Para una asociación civil de inspiración humanista cristiana como la nuestra, resulta imprescindible analizar la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, a la que ya hemos dedicado tres entradas en este blog. Naturalmente, la reflexión debe ser más sosegada y profunda que la que expresamos aquí y nos limitamos a compartir lo que más nos ha llamado la atención. Lógicamente, estas líneas no agotan un documento tan rico que, insisto, hay que leer despacio.

Del capítulo tercero del documento, titulado La alegría del Evangelio, me gustaría destacar tres ideas:

La definición que hace de la Iglesia en estos términos: ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino.

Y en esta línea, la constatación de cómo el Evangelio ha impregnado la cultura de muchos y diferentes pueblos con la fuerza transformadora del Espíritu Santo.

Una clave imprescindible para la nueva evangelización: el protagonismo de cada uno de los bautizados. En este punto, el papa Francisco vuelve a interpelarnos a cada uno de nosotros sin excepciones: que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones.

Y una referencia que me ha gustado, sobre la piedad popular, a la que, lejos de menospreciar (como muchas veces hacemos desde el racionalismo o el intelectualismo soberbio), alienta y define como modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo. Y como ejemplos, describe imágenes que todos reconocemos como la fe firme de esas madres al pie del lecho del hijo enfermo que se aferran a un rosario aunque no sepan hilvanar las proposiciones del Credo, o en tanta carga de esperanza derramada en una vela que se enciende en un humilde hogar para pedir ayuda a María, o en esas miradas de amor entrañable al Cristo crucificado.

Como me recuerda esta imagen descrita por  Francisco a la fe de los sencillos a la que tantas veces se refirió el cardenal Ratzinger, luego Benedicto XVI, fe que había que salvaguardar frente a los que trataban de confundir o dividir. Y a Edith Stein, la intelectual alemana de religión judía, a la que marcó para su conversión la sencilla escena de una mujer que entró a rezar unos instantes a una iglesia católica cuando venía cargada del mercado.

Magistral me parece el apartado dedicado a la predicación y, más concretamente, a la homilía. No se trata tanto de consejos prácticos o técnicas de oratoria o persuasión sino de recordar que su objetivo es comunicar a Cristo, la belleza y el bien; es calentar los corazones, transmitir el propio testimonio, ser auténticos en lo que vivimos y predicamos, dar esperanza y orientar hacia el futuro. Implica también sentido de la realidad (escuchar al pueblo) y conocimiento de los fieles a los que se predica. Creo que estos consejos sobre la predicación y la homilía son, salvando las distancias, válidos para todos los comunicadores y los que tengan que transmitir mensajes en público.

Y para acabar el tercer capítulo, al hablar de la propuesta moral de la catequesis (en la que la denuncia del mal  debe ser iluminada por el bien, al modo de la invitación de San Pablo) me quedo con la descripción de las características del catequista: alegres mensajeros de propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza que resplandecen en una vida fiel al Evangelio.

Teresa García-Noblejas