Rescatamos hoy de la hemeroteca un artículo, siempre actual, publicado por Monseñor Antonio Montero, entonces Arzobispo de Mérida-Badajoz, en la Tribuna Abierta del diario ABC del 28 de noviembre de 1998.

LA INMENSA MINORÍA
Por Antonio Montero
Tribuna Abierta de ABC, 28/11/98

Si mal no recuerdo, creo que fue en la dedicatoria de Juan Ramón Jiménez para una de sus obras poéticas donde leí por primera vez esa afortunada expresión, que he visto posteriormente repetida por otros, como yo lo estoy haciendo ahora. Cierto que el Nobel de Huelva, aunque leído por muchas gentes de a pie, era, por su exquisitez, un autor para paladares selectos y no precisamente un orador de masas.

Hablar hoy de minorías, y más de minorías selectas, se toma como elitismo, cuando no como un clasismo con tufos de superioridad. Lo que mola es nivelar hacia abajo a todo quisque, reservando la idolatría para las estrellas de rock o los futbolistas de astronómicas cláusulas de rescisión. En lo demás, como diría Ortega, se detesta la excelencia, y se tiende mansamente hacia el rebaño.

He de armarme, lo confieso, de valor para valorar, aplaudir, imitar y hasta envidiar en el mejor sentido a las minorías valiosas que abren caminos, marcan el ritmo y le aportan calidades a la sociedad a la que pertenecen, y no digamos a la Iglesia de la que soy miembro y pastor. Si viviera hoy el jesuita Padre Ángel Ayala, que tanto significó en el catolicismo español del primer cuarto de siglo, principalmente como fundador de la Asociación de Propagandistas, dudo de que titulara, como entonces, su espléndido libro “Formación de selectos”, si bien una parte de sus contenidos han resistido al desgaste del tiempo. Hablaría tal vez de minorías valiosas, es decir, portadoras de valores no cotizables en bolsa.

Porque, ¿cómo no vamos a estimar, entre las dotes naturales, el talento, la fortaleza, la grandeza de ánimo, la anchura de corazón, el sentido del humor? ¿Cómo dejar de admirar, entre las virtudes morales, la humildad sincera, la resistencia en las pruebas, el trabajo incansable, el talante de perdón, el despego del dinero, la ilusión sin fisuras? ¿Y cómo no rendirse, en el mundo del espíritu, ante la fe ardiente y contagiosa, la constancia en la oración, la aceptación creyente de la cruz, la caridad sin límites, la transparencia de alma, la búsqueda incansable de Dios? Selectos, haylos, vengan de donde vinieren.

Decía el Cardenal De Lubac que la Iglesia es una cosa de pocos para muchos. No porque negara él la voluntad divina de salvar a todos los hombres, ni que nadie esté excluido del llamamiento a la santidad, ni de las gracias para alcanzarla. Pero es que entran aquí otros componentes de la realidad humana y cristiana que nos muestran, casi con precisión estadística, cómo son muchos los llamados y pocos los elegidos. Sin enmendarle la plana al Maestro, quiero entender por no elegidos a aquellos que, en el misterio de su libertad y en las encrucijadas azarosas de este mundo, se van quedando en la cuneta del seguimiento de Jesús. Estos son acreedores al ejemplo y al servicio de los que recibieron más talentos o suplieron emplearlos mejor.

No es tan sencillo situarse ante la realidad humana de las minorías de cualquier tipo, existentes en todas las sociedades. Lo que más difícil resulta es definirlas. No hablamos, por ejemplo, de las minorías parlamentarias o electorales. Éstas, igual que las mayorías, se computan por la proporción aritmética de cada partido político y no hay más que decir. Un hombre, un voto. Tampoco nos referimos a los poderes económicos o políticos en cuanto tales. Pueden ser éstos unas minorías relevantes o privilegiadas, pero no por eso se convierten automáticamente en valiosas y ejemplares. Así como tampoco quedan descartadas de antemano.

Lo que intentamos cotizar aquí es la talla humana y la categoría moral de los grupos minoritarios por el talento y la virtud de sus miembros, por sus méritos, carisma y capacidad de convocatoria. Quienes acreditan un currículum así, nada importa, sino al contrario, que se trate de profesionales brillantes, políticos de nota, empresarios triunfadores, artistas de renombre o deportistas con palmarés. Tampoco estorba, sino al revés, que desempeñen funciones importantes en la vida social o en la misma Iglesia.

Dondequiera que la comunidad humana goce de buena salud, proliferan en su seno hombres y mujeres con patente de minoría, aunque a los demás ciudadanos no les cuadre esa definición. Si así fuera, ya no serían minoría. A ésta se le puede adjudicar con Juan Ramón el distintivo de inmensa, porque es incalculable su influjo sobre la ciudadanía. Dios nos ha hecho iguales a todos los hombres en la dignidad de hijos suyos, pero bastante desiguales en muchas otras cosas. Para comprobar esa regla da lo mismo una fábrica de muebles, que una Facultad universitaria; un municipio rural, que una parroquia rural o una comunidad religiosa. Se cumple en todas partes, sin excepción, el chiste-refrán de que unos seres humanos son más iguales que otros.

Contemplar esa ley desde el compelo o la envidia resulta tan inútil como estúpido, porque sólo puede confundirnos al desánimo, al resentimiento y a la frustración. Encajar el fenómeno con deportividad, sin mengua de la autoestima y abiertos a nuestro propio proyecto vital, es ya un signo de buen sentido que nos incorpora de arranque a la importante minoría de las personas sensatas. Aún serás más minoritario-a si eres de los que disfrutas con lo bueno de los demás: el talento, la belleza, la prosperidad, el éxito de los otros. Y aún más, si tienes por regla imitar a los mejores, sin constituirte en fotocopia de nadie.

A la inmensa minoría pertenecen los humildes (no los aduladores, no los pusilánimes, no los resignados) que en el mundo han sido. Están excluidos, en cambio, los que se consideran a sí mismos como minoría salvífica, como un bien escaso, inflados como pavos reales. La minoría no es una cima a escalar ni un enemigo a batir. Es el resultado de la buena explotación por cada cual de los talentos recibidos de Dios; de la noble ambición de crecer hasta donde dé nuestra estatura; y de la puesta en rendimiento de cuanto somos y tenemos al servicio de los demás.

Pertenece a la inmensa minoría un señor que es esposo fiel, padre excelente, trabajador honesto, contribuyente cabal, amigo con amigos, ciudadano de su municipio y feligrés fervoroso. Añadan, añadan ustedes: una maestra competente y abnegada, un alcalde desvivido por su pueblo, tantos curas y monjas por ahí. Unidos a los sabios, a los gobernantes, a los grandes pastores del Pueblo de Dios, son ellos la punta de lanza, la potente locomotora que abre caminos de futuro a las muchedumbres anónimas. Y para Dios son el resto de Israel, la pequeña grey, el grano de la mostaza y el trigo que muere como raíz de la espiga.

(Foto: David Ramos / Getty Images)