Mi experiencia en el aula con Educación para la Ciudadanía en 2º de la ESO y con Educación Ético-Cívica en 4º de la ESO ha sido deprimente. Un curriculum con cápsulas jeroglíficas, una hora lectiva a la semana y alumnos desfondados por un nefasto sistema educativo son ingredientes suficientes y necesarios para parir un engendro que puede ser o bien explosivo o bien inane.

 

Antes de aterrizar con la asignatura estrella del Ministerio de Educación vaticiné su despanzurrado despegue y su estrellado vuelo. Lo que se origina con impostura se desarrolla con estropicios. La elegancia de la Ética fue sustituida por el esnobismo progresista de Educación para la Ciudadanía. En el mundo científico y filosófico, la elegancia es el uso de la distancia más corta para alcanzar una demostración. El esnobismo educativo-ciudadano es imitación de opiniones con afectación, y su ausencia de sencillez conlleva una extravagante presunción de verdad, que es capaz de hipnotizar una mentalidad por forjar y sin criterio definido.

 

En la Ética a Nicómaco brilla con fuerza intelectual la definición aristotélica de felicidad. Con expresión sobria, Aristóteles conceptúa el fin último del hombre y expone cómo la actividad intelectual se ajusta a una vida agradable y digna, porque la contemplación es lo que más nos aproxima a la divinidad y lo que más nos aleja de lo vulgar y meramente sensitivo. Este rigor filosófico ha sido soslayado no ya por opiniones sino por conjeturas basadas en peregrinas afirmaciones, que pueden ser dardos envenenados de ideología política. Lamentable.

 

De acuerdo con el libro de texto que he tenido que padecer durante este curso, la felicidad es sentirse bien, estar contento. A esta sesuda sentencia, se añaden ejemplos y actividades que son un insulto hasta para la inteligencia más inoperante. Así, propuesta de debate: «¿nos hace más felices el botellón?». Un cúmulo de chorradas invade sin pudor la magnífica herencia recibida de nuestros clásicos. La ignorancia es, desde luego, atrevida, y su tendencia es la complicación excesiva de problemas; por eso, es ajena a la elegancia, que es amiga de la sencillez y simplicidad.

 

Desdeñada la reflexión filosófica sobre Ética y Política, se ha pergeñado un pastiche de contenidos, actividades, debates (¡nefasta terminología!) que educan para ser un buen ciudadano. Un lujo sin precedentes para las jóvenes mentes españolas que se hallan a la cola de los informes PISA.

 

Monserrat Bartolomé. Doctora en Filosofía. Profesora.

Soria, 31 de mayo de 2009