El odio a la fe está absolutamente desatado. En numerosos países de Asia y África los hostigamientos, torturas y asesinatos de cristianos se producen casi por minutos; hemos perdido la cuenta y ya ni nos llaman la atención. Ayuda a la Iglesia Necesitada ha creado un sitio en inglés con el significativo nombre de Where God weeps («Donde Dios llora»); en él va recogiendo los datos y testimonios del acoso a los cristianos en todo el mundo. Es una manera de contrarrestar el silencio cómplice de los medios de comunicación, los gobiernos y la opinión pública en general. Y de golpear también nuestra adormecida conciencia de católicos aburguesados que miran disimuladamente el reloj durante la Misa.

ataquesY es que en muchos países, los cristianos, la Iglesia católica, es el problema. Porque libera a los hombres desde su interior, les da una fuerza increíble, les hace invencibles. Los cristianos entierran a los niños abortados, abrazan a los minusválidos físicos y psíquicos, proporcionan asistencia a los desheredados, reconocen la dignidad de la mujer y acogen a los enfermos que nadie quiere. Y lo hacen con personas de todos los grupos sociales y religiones, algo que resulta intolerable para los fundamentalistas hindúes, musulmanes, animistas… Porque lo consideran una forma de proselitismo contra la que nada pueden hacer.

En nuestro acomodado Occidente la hostilidad se está manifestando de una manera mucho más incruenta. A cuento de los clérigos y religiosos que han sido infieles a su condición humana, cristiana y religiosa abusando de menores se está crucificando de nuevo a toda la Iglesia. Sin excepción. Aunque esos casos constituyan el 0,004 % de los abusos sexuales a menores, como sucede en Alemania.

Cinismo de una sociedad que considera un derecho el asesinato de niños en el vientre de su madre y que, como en el caso de España, no considera delito las relaciones (consentidas, afirma sin rubor nuestra legislación penal) entre un adulto y una niña de 14 años. Por no hablar de la introducción de las perversiones sexuales en la escuela patrocinada por el Gobierno y los gobiernos autonómicos de casi todos los colores. Y qué decir del fomento de la prostitución (también de menores) que hacen en sus páginas de anuncios periódicos para todas las edades y condiciones (incluido el diario conservador de referencia, que mira con hipocresía para otro lado). Sin contar los viajes de turismo sexual encubiertos en los que los cultos y ricos occidentales abusan de niños y niñas de países pobres a cambio de comida, vestidos o cuatro monedas.

Evidentemente, las comparaciones son odiosas y esta cruda realidad de nuestro mundo no justifica las intolerables conductas de clérigos abusadores. Pero ahora los cañones llevan semanas apuntando a la cabeza. El motivo es lo de menos: hay que acabar con el Papa. Da igual que hiciera temblar las gradas del Coliseo denunciando urbi et orbe, la «podredumbre que había en la Iglesia», da igual que mandara moralmente a galeras al desgraciado Maciel, que se reuniera con las víctimas de abusos en Estados Unidos y Australia, que haya pedido perdón de rodillas; como si lo hace postrado. Caña al Papa para dañar a la Iglesia, que lo mismo nos da si es polaco o alemán. Es la primera autoridad moral del mundo, el jefe de los católicos, el enemigo a batir. Pero lo más doloroso es, sin embargo, nuestra tibieza y nuestras dudas. En definitiva, nuestra cobardía cómplice. Las polémicas estúpidas entre católicos (o favorecidas por presuntos católicos) sobre si el Papa conocía o no a un cura que un día acogió en su casa al cuñado del primo de un clérigo pederasta.

viacrucis

Acompañemos a Pedro en este Vía Crucis al que le están sometiendo.

Teresa García-Noblejas