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En un pueblo de La Mancha, allá por el año 1808, se establecieron tropas francesas camino del sur peninsular. En un momento dado, los soldados prosiguieron su marcha hacia Andalucía dejando en el pueblo un hospital militar ocupado por soldados heridos y enfermos; con objeto de apoderarse de sus armas, numerosos habitantes del pueblo acudieron al hospital y, con gran vileza y cobardía, asesinaron a buena parte de los internos.

Al cabo de un año, el Viernes Santo de 1809, las tropas francesas regresaron al pueblo manchego y el párroco, temeroso de que los soldados de Napoleón quisieran vengarse masacrando a la población, decidió salir al encuentro del general francés. Para ello, recibió al ejército a la entrada de la villa acompañado de sus feligreses y de la imagen de Nuestro Padre Jesús del Perdón. Así imploraban el perdón de los invasores tras los desgraciados sucesos del año anterior. El general francés, conmovido por el gesto, se desprendió de su fajín y lo anudó a la imagen del Cristo que se abraza a la Cruz renunciando a las represalias.

Este suceso histórico y documentado marcó la historia de un pueblo. En cada rincón de España encontraremos, seguro, episodios similares. Todos ellos expresan que la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo que celebramos estos días no son un espectáculo más o menos dramático sino la celebración de un misterio en el que Dios, hecho hombre, abrazó la Cruz y cargó con nuestras vilezas para salvar no solo a su pueblo sino a toda la humanidad.