Con notable retraso he podido ver este fin de semana los ecos del debate sobre las enmiendas a la Ley de Salud Sexual y Reproductiva e Interrupción Voluntaria del Embarazo que tuvo lugar el pasado jueves en el Congreso de los Diputados.

Quiero decir lo primero que yo no me corto un pelo si tengo que criticar al PP cuando lo considero oportuno. No tengo más hipoteca que la de mi casa y ni como de la mano de este partido ni espero ningún privilegio o favor. Pero es de justicia reconocer que el jueves, representado por la diputada Sandra Moneo, el PP estuvo muy bien. En el fondo, porque el discurso de esta diputada fue claro y valiente, nada tibio, apostando por los derechos de la mujer (políticas a favor de la maternidad) y la defensa del derecho a la vida sin concesiones. Con referencia a los totalitarismos y equiparándolos al aborto, nada menos. En la forma porque es espectacular que salga a defender la vida una mujer jóven en avanzado estado de gestación, vamos embarazadísima, a defender el derecho a nacer de las criaturas que, como la suya, esperan ver la luz del día si sus madres, médicos y legisladores le dejan. Sandra Moneo desmontó los demagógicos argumentos de la pobre Bibi, que seguía con la cantinela de que las mujeres serán encarceladas si no se aprueba la reforma del aborto.

Las otras mujeres del Congreso de Diputados fueron Trini, Bibi y no recuerdo quien era la otra. Mi hermano  tiene una tésis sobre la relación entre estas tres ministras y la liberalización del aborto pero no la voy a escribir aunque no me parezca nada descabellada; allá cada cual. Contemplando la foto de las tres ministras abrazándose felices me planteó si están contentas por ser ministras, si están contentas porque han obtenido un éxito en el proceso legislativo o si, simplemente, les hace muy felices que a partir de ahora cualquier embarazo sea interrumpido y los nasciturus exterminados. No sé si son pragmáticas o partidarias del asesinato legalizado, en definitiva.  Claro, que tampoco es incompatible.

De momento, me quedo con Sandra Moneo, la verdad

Teresa García-Noblejas