Jesus ante Pilato DaimielEn su reciente visita a México, Benedicto XVI se despedía en el aeropuerto recordando a los mexicanos que Nuestra Señora de Guadalupe, «en tiempos de prueba y dolor», había sido «invocada por tantos mártires que, a la voz de viva Cristo Rey y María de Guadalupe, dieron «testimonio inquebrantable de fidelidad al Evangelio y entrega a la Iglesia».

El pasado Domingo de Ramos, el Papa se dirigía a los jóvenes madrileños reunidos en Roma para agradecerle la JMJ en estos términos: «vosotros estáis llamados a cooperar en esta apasionante tarea y merece la pena entregarse a ella sin reservas. Cristo os necesita a su lado para extender y edificar su Reino de caridad».

Pues bien, la proclamación de Cristo como Rey es tan antigua como el Evangelio mismo y se pone de manifiesto en el diálogo de Jesús ante Pilato. Este le pregunta: «¿eres tú el Rey de los judíos?» y Jesús le contesta «¿dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Después de otras palabras el propio Jesús contesta: «mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» Entonces Pilato le dijo: «¿luego tú eres Rey?» Respondió Jesús: «sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»

Esta conversación tan sencilla nos revela que efectivamente Jesús no es un Rey al modo de los reyes temporales; y no hizo el más mínimo esfuerzo en enfrentarse a los poderes de su época, ya fuera Herodes o Pilatos. Su poder es de otra naturaleza y no vino a derrocar a los gobernantes y a liberar políticamente a Israel, como esperaban muchos judíos. De hecho, es un Rey flagelado y coronado de espinas para escarnio y burla de las masas.

No obstante, a pesar de no ser un Rey de este mundo, Jesús proclama que tiene algo que decir al mundo: el testimonio de la verdad. Y ese testimonio, encarnado a lo largo de los siglos por sus discípulos y reflejado en obras, es esencialmente transformador del mundo; esa verdad la proclamaron los mártires y la confiesan los cristianos de palabra o en su actividad. La presencia de la verdad en las realidades temporales adelanta, de alguna manera (nunca en su plenitud), el Reino de Dios en este mundo.

(En la imagen, paso de «Jesús ante Pilato», de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, de Daimiel, Ciudad Real).