La FIFA quiere prohibir el Padrenuestro y el Avemaría. Será para evitar el Rosario de la aurora. O quizás para dejar fuera de juego la religión. El Reglamento futbolero puede variar por las quejas del presidente de la Federación danesa Jim Stjerne al que nada le gusta, según parece, ni santiamenes ni miraditas cómplices al infinito celestial tras un divino gol. Molan más los futbolistas haciendo la flecha, la araña o acunando bebés invisibles. Y sin embargo las blasfemias en el campo de fútbol pasan desapercibidas en este partido por la copa de la intolerancia.

Fueron los expresivos brasileños los “provocadores” de la fiebre que se apoderó del Sr. Stjerne, quienes en fervor religioso “incontrolado” formaron un círculo en el centro del terreno de juego, se abrazaron y recitaron una oración en acción de gracias. Y por si fuera poco, los insensatos se rebelan contra la exclusividad mercantil del anuncio deportivo de turno pegado a la camiseta y se destapan con frasecitas como «Amo a Dios” o “Pertenezco a Jesús”. En fin, toda una indecente provocación. Un “incidente” que para Stjerne crea “una confusión entre la religión y el deporte”. Como si a estas alturas hubiera que proteger la virginidad del deporte. Tiempos ha que se ha acostado con todo tipo de multinacionales de buenas y malas prácticas, perdiendo su virtud y a veces su moralidad.

El fútbol se ha convertido en un tratado de economía, una mina de oro bien explotada, un canto a la idolatría, en la que demasiadas FIFAS han encontrado la fórmula mágica para hacer del deporte una servidumbre del deportista y del espectador. Y no son demasiados los que levantan la voz para denunciar la “confusión entre el negocio y el deporte”, esa galáctica mezcolanza de la que el danés a buen seguro recibe amplia tajada.

La denuncia del danés recuerda otro episodio no menos galáctico protagonizado por una sujeta perteneciente esa casta de sensibles aguafiestas que comparten el activismo antirreligioso. La susodicha, Madalyn Murray O’Hair, no dudó en llegar hasta el Tribunal Supremo de Estados Unidos para lograr prohibir que los astronautas de las misiones Apolo VIII y XI pudieran realizar actividades religiosas, tan insultantes como por ejemplo, leer el Génesis en el espacio. Han pasado cuarenta años desde que dicho tribunal rechazara la petición, pero parece que poco hemos avanzado en el respeto a la liberta religiosa en nuestro entorno cultural.

La tolerancia se acuñó para garantizar la libertad de los ateos, evitando coacciones para que practicaran la religión. Sin embargo, el ateísmo se ha apoderado de la tolerancia, como la ecología de la naturaleza, y quiere lograr la inversión de los términos: que la religión sea un mal tolerado, practicable solamente en la intimidad del futbolín del garaje doméstico.

José Luis Bazán