La foto que ilustra esta breve crónica está realizada desde  una de las cunetas de los aledaños de Cuatro Vientos, concretamente en una zanja poco profunda llena de pajitos y pinchos sobre los que servidora y más de un millón de personas, en su inmensa mayoría jóvenes pero también algunos menos jóvenes (entre los que me encuentro) y familias JMJ, es decir hombres y mujeres que desde hace 25 años han protagonizado las Jornadas Mundiales de la Juventud de Santiago, Czestochowa, París, Manila, Roma, Colonia, Sydney… y ahora acuden con sus hijos. La huella que estas Jornadas ha dejado en chavales de 7 y más años será imborrable y despertará vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales cuyos frutos nos sorprenderán en los próximos años.

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En mi caso particular, con la de Madrid he asistido ya a cuatro JMJ y en la que acaba de fnalizar he apreciado novedades muy positivas. Primero, la gran cantidad de jóvenes que han acudido a la capital de España, algo que no es nuevo en las JMJ pero que en esta Europa secularizada es verdaderamente llamativo, sobre todo cuando solo hace unas semanas otros jóvenes han destrozado barrios londinenses.  Muy destacable (es una percepción subjetiva)  el número de iberoamericanos  y de franceses, estos  últimos fruto  de la reevangelización que silenciosamente se va abriendo paso en Europa.

Otro aspecto novedoso respecto a las JMJ a las que había asistido es el contenido de la vigilia del sábado. Frente a otras JMJ en las que los testimonios acaparaban el encuentro, el formato de preguntas y respuestas  y, sobre todo, la adoración al Santísimo Sacramento como centro y culminación de la vigilia me pareció magnífico. Benedicto XVI ha recordado más de una vez que el que llama a las JMJ no es el marketing ni la publicidad y que el centro de los actos no es el Papa sino Jesucristo. La vigilia expresó esta idea clara y apasionadamente.

Sobre  la lluvia y el viento que se desencadenó el sábado por la noche, decir que no atemorizó a los presentes en la vigilia aunque era notable la preocupación en los responsables de la JMJ y evidente la tranquilidad del Papa, que no perdía la sonrisa ni daba muestras de querer irse.

Dormimos poco porque cuando una multitud de más de un millón de personas acampa, la música y las conversaciones se alargan, dentro del  buen ambiente general  y la presencia constante de jóvenes y sacerdotes en las capillas, en las que se confesó hasta bien entrada la madrugada.

Como no podía ser menos, la Misa fue el culmen de la JMJ. El sucesor de Pedro explicó muy bien el sentido del lema de este encuentro: Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe. Al finalizar la Misa y tras una breve despedida del Papa (a quien le quedaban todavía algunas actividades), la multitud empezó a abandonar Cuatro Vientos como si se tratará del éxodo del pueblo de Israel: no era la disolución de un acto sino más bien la marcha ordenada y festiva de una comunidad en la que no hubo agobios ni empujones sino el respeto y la fraternidad de quien ha compartido unos días juntos y ha vivido una experiencia inolvidable en torno a Cristo en la Iglesia.

En Cuatro Vientos amaneció el 21 de agosto y el resplandor de esa luz ha iluminado muchos corazones.

Teresa García-Noblejas