imagesNaturalmente, Benedicto XVI no va en las listas de ningún partido ni desciende a contienda electoral alguna. El título de esta breve reflexión es solo un recurso literario. Ayer, justo el mismo día que nuestro Congreso de los Diputados echaba el cierre debido al fin de la legislatura, el alemán Joseph Ratzinger se dirigía al Parlamento en calidad de Obispo de Roma y supremo Pastor de los católicos.

Lo primero que llama la atención es que países que no tienen mayoría católica, como Alemania o Reino Unido, presten sus cámaras legislativas al Vicario de Cristo en la tierra, algo que nos debería hacer reflexionar en los países mediterráneos, tan proclives a atizarles al clero.

Benedicto XVI se dirigió a los legisladores desde su responsabilidad internacional, con el fin de proponerles algunas consideraciones sobre los fundamentos del estado liberal de derecho. A partir de una cita bíblica, del Libro de los Reyes, en la que el joven rey Salomón pide a Dios que le conceda un corazón dócil para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal.

A partir de esa cita, el pontífice alemán desarrolla lo que debe ser importante para un político: su criterio último y la motivación para su trabajo como político no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz.

A continuación, Benedicto XVI advierte de la realidad de la política, como una gran misión pero también como una verdadera arma de destrucción y para eso se sirve de una oportuna cita de San Agustín (Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?) y del histórico hecho del Tercer Reich como ejemplo del poder del mal, referencia que solamente un Papa alemán podría mencionar en ese país.  Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político, sentencia Ratzinger.

El positivismo jurídico que considera bueno lo legal, aprobado por los parlamentos, no puede ser el único criterio de derecho; es más, cuando es sucede y la ley es contraria a la dignidad humana y a la propia humanidad, es legítima la resistencia. En este punto el Papa trae a colación un recuerdo más agradable para los alemanes, el de los combatientes de la resistencia que actuaron contra el régimen nazi porque se dieron cuenta de que la ley vigente en la Alemania de Hitler era en realidad una injusticia.

Si la aquiescencia de las mayorías no basta por sí sola para definir la ley justa ¿cómo se reconoce lo que es justo? Benedicto XVI aclara que la novedad del cristianismo, frente a las grandes religiones de la historia, fue fundamentar la ley y el derecho, la justicia, no en la voluntad divina ni en la revelación sino en la naturaleza y la razón como verdaderas fuentes del derecho. Razón que presupone la existencia de un Dios que la ha creado. De ahí la facilidad con la que el derecho romano, el derecho natural y los teólogos cristianos se entendieron para dar a luz a la cultura jurídica occidental. Que, en gran medida, sigue configurando el ordenamiento europeo.

Sin rechazar totalmente el positivismo, el Obispo de Roma advierte de la tentación totalitaria de la razón positivista, que se ha convertido en el único fundamento común para el derecho relegando otros valores (como el de la ley natural o la conciencia de naturaleza humana) a la categoría de subculturas.

Y ya va concluyendo el discurso el Papa. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo. Todavía dedica unas palabras a la ecología y a la importancia de respetar y salvaguardar la naturaleza. No es un guiño a Los Verdes, como ha titulado algún periodista, sino un ejercicio de coherencia para recordar que el respeto a la naturaleza humana también es ecología y por ello no podemos manipular a los seres humanos a nuestro antojo.

Para concluir, el ilustre alemán recuerda la esencia del patrimonio cultural de Europa: sobre la base de la convicción sobre la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la consciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta.

Y el histórico discurso finaliza con una vuelta a la oración, a una invitación a políticos, gobernantes, legisladores y administradores para que eleven a Dios la petición del rey Salomón que dio pie al desarrollo de su exposición: también hoy, no podríamos desear otra cosa que un corazón dócil: la capacidad de distinguir el bien del mal, y así establecer un verdadero derecho, de servir a la justicia y la paz.

De acuerdo, el Papa no tendrá ningún protagonismo en la campaña electoral española. Y tampoco sería deseable. Pero sus palabras en el Parlamento de su Patria bien valen para forjar una nueva generación de políticos y servidores de lo público, una verdadera hoja de ruta para la imprescindible regeneración de España y de Europa.

Teresa García-Noblejas