ninos_jugandoLa primera pregunta que le venía a la cabeza a cualquier docente sensato ante la implantación de la LOGSE era: ¿a quién se le ha ocurrido este desatino?

Reconozco que no fui muy original y pensé lo mismo. Apolítica, ajena a los resultados que la ideologización y la manipulación educativa podían hacer en una sociedad, seguía sin conocer a Marchesi. Hasta que me di de bruces con él. La reforma que propuso este psicólogo infantil es la obra a partes iguales de la estulticia y la soberbia. No me atrevo a meter la maldad como agente: las personas profundamente ideologizadas creen que, imponiendo lo que consideran «el ideal», están haciendo un bien. Pero estoy segura de que la estulticia y la soberbia engendraron uno de los mayores desatinos de la historia educativa.

No había nada nuevo en las propuestas de Marchesi y su grupo: la «educación comprensiva» ya había sido probada y comenzaba a ser desechada en países de nuestro entorno. Era asombroso que algo que demostradamente no funcionaba, se importara a España como una novedad llena de ventajas. Pero eso no era la peor. Lo peor era la absoluta falta de sentido común que suponía implantarlo en alumnos adolescentes: la estulticia y la soberbia.

Cuando una persona sabe mucho de una sola cosa, necesita ser muy tonta para creerse que esa sabiduría parcial engloba toda la sabiduría, y muy soberbia para creer que todos los ámbitos merecen la «suerte» de que se les aplique. Me explico: supongamos que yo sé mucho de soldaduras, pero no se me ocurre que mis conocimientos en la materia son extrapolables a dictar una ley o curar a un enfermo porque no soy tonta. Tampoco, convencida de lo excelente soldadora que soy, voy por la vida soldando gripes o haciendo exquisitos platos con mi soldador.

Marchesi era psicólogo evolutivo de muy poca «evolución» y es evidente que en su vida había estado en un aula de alumnos adolescentes. Sin embargo con el valor del ignorante se puso «manos a la obra» sin haber pisado antes la «obra» en cuestión. La pedagogía LOGSE en todo caso servía para enseñar a niños muy pequeños: los juegos, el aprendizaje divertido, el despertarles las ganas de conocer, la motivación, el no calificarles en función de sus resultados, el esperar a que ellos quieran hacer las cosas, el tratar los temas según les interesen… Todo un año para aprender el abecedario con los niños de primero de infantil puede dar lugar a lo antes expuesto. Si lo extrapolamos a una clase de Historia de 3º de ESO vemos, en todo su esplendor, al experto en soldaduras tratando de curar a un enfermo de hernia discal.

A raíz del desatino:

  • los adolescentes LOGSE exigían que se les divirtiera en clase, como si el instituto fuera un parque de atracciones, diversión contra la que jamás una clase de matemáticas, por ejemplo, podrá competir.
  • los adolescentes LOGSE ignoraban que el aprendizaje exigía sacrificio y no estaban dispuestos a esforzarse por algo que es, se supone, divertido y sin esfuerzo.
  • los adolescentes LOGSE no querían aprender, sino «enterarse» y pasar página.
  • los adolescentes LOGSE pasaban de curso sin aprender nada, sin la posibilidad de recuperar en septiembre… hasta que el desnivel de conocimientos con sus compañeros era de tal calibre que no podían ni querían remontarlo.
  • los adolescentes LOGSE aprendieron rápidamente los resquicios de una ley «buenista» que contaba con su deseo inherente de aprender e ignoraba su rebeldía, sus picardías de adulto y sus pocas ganas de trabajar, y titulaban con nueve o diez asignaturas suspensas, con tal de que fuesen dos o tres de cada curso.
  • los adolescentes LOGSE carecían de motivación para esforzarse tras una primaria en la que el alumno sólo «Progresaba Adecuadamente», aunque fuera trabajador o brillante, para no traumatizar al que no lo era, aplastando cualquier iniciativa de superación o esfuerzo.

En algunos casos, los adolescentes LOGSE «guiaron» a sus profesores sobre lo que les «interesaba» aprender (que coincidía con el hobby de astronomía de su profesor de biología, o con la tesina sobre los celtas de su profesor de historia) y sufrieron tales lagunas culturales que eran capaces de hablar dos horas sobre las costumbres de los celtas sin saber en qué época histórica estaban encuadrados, ni qué sucedía en el resto del mundo en ese momento.

La situación llegó a ser tan esperpéntica que recuerdo un cursillo de implantación de la LOGSE que nos impartía una valiente diplomada en educación infantil (digo valiente porque «la ignorancia es lo más atrevido») a los licenciados en el que, después de muchos diagramas sobre motivación, interés del alumno, aprendizaje divertido… todas las flechas convergían en un círculo central donde ponía: QUE EL ALUMNO SEA FELIZ.

Un compañero de cursillo, profesor de historia, se mesaba las canas diciendo «¿Cómo que el objetivo es que el alumno sea feliz? ¿Que el alumno sea feliz…? ¿y cuando aprende historia?

Habíamos pasado de profesores a animadores socioculturales gracias a un soldador estúpido y soberbio que quiso curar a un enfermo de hernia discal con su soldador.

Alicia Verónica Rubio Calle