“Hay una niña, en algún sitio, que necesita lo que vosotros tenéis,¿se lo negaréis?”

No nos dejaron que fuera de otra manera, al haber un bebé en casa, sólo podíamos pedir una acogida para el período de vacaciones. Tenía que ser así para que Marta, ella y no otra, viniera a casa.

Una vez que se me pasó el pánico a peinar ese pelo tan rizado, me relajé y seguí siendo la madre sargento y pesada de siempre, ahora con 7 en lugar de 6, y así empezaba la historia de Marta.

Un día pensamos en casa que no nos valía con dar gracias por nuestra familia y pedir por los que no tienen tanto cariño como nosotros, que Marta nos esperaba y quería que lo compartiéramos con ella, que necesitaba saber y entender lo que es tener una familia, un padre que juegue con ella, que le enseñe a montar en bici, a patinar y a nadar, una madre a la que ayudar a poner la lavadora o a hacer albóndigas, que le cuente historias y le enseñe a rezar, una familia con la que ir a la compra, poner la mesa, ayudar con los pequeños o hacer excursiones a la montaña, una familia donde todos se pelean y se regaña a todos por igual, donde se pierden los nervios y se grita, mamá la primera, y después se pide perdón, sencillamente una familia.

Porque Marta tiene 3 hermanos pero no tiene una familia, tiene unas monjitas y unas cuidadoras que se ocupan de ella y le compran todo lo que necesita, pero no tiene una familia, tiene incluso una habitación para ella sola, pero no tiene una familia. Y eso, lo que no tiene, es lo único que de verdad necesita. Nosotros no se lo podemos dar pero sí hemos dibujado en ella una imagen que no tenía, una referencia que le faltaba y a la que podrá agarrarse cuando lo necesite.

No es más que eso “Hay una niña, en algún sitio, que necesita lo que vosotros tenéis, dádselo”.