El muro cayó, como el comunismo, por virtud de un inigualable triunvirato, que ya no quieren recordar ni los propios, nuevo éxito mediático de los «neocom», que reduce al silencio la disidencia y el recuerdo de los desmanes. Sin Juan Pablo II, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, el mundo no hubiera dado el vuelco. Gracias a ellos, Europa respira con dos pulmones. Y, sin embargo, no hay justicia histórica que reconozca sus hazañas, sino contumacia de perpetradores (y sus herederos ideológicos), que despojados de todo sentido de la justicia siguen pensando que el sistema simplemente “falló”, como si de un útil reloj con cierta imperfección se tratase. ¿Dónde está el Parlamento Europeo que no recuerda a esas víctimas del comunismo? ¿Por qué no se decide determinar un día anual perpetuo para homenajearlas? ¿Dónde están las productoras de televisión, los cineastas, los literatos para que lo cuenten? ¿Dónde hemos de buscar a los que con fervor defienden las memorias históricas o dicen defender la verdad de la Historia frente al olvido? ¿Dónde está la Audiencia Nacional para perseguir a los criminales comunistas de sus genocidios y delitos de lesa humanidad?

No hay autocrítica de los comunistas, ni disculpa a Europa, al mundo, a los millones de represaliados, a los amorfados por la tiranía, a las familias y amigos de las víctimas. El Holocausto rojo, el mismo color que empapa sus banderas y ensalzan sus palabras, es el color de la sangre de sus víctimas, es el color del verdugo. Porque el comunismo, o mejor, los comunistas fueron los verdugos: bien lo saben en los países bálticos, o en la inmensidad de las repúblicas soviéticas, en la Camboya de los kemeres, y en la Europa central y oriental. Y aún lo padecen en Cuba, Corea del Norte o China. No se conoce una ideología tan devastadora, verdadera peste negra allá donde su tentacular existencia se asienta. Y busca nuevo asiento en Iberoamérica, para desgracia de sus habitantes.

Siguen pensando -los que aún viven de una rojiza nostalgia, en su cruel necedad-, que simplemente se cometieron «errores», no mayores que los de cualquier otro sistema político y siempre con la mejor intención. Una especie de pérdida práctica de la pureza del mensaje socialistas originario. Cuando la realidad del origen del socialismo es tan sangrienta como su desarrollo. Quienes ensalzan a esos personajes que tanto gustan a algunos plasmar en camisetas deberían ser socialmente apartados, por indeseables.

El muro no cayó: fue derrumbado por el inquebrantable afán de libertad del corazón humano, por las convicciones cristianas de muchos de sus arrojados opositores, por el sinsentido de una ideología basada en el poder nudo que prima lo colectivo sobre todos y cada uno de los seres humanos que lo componen. Y sobre todo por los titanes de la libertad, los tres mencionados y tantos otros anónimos que con su coadyuvante sufrimiento hicieron que el comunismo fuera una página sangrienta de la Historia, ya pasada, pero que merodea nuestro futuro.

Es por ello nuestra obligación perpetuar la memoria de las víctimas del comunismo, denunciar la intrínseca perversión moral de sus mensajes y reprochar toda pretensión de minimizar el mal tan inmenso causado por tantos que aún encuentran defensores en la actualidad. Y sobre todo, no podemos dejar de tener conciencia de que los «neocom», esa legión de seguidores del comunismo reinventado, de aspecto moderado, pero cuerpo calloso y pesado, ha comenzado a levantar un nuevo muro: el de la intolerancia hacia el cristianismo; el del relativismo tiranizante que promueve la inmoralidad como forma de debilitar la sociedad, y propugna un Estado endiosado que se erige en última instancia de apelación de lo moralmente valioso; el que destruye la familia quebrando sus bases más firmes (la distinción entre varón y mujer, el vínculo matrimonial y la patria potestad sobre los hijos). El comunismo era un ateísmo defensor del Estado como absoluto moral, dueño de los hijos de sus ciudadanos, aniquilador físico del disidente. ¿En qué hemos cambiado? En el estilo, quizás, en las formas, y en la ausencia de sangre vertida. Pero la sustancia del mensaje comunista sigue amenazando nuestra libertad.

El muro y el comunismo fueron derribados, pero tenemos ante nosotros un nuevo muro universal en construcción, que nos pretende rodear, para impedirnos salir de la corrección política y oprimirnos sin piedad hasta el silencio. La libertad quebrada por el comunismo fue recuperada, pero está igualmente amenazada por esa nueva forma de someterla, incluso en sistemas formalmente democráticos, que es heredera de una mentalidad totalitaria no extirpada de ciudadanos y, lo que es peor, de muchos de nuestros dirigentes.

José Luis Bazán