Afortunadamente, Nathaniel Delaney no es el héroe a la antigua usanza: sin límites, casi impasible, perfecto en sus acciones y decisiones. No, Nathaniel es un padre normal, que ha sufrido en la vida como otro cualquiera. Hombre separado, desgastado por su trabajo, muy inseguro (de vez en cuando pone su “paranoiómetro” para comprobar que su vivencia de la situación no se le escapa de las manos), mas bien tímido…

No, no voy a caer en el error de decir que es un antihéroe. Sencillamente es un padre como Dios manda, con muchas limitaciones, pero con un resorte interior fundamental para los tiempos que corren: intuye lo que es razonable y lo que no. No sabe muy bien si llamarlo Ley natural pero detecta perfectamente cuándo un libro de texto que sus hijos están obligados a deglutir mentalmente ha sobrepasado una línea que él no está dispuesto a tolerar. Sabe lo que es humano y lo que no se corresponde con el corazón del ser humano, con su naturaleza. Le cuesta argumentar las profundas razones de su rechazo al pienso ideológico que llega a sus hijos en la escuela, pero su última seguridad descansa en esa Razón sin prejuicios que no se ha dejado empañar por el chapapote de lo políticamente correcto.

Por todo esto me ayuda Nath. El no negocia con el corazón de sus hijos porque sabe que desde ahí brotará absolutamente todo lo que merece la pena en esta vida (“no temáis a los que pueden matar el cuerpo, temed al que puede matar el alma”). Sus niños aprendieron de los cuentos de siempre y sus emociones se iban configurando a la naturaleza moral del ser humano. Por eso, cuando leía la nueva literatura infantil y juvenil detectaba con precisión cuando el autor trataba de meter en la mente y en el corazón de sus niños a esa especie de ingeniero social invisible, pero tremendamente eficaz.

Había algo que no le engañaba: las temporadas en que sus hijos parecían más tristes al llegar del colegio (“por sus frutos los conoceréis”); ya no veían la realidad en su esplendor porque entre sus hijos y la belleza y bondad de lo real ya se habían encargado en el colegio de poner un potente filtro. En esos momentos saltaban las alarmas en el corazón y en la mente de Nath e inmediatamente leía los textos que sus hijos habían trabajado durante las últimas semanas en el colegio. Su intuición no fallaba: se había reforzado la dosis de pienso ideológico y los niños lo acusaban. Por fortuna estas criaturas tenían un padre, un padrazo, que en estas cosas fundamentales no se equivocaba. Por eso, después de que Nath inspeccionara las dosis de pienso para reprogramar las mentes de sus hijos su decisión era firme. Iba al colegio, hablaba con la directora y se negaba a que sus hijos continuarán esa desnaturalización mortal para sus vidas.

El resultado fue que en poco tiempo se vio huyendo, con toda la maquinaria del Estado pisándole los talones. El sentía miedo y tenía muchas dudas. Repito que no era el héroe impasible y perfecto. Era un padre que no negociaría jamás con el alma de sus hijos. Se escondió, huyó, se enfrentó al Gran Hermano que ya no imponía una revolución por las armas sino que su estrategia era meterse en los escondrijos más profundos del alma de todo súbdito que cayera bajo su vigilancia.

Me gustaría ser como Nath. Con sus imperfecciones y limitaciones. Pero ser como él para no negociar jamás la vida de mis hijos. Que Dios me dé fuerza y luz para saber hacerlo.

Miguel Ángel Ortega