imagesHace unos años, creo que en 2008, vino un barco abortista a la «retrógrada» España con la finalidad de que, en aguas internacionales y bajo la bandera del «progresismo» holandés, las pobres españolas pudieran abortar libremente, puesto que no se les permitía en suelo patrio el ejercicio de tan indiscutible derecho.

Pese a la horrible represión a la libertad que suponía la ley del aborto vigente en ese momento, no aparecían voluntarias felices de ejercer la tan valiosa libertad. Cualquier malpensado diría que en España se abortaba sin problema ni impedimento ninguno y que era más cómodo y discreto abortar en la clínica de al lado de casa en vez de ir a ese barco propagandístico donde Pilar Bardém (¡qué boda sin la tía Juana!) y otros seres de su calaña, esperaban a pie de muelle para celebrar ostentosamente el triunfo de la libertad materializado en el asesinato de inocentes.

Después de un número ridículamente pequeño de candidatas al barco del aborto, pese a lo necesario que era tal servicio, apareció una niña de 16 años, sin consentimiento familiar, desorientada, desesperada ante una situación que no sabía enfrentar y sola, muy sola.

Las felices abortistas la llevaron en volandas al barco: «por fin se demuestra la represión. Que esta pobre niña tenga que acudir aquí, es prueba evidente» se dijeron.

Mientras la niña abortaba, ellas organizaron una fiesta para celebrar que se iba a asesinar a un feto humano, para festejar, como la plebe embrutecida en las luchas de gladiadores, que entraban dos y salía uno.

Si acaso existe alguna causa que justifique asesinar a un ser humano en el vientre de su madre, semejante decisión tiene que ser un hecho imprescindible, dramático y horrible. Jamás pensé que en este mundo civilizado, tan consciente para algunas cosas del valor de la vida humana hasta el punto de erradicar la pena de muerte, se celebrara la muerte de inocentes como en los momentos más vergonzosos de nuestra historia se aplaudieron las torturas y asesinatos en público.

En aquella escena de fiesta en el muelle, el dolor no sólo provenía de la muerte, sino de la constatación de la miseria de valores, la obcecación ideológica y el relativismo moral llevado al absurdo de esas «enfermas del alma» carentes de sensibilidad, que celebraban la muerte con champán.

El dolor de la muerte se mezclaba con la evidencia de que la raza humana, después de miles de años de evolución del pensamiento, tiene en su alma simas tan oscuras y profundas como las de aquellos que escupían y vejaban al reo antes de su ejecución, aquellos que aplaudían el horror de la arena del Circo Máximo, aquellos que se reían cuando el desgraciado, al que estaban asando vivo, gritaba en el interior del toro de hierro y sus aullidos semejaban que el toro mugía.

¿Celebrar la muerte de un bebé…? ¿Estamos locos, o qué?

Alicia V. Rubio Calle