Cuando yo estudiaba, un Catedrático de Instituto (con mayúsculas) era una persona respetabilísima por su enorme erudición y su demostrado interés por el Saber (con mayúsculas también). Había superado una oposición muy exhaustiva y, fuera cual fuera su especialidad, hacía gala de una amplia y vasta cultura.

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Actualmente, y lo digo con pesar, no queda del personaje ni el nombre: un catedrático de instituto (con minúsculas) es un profesor corriente que tuvo la suerte de «pillar la titulación» en los años de mayor desatino de la LOGSE, en los que poco menos que la regalaron no se si con la idea de vilipendiar a los auténticos catedráticos, los «pata negra», metiendo en su distinguido coto a advenedizos de variado pelaje. Supongo que era parte del afán «socializante» de la citada ley que cualquiera pudiera llegar a catedrático para que los menos «capaces» no se traumatizaran, como siempre en detrimento de los brillantes y/o trabajadores. Nada nuevo bajo el sol LOGSE.

El caso es que yo conozco a algunos cantamañanas que no saben ni redactar, ponen faltas de ortografía y son catedráticos de instituto. Naturalmente esto hace que mi respeto por los catedráticos de instituto (con minúscula) sea el que me merece cualquier persona por el hecho de serlo, es decir, mucho, pero no más. No puedo afirmar que se necesitara para el reconocimiento de tales «valías catedralicias» el carnet de un determinado partido, aunque podría haberse dado en algunos casos.

Una vez contemplé, rodando por suelos del descrédito, unos de los bastiones culturales que capitalizaba mi admiración, aún quedaba el de los Profesores Universitarios (con mayúsculas), gentes de gran cultura pero especializados en un ámbito concreto para poder, con tan extensos conocimientos sobre un tema, especializar a los futuros estudiosos y docentes. Hace ya tiempo que sé, y aquí no intuyo ni sospecho, que en determinadas universidades el carnet de afiliado pesa mucho más que la preparación académica e intelectual del aspirante, aspirante al que, por cierto han preparado una plaza a cubrir, cuyo perfil coincide milimétricamente con el susodicho.

Bueno, me decía yo, si va a ostentar la plaza de Agregado o Catedrático de… (léase asignatura rimbombante en universidad rimbombante), por vergüenza torera se esforzará y se tornará erudito y versado en la materia. Habría que verlo, porque hay mucho caradura, pero ahí dejo el beneficio de la duda sobre la «sabiduría sobrevenida para el cargo que ya ostentas».

Sin embargo ahora… ahora ya no hace falta ni eso: ahora te sacan una asignatura nueva que te libra de la comparación con el saber de tus antecesores, porque no los hay, y que te hace «eruditísimo y versadísimo» en el tema porque nadie sabe de que va y, aunque se pueda sospechar lo inane y superficial de tu «profunda asignatura» te avala el plus de «corrección política», que a ver quién es el guapo que se atreve a decir que es una memez.

Huelga decir que, ante mis torpes ojos, los profesores universitarios (con minúscula) ruedan, como peonzas, por los suelos del descrédito con sus colegas los catedráticos de instituto (con minúscula). No incluyo en ese «rodaje por las simas del descrédito» a los que aún, y con la que está cayendo, continúan siendo «profesionales con mayúsculas», que me consta que los hay.

Y he largado todo esto para decir lo que opino sobre las cuatro (que no una) nuevas asignaturas sobre Relaciones de Género adaptadas a las distintas ramas del conocimiento que se han inventado: en Ciencias e Ingeniería y Arquitectura el título de la asignatura es «Relaciones de género, ciencia, tecnología y sociedad». En Artes y Humanidades, «Relaciones de género, pensamiento, historia y sociedad». En la rama de Ciencias de la Salud, «Relaciones de género, salud y sociedad», y en Ciencias Sociales y Jurídicas, «Relaciones de género, políticas, ciudadanía y sociedad».

(No sé qué decir, si ¡válgame el cielo! o «toma, Jeroma, pastillas de goma»).

Como para conseguir el título de grado (antes carrera de grado medio) hay que acumular créditos y lo mismo vale uno que otro, habrá muchos estudiantes que elijan para su contabilidad esta «joya de conocimiento» con aspecto de «maría» que indudablemente los prepara a fondo para el ejercicio de su profesión. ¿Cómo va el ingeniero a construir un puente, o el médico a atender a un enfermo si no saben «Relaciones de género, cualquiercosa y sociedad»? Faltaría más.

Y yo, en mi infinita ignorancia, me pregunto ¿cómo es posible que otros ámbitos del saber se queden sin tan egregia asignatura, pudiendo adaptarse de forma sencilla, según he observado, a cualquier rama?

¿Para cuando «Relaciones de género, entrantes, canapés, postres y sociedad» para los chefs, «Relaciones de género, grifos desagües, tuberías y sociedad» para los fontaneros, «Relaciones de género, confecciones, tejidos, sisas y sociedad»…?

Vamos, que si esa asignatura es tan valiosa, importante y multidisciplinar, que sea para todos.

Y ya que he dado la idea, me pido catedrática de «esa cosa». No parece muy difícil, la verdad.

Alicia V. Rubio Calle