imagesFrente a mi instituto hay un colegio muy especial: su proyecto educativo está  inspirado por una ideología privada aunque es de titularidad pública. Amparado por el ayuntamiento y con un aula por curso, en ese momento no tenía más de ocho alumnos por nivel, lo que revela el éxito del enfoque educativo del colegio y los poderosos intereses políticos que lo protegían, manteniéndolo abierto cuando el sentido común hubiera aconsejado cerrarlo hacía tiempo.

Incluso el vecindario más afín a la ideología que lo sustentaba se negaba a llevar allí a los niños por la nula preparación académica que recibían.

En una reunión en diciembre hace unos años, el representante de aquel colegio solicitó al resto que hiciéramos campaña de recogida de juguetes para enviar a un lugar de Centroamérica. Aclaró, para que no nos confundiéramos, que aquello no estaba relacionado con la navidad, que había que ser solidario todo el año y que no había razón alguna para esforzarse en tales fechas.

Alumnos y profesores de mi centro aportaron juguetes y, el último día de clase en el recreo, un simpático alumno de 12 años y yo, cruzamos la carretera que separa ambos centros con dos carros de supermercado llenos.

Cuando llegamos, el conserje nos preguntó que «si traíamos bebidas alcohólicas». Sorprendidos, explicamos la razón de nuestra visita y nos dijo que subiéramos todo a un aula de la segunda planta. No se molestó en ayudarnos.

Al terminar el último viaje, profesores y alumnos comenzaron a salir de las clases. Iban vestidos al «estilo grecorromano» (túnicas y coronas de hojas) y se dirigieron a un altar que había montado en el porche donde cantaron y bailaron diversas cosas sin mucha coherencia.

Varios profesores nos preguntaron, de nuevo, si éramos los que traían las bebidas alcohólicas: era la broma que correspondía a la circunstancia. Aquel conserje dicharachero pero nada aficionado a ayudar y subir escaleras cargado, nos hizo comprender lo que sucedía ante nosotros: estaban celebrando una bacanal, «como los niños quieren festejo, ya sabéis, por el rollo ese de la navidad… y aquí no se celebra nada de eso…» «porque aquí no ponemos el belén, ni tonterías, así que no se van a poner a cantar villancicos…» explicaba, mientras les veíamos bailar alrededor de aquel altar una mezcla bastante siniestra de canciones infantiles y otras muy extrañas que respondían a lo que sus profesores creían se cantaba en las bacanales. Aunque desde luego no daban alcohol a los menores, «la verdad es, que es lo que se echa en falta…«continuó el conserje…«Ah, ¿que no son las fechas de las bacanales? No lo sabía, pero da lo mismo, la cosa es celebrar algo que no sea la navidad».

Frente a aquel altar vacío, adornado con ramas, comprendí la expresión «brillar por su ausencia». Faltaba el nacimiento y su falta lo hacía más presente que si fuera material. Todo aquel montaje para nada, pues todos teníamos en la mente lo que debía ser olvidado.

Mi  alumno y yo pasamos con nuestros carritos vacíos junto al grupo escolar. No eran más de 40. Un centro público, sustentado con el dinero de todos, para 40 privilegiados alumnos a fin de desarrollar un ideario particular que sería deficitario como iniciativa privada, que hace tiempo hubiera perdido un hipotético concierto y que era un demostrado fracaso como sistema educativo. Pensé que salía muy caro que ese grupo de niños pudiera celebrar una bacanal en navidad. Y que sus profesores pudieran ejecutar semejante disparate en aras de una ideología que corta las raíces para que los árboles crezcan frágiles.

Ya en la calle, mi alumno dijo: «profe, a mi este cole siempre me ha dado mucho miedo».

«Y a mí, -le respondí. Pero no se lo digas a nadie».

Alicia V. Rubio Calle