No sé si te ha pasado alguna vez que lo ves todo negro, que te falta el aire y parece que se te va la vida con cada paso que intentas dar. Todo a lo que te agarras se acaba desmuntitledoronando y nadie es capaz de ponerse en tu lugar y sentir de verdad contigo, todos fallan y lo único que sientes es una soledad tremenda. Sólo quieres salir corriendo y escapar pero ni siquiera sabes muy bien de qué ni hacia donde.

Mirando hacia atrás las cosas parecen completamente sin sentido, incluso te parece que has tirado tu vida, y hacia delante no hay nada que parezca que pueda darte un poquito de luz, algo que te deje ver lo más bonito y lo más grande que hay en ti.

Pues si alguna vez te pasa, no mires hacia atrás, ni hacia delante, ni hacia los lados, mira dentro, precisamente ahí donde todo está oscuro y de donde parece que sale toda la tristeza, precisamente ahí hacia donde más duele mirar, mira bien hasta que los ojos se acostumbren a la oscuridad, y entonces, al fondo, verás una lucecita pequeña, muy pequeñita porque casi la habías dejado apagarse, se llama darse a los demás, a cada uno como él lo necesite no como tú quieres darte, darse a los que te han hecho daño y a los que no van a darte nada a cambio. Darse del todo, sin mirar hacia atrás, ni hacia delante, ni hacia los lados sino a los ojos de aquellos a los que nos damos. Y entonces verás que esa lucecita que casi no se dejaba ver aparece en los ojos que miras y se hace grande casi de repente, tan grande que te deslumbra e ilumina todo, rebosándose por todas partes y haciéndote sonreir casi sin poder evitarlo, porque cuando nos miramos sólo a nosotros no encontramos casi nada que nos guste y entonces todo se nubla, pero si miramos a los demás, olvidándonos de nosotros mismos, entonces el Amor nos inunda.

Eso es la felicidad.

Leonor Tamayo