Procesión Domingo de ResurrecciónToda la Cristiandad celebra hoy gozosa la Pascua de Resurrección, la vida nueva para todos los hombres que nace de la victoria de Cristo sobre la muerte. Culmina así un año más la Semana Santa, que ha llenado los templos y las calles de España con millones de personas en torno al misterio que, contra toda lógica humana, constituye el centro de la fe cristiana.

Este carácter multitudinario de la Semana Santa en una España instalada oficialmente en la posmodernidad ha suscitado una original y sugerente reflexión al antropólogo Manuel Mandianes, publicada en el diario El Mundo el pasado Viernes Santo. Con el título «Semana Santa y posmodernidad», Mandianes contrapone el vacío interior que domina hoy la sociedad con la Semana Santa española, en la que «la gente, incluidos los turistas que vuelven de la playa, se dan de bruces con lo sagrado. Millones de personas se apropian del misterio cristiano al tiempo que son atropellados por lo sagrado».

Su éxito, afirma el antropólogo, «no se debe sólo a que la gente no quiera viajar a otros países del Mediterráneo por razones de seguridad, sino también, y fundamentalemente, a que la humanidad no puede vivir en un tiempo y un espacio vacíos y sin significado«.

Reproducimos a continuación el texto completo de la mencionada tribuna, publicada en la página 13 de la edición en papel de El Mundo del 22/04/2011 y que tomamos de Bitácora Almendrón.

SEMANA SANTA Y POSMODERNIDAD

Manuel Mandianes*

(El Mundo, 22/04/2011)

El vacío interior se manifiesta por una atención siempre despierta hacia todos los acontecimientos, aun los más insignificantes, del mundo exterior y por la persecución de toda especie de diversiones, de placeres y de lujo, y causa disipación y miseria espirituales. La falta de espíritu puede adueñarse de la vida de las personas y de las comunidades como juego, galimatías, charlatanería y comadreo. El vacío interior es causa del tedio que hace correr al que lo sufre el riesgo de vivir en una permanente excitación a fin de poner en movimiento su espíritu y su corazón. El tedio, dice Heidegger,«va de aquí para allá en los abismos del ser humano como una niebla callada sembrando la indiferencia frente a todo» y hace que quien lo sufre se encuentre frente a sí mismo con toda crudeza, sin máscaras, sin perifollos.

La falta de generosidad y de valor, el fanatismo que amenaza a la sociedad desde fuera y el nihilismo que la amenaza desde dentro, son características de la posmodernidad que cifra la felicidad y la dicha en la riqueza, el éxito y el triunfo porque los considera únicas fuentes de placer. Ciorán escribió: «Los pueblos sólo viven en la medida en que están atiborrados de ideales y no pueden respirar bajo demasiadas creencias». El espectáculo es demoledor, desolador, abismal para el observador. La desorientación y el desamparo en que vive la posmodernidad tienen mucho que ver con la falta de un gran relato envolvente y totalizante. La riqueza interior y la incesante actividad del pensamiento es lo único que puede poner a la persona a salvo del tedio que, según Schopenhauer, puede llevar al suicidio.

Antes, los lugares que infundían respeto, miedo y hasta terror eran las selvas, los desiertos, los páramos incultos, porque en ellos residía lo desconocido, lo sublime innombrable y las fuerzas naturales que no se podían dominar. Hoy, los escenarios de lo sublime, y hasta de lo numinoso, son las montañas, los volcanes, los océanos, los bosques. El mundo en la actualidad asiste a una quiebra de los valores morales, políticos, económicos e ideológicos. Lo único absoluto es el relativismo que ha ido llevando a un marcado subjetivismo irresponsable, sujeto de conductas amorales y de una gran inestabilidad en todos los campos. La ansiedad de mucha gente de hoy se traduce en miedo, terror, angustia, inquietud y locura. Un mundo que clama constantemente por los derechos humanos es, en muchos aspectos, un mundo deshumanizado porque el hombre es un ser cosificado y reducido a objeto.

La disolución de certezas, la flexibilidad, la caducidad de los relatos que configuran el mundo han dado paso a la necesidad de desarrollar una capacidad que permite cambiar de tácticas y estilos en un instante, abandonando lo nuestro de siempre. La posmodernidad tiene un salvaje deseo de que nuestros párpados se abran cada mañana sobre un mundo en el cual las cosas tengan nuevas formas y nuevos colores; un mundo en el que el pasado no ocupe ningún lugar a no ser en forma de memoria histórica, restos arqueológicos o antigüedades que son tratadas como reliquias y timbre de gloria de quien las posee. La nueva fórmula de vivir es la de atreverse a diseñar la vida. El mundo moderno defiende a toda costa la independencia, la libertad y detesta todo tipo de influencias cuando en realidad, no hace más que marcar el paso a los dictados de la publicidad y de la moda.

La red es un factor de ocio, de investigación, de estudio y de trabajo, pero no suple la necesidad de estar juntos, de tocarse, de intercambiar miradas, caricias. Cuanto más dudosa es la condición de lo real, cuanto más merma la realidad real, el cuerpo se hace cada vez más imprescindible y más prestigio adquiere. Se olvidaron o se desterraron expresamente las fiestas litúrgicas y los ritos que hacen parte de la historia de Occidente: los ritos cristianos de paso: bautismo, primeras comuniones, casamiento y funeral, pero se instauraron la fiesta de la empanada, del tomate, del vino, del pulpo. Se han inventado un montón de ritos: las comidas, la cocina -de ahí el prestigio del que disfrutan los cocineros considerados genios de la humanidad, hacedores de arte efímero-, el vestido para la ocasión, los bautismos y las primeras comuniones civiles… Los jóvenes buscan desesperadamente fundar un espacio y un tiempo significativos con el botellón. Entre otras muchas cosas, el hombre es un animal político, lúdico, ritual y mítico.

Muchas fiestas modernas, en las que los protagonistas no piensan nada y la única preocupación de los organizadores es la rentabilidad política o económica, son cascarones vacíos sin significado, por eso terminan en borrachera colectiva y en actos violentos. Se olvida con frecuencia que las fiestas y los ritos precisan, para serlo de verdad, de un lugar bien delimitado dentro del espacio y de un momento preciso dentro del ciclo anual.

El éxito que se espera que tenga este año la Semana Santa de Sevilla o de otras ciudades españolas no se debe sólo a que la gente no quiera viajar a otros países del Mediterráneo por razones de seguridad, sino también, y fundamentalmente, a que la humanidad no puede vivir en un tiempo y un espacio vacíos y sin significado. Millones de personas acuden estos días a ver las procesiones que, pese al mal tiempo, llenan las engalanadas calles de casi todas nuestras ciudades.

¿Cuántas de ellas podrían responder adecuadamente por el significado religioso o sencillamente histórico de lo que están contemplando y, seguramente, admirando? Muchos asistentes se mueven como turistas que buscan acontecimientos declarados de interés turístico nacional. Pero otros muchos miles de fieles y, aun de turistas, conocen perfectamente y tratan de vivir la Semana Santa como el misterio que constituye el meollo y el núcleo duro del cristianismo. «Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe», dice el apóstol Pablo. Pero para resucitar, antes Jesús tuvo que morir.

La Semana Santa española es como un retablo de catedral o un catecismo de la Iglesia que se mueve a espaldas de portadores o sobre ruedas por las calles de nuestras ciudades. La gente, incluidos los turistas que vuelven de la playa, se dan de bruces con lo sagrado. Millones de personas se apropian del misterio cristiano al tiempo que son atropellados por lo sagrado. Si admitir que Cristo es Dios es una cuestión de fe extraordinaria, admitir que Dios haya permitido la crucifixión de su hijo parece una auténtica locura y un invento de mentes extraviadas, algo que va contra la lógica humana. Ya lo dejó escrito San Pablo en sus cartas: la cruz es una auténtica locura y algo incomprensible para el que no creyente. Por el contrario, para el creyente es la mayor muestra de amor. «Nadie ama más a su amigo que aquél que da la vida por él».

Muchos posmodernos consideran todo lo relacionado con Cristo, especialmente lo que se refiere a su divinidad y su pasión, un mito. Para llenar sus vidas vacías por la destrucción de realidades fundacionales han erigido ídolos que ellos mismos no se explican por qué los han escogido a ellos para ocupar ese lugar que ocupan. «El mito hace que se produzca externamente lo que es internamente», dice Kirkegaard. Nuestra época produce mitos por el afán de exterminar todos los mitos.

Todos los ritos, las ceremonias, las procesiones y las celebraciones de la Semana Santa tratan de actualizar ante los ojos de quien quiera ver el hecho histórico y el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. La Semana Santa es la escenificación en las calles y dentro de los templos de los misterios originarios del cristianismo; constituye todavía para millones de personas, creyentes o ateas, un momento de enorme carga semántica que contamina el resto del ciclo anual. El mensaje de la Semana Santa, el mismo en todo el mundo cristiano, es poderoso porque saca los cuerpos a la calle y el misterio se hace espacio y tiempo.

*Manuel Mandianes es antropólogo, escritor y autor del blog Diario nihilista

http://www.almendron.com/tribuna/34755/semana-santa-y-posmodernidad/