JMJ SeminaristasTras confesar a algunos jóvenes en un discreto acto en el madrileño parque del Retiro, el sábado 20 de agosto Benedicto XVI se dirigió a la catedral de la Real de la Almudena para celebrar una Misa con jóvenes seminaristas de todo el mundo.

Con el templo y sus aledaños abarrotados de chicos que se preparaban para el sacerdocio, Benedicto XVI pronunció una breve homilía recordándoles que eran predilectos de Dios, llamados para ser discípulos y apóstoles. El centro de su ministerio debería ser la Eucaristía en la que Jesús se entrega por todos; por Cristo sabemos que no somos caminantes hacia el abismo, hacia el silencio de la nada o de la muerte, sino viajeros hacia una tierra de promisión, hacia Él que es nuestra meta y también nuestro principio.

El vicario de Cristo pidió a los seminaristas que dedicaran sus años de preparación al silencio interior, a la oración permanente, al estudio y al trabajo pastoral, recordándoles que la Iglesia es santa por el Espíritu Santo pero también resultado de nuestra santidad y nuestros pecados. Animándoles a confiar en Dios y a madurar afectivamente para vivir en celibato, les pidió que configuraran su vida con el misterio de la cruz de Cristo, como prometerían en su ordenación, permaneciendo cercanos a todos los hombres, testigos de Dios hecho hombre, mensajeros de la altísima dignidad de la persona humana y, por consiguiente, sus defensores incondicionales, con especial cercanía a enfermos y pobres. Benedicto XVI pidió a los jóvenes seminaristas que huyeran de los complejos y de la mediocridad, sin dejarse intimidar por un entorno en el que se pretende excluir a Dios y en el que el poder, el tener o el placer a menudo son los principales criterios por los que se rige la existencia.

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