«Si hubiera habido en Petrogrado, en 1917, solamente algunos millares de hombres sabiendo bien lo que querían, jamás habríamos podido tomar el poder en Rusia».

La sentencia de Lenin, perfectamente extrapolable al contexto de nuestro tiempo, la cita Jean Ousset, fundador de la Ciudad Católica, en un libro que, aunque publicado en España hace ahora cuarenta años, no ha perdido su vigencia en lo fundamental y cuyo título lo dice ya casi todo: La Acción. Deber y condiciones de eficacia (Speiro, Madrid, 1969).

A este mismo desafío se viene refiriendo en las últimas semanas, con artículos de prensa verdaderamente antológicos, un gran maestro de hoy: Alejandro Llano. A uno de estos artículos, publicado el sábado pasado en LA GACETA con el título «Grupos de acción y pensamiento», pertenecen estos párrafos, sobre los que merece la pena pararse:

Se impone pensar en un dinamismo de regeneración cuyo nivel de radicalidad no sea inferior al de la debilidad social que esta decadencia revela (…).

Es preciso recurrir al mundo vital, es decir, a las fuentes de sentido que aún no estén completamente colonizadas por un sistema en trance de anquilosamiento. Se trata de la estrategia de los pequeños grupos, que algunos consideran equivocadamente un planteamiento romántico, y que la historia demuestra que poseen una extraordinaria capacidad transformadora. Baste pensar en los autores intelectuales y políticos de la revolución francesa (les philosophes), los consejos de base que impulsaron la revolución americana y los soviets que están en el origen del comunismo ruso. En nuestro caso no se trata de una revolución, sino de una vitalización profundamente renovadora (…).

Los grupos de acción y pensamiento se mueven en un plano prepolítico. Se centran en el diagnóstico de la situación, en el análisis de las causas que han llevado a la desvertebración social, y en los procedimientos que es preciso poner en marcha para generar una nueva ciudadanía capaz tanto de resistencia como de innovación. Por su propia naturaleza no requieren ninguna formalización estereotipada. Han de surgir en las comunidades locales, en los ambientes profesionales, en los medios intelectuales y universitarios. Aunque siempre habrá alguno o algunos que den el primer paso y convoquen a mujeres y hombres de su entorno, se trata de movimientos emergentes que tengan la espontaneidad de lo inmediato y rechacen cualquier tipo de patronazgo, por no hablar de manipulación.

Jaime Urcelay