Hace muchos años que no voy a una peluquería porque mis experiencias «peluqueriles» son muy parecidas a la evolución que experimentan las propuestas legislativas del Partido Popular.

En aquellos tiempos en los que no me apañaba el pelo en casa, yo llegaba al establecimiento y pedía un tipo de peinado, el peluquero comenzaba a cortar y aquello tomaba un aire semejante a lo que yo deseaba para mi cabeza. Pero al artista se le calentaban las tijeras, los mechones caían, lánguidos, sobre mi regazo y, al final, el resultado era un peinado que, si bien no tenía nada que ver con mi cabellera original, tampoco tenía relación ni parecido con lo que yo pretendía conseguir.

Y encima había que pasar por caja y pagar lo que no se había pedido.

En el caso del Anteproyecto de Ley sobre el Aborto, la Ley Gallardón, aunque no sea la ley que algunos quisieran, por lo menos mejora bastante las greñas iniciales con las que llega a la peluquería la desastrosa Ley Aído.

Sin embargo, ahora van a comenzar los trasquilones: los que le produzcan algunos miembros del Partido Popular cuya ideología se aleja de la mayor parte de las bases sociales que les han votado y que a veces creo que se han equivocado de partido; los que le hagan otros grupos políticos y que obtendrán a cambio de  cesiones en diferentes ámbitos; los que se «consensúen» para que haya consenso, un consenso que no se va a conseguir y que, pese al recorte capilar, casi a cepillo en algunos lugares, solo va a generar una declaración por parte de la oposición (atentos, que lo mismo les suena): derogaremos esta ley fascista en cuanto alcancemos el poder

No sé en qué quedará de este anteproyecto después de los cortes, recortes, trasquilones y rapados, que todos los peluqueros del barrio, profesionales y aficionados, le hagan. Me temo que, como a mis peinados, no lo va a reconocer ni el dueño de la cabeza, en este caso Gallardón.

Por esa razón no manifiesto excesivo entusiasmo por la Ley Gallardón. Me veo diciéndole al principio: «chica, te están dejando bastante mona» y terminando con «te han dejado casi tan fea como llegaste y encima seguro que tienes que pagar por el desaguisado».

Ya les contaré, sin que la pobre y despeluchada ley me oiga, cuando la vea salir de la peluquería.

Alicia V. Rubio Calle