Alejandro Llano 040610«Los socialistas creen que la manipulación educativa es de importancia estratégica para su proyecto a largo plazo. No estaban dispuestos, por lo tanto, a moverse un milímetro de sus posiciones en materia de libertad de enseñanza, en el mantenimiento de la Educación para la Ciudadanía, en la vigencia de las implicaciones deformativas de la ley de ampliación del aborto, o en algo tan evidente como la necesidad de enseñar castellano en toda España».

Alejandro Llano, catedrático de Filosofía, denunciaba así ayer, en un artículo publicado en el diario La Gaceta, la inviabilidad de la reciente «parafernalia del pacto educativo». Una imposibilidad que hace que «mientras tanto, la enseñanza se sigue deteriorando en todos los niveles, por imposiciones administrativas que sólo conducen a dificultar la eficacia de los educadores».

La denuncia del ilustre pensador no se queda sin embargo en el fracasado pacto educativo. El problema es más amplio y está en la falsedad de un pretendido modelo de diálogo, el de la «ley del embudo».

 

LA LEY DEL EMBUDO

Alejandro Llano

(La Gaceta, 04/06/2010)

Ancho para mí, estrecho para ti: así es el embudo. Y la ley que lleva su nombre consiste en la aplicación de este modelo al presunto diálogo con otros. Se trata de un ventajismo que suele ocultar cierto complejo de inferioridad. Se teme no ser capaz de conversar en igualdad de condiciones, porque se parte de que el interlocutor maneja mejor las destrezas de la argumentación o, incluso, que sus razones son objetivamente más fuertes. La manera de compensar la desventaja consiste en ponerle en una situación que, de antemano, le haga más difícil mantener sus razones.

La ley del embudo es un instrumento del poder. Puede recurrir a ella quien tiene la sartén por el mango. De ahí que el éxito del diálogo dependa, sobre todo, de quien manda en cada caso. Cuando se trata de intentos por alcanzar un acuerdo político, la responsabilidad mayor corre por cuenta del Gobierno, cuyo cinismo queda patente si echa sistemáticamente la culpa a la oposición de los fracasos que se cosechan tras escenificar oportunidades para lograr consensos.

Zapatero ha recurrido a la ley del embudo desde el primer momento de su mandato. Dejó claro, de entrada, que no estaba dispuesto a pactar con el Partido Popular e hizo todo lo posible para marginarlo de la escena. Puso, en cambio, sus esfuerzos al servicio de un pacto con partidos de extrema izquierda y minorías nacionalistas. Ya lleva tiempo recogiendo los amargos frutos de postura tan imprudente y cazurra. Pero lo malo es que las consecuencias desafortunadas de tal estrategia perjudican gravemente al conjunto de los españoles.

En estos seis años largos, los socialistas no han cedido en nada sustantivo, por más que se hayan presentado a veces como parteras de un acuerdo que no estarían dispuestos a lograr si para ello fuera necesario conceder algo que realmente les importa. Uno de los ejemplos recientes es la parafernalia del pacto educativo.

No dudo de la sinceridad subjetiva de Gabilondo, pero todos sabíamos desde el comienzo que el consenso no iba a cuajar, porque los socialistas creen que la manipulación educativa es de importancia estratégica para su proyecto a largo plazo. No estaban dispuestos, por lo tanto, a moverse un milímetro de sus posiciones en materia de libertad de enseñanza, en el mantenimiento de la Educación para la Ciudadanía, en la vigencia de las implicaciones deformativas de la ley de ampliación del aborto, o en algo tan evidente como la necesidad de enseñar castellano en toda España. Sin embargo, acusan al PP de no haber admitido estas condiciones leoninas. O lo tomaban o lo dejaban: tal era el planteamiento, por más adornado que estuviera con disposiciones técnicas, las cuales el Gobierno podría instrumentar, en cualquier caso, sin necesidad de acuerdos.

Mientras tanto, la enseñanza se sigue deteriorando en todos los niveles, por imposiciones administrativas que sólo conducen a dificultar la eficacia de los educadores. Cada vez se aproxima más algo que mis propios alumnos universitarios ya comienzan a divisar: el momento en el que el círculo se cierre y los propios profesores ya no estén capacitados para enseñar, porque a ellos mismos se les hayan hurtado los contenidos fundamentales de la disciplina que traten de impartir. ¿Cómo se podrá salir entonces del cerramiento sin fisuras de la ignorancia?

El presidente del Gobierno ha dejado muy claro que no está dispuesto a pactar algo que no esté dentro del estrecho horizonte de su ideología. Es una postura que mata en flor toda esperanza de diálogo. Porque uno de los presupuestos de conversaciones abiertas y fructíferas consiste en que los interlocutores estén dispuestos a escuchar las razones del otro, y a cambiar su propia postura si esos argumentos les convencen. Una actitud ideológica cerrada es, por definición, reluctante al diálogo. Y esta incapacidad de apertura a otras fuerzas políticas sitúa al país al borde de un riesgo con graves consecuencias para todos. Si llega ese momento, que nadie desea, no le cabrá a Zapatero pasar las responsabilidades a la oposición.

Se está produciendo entre nosotros el curioso fenómeno de intentar desacreditar el logro más valioso de la democracia española: una transición política tranquila, sin vencedores ni vencidos, que logró lo que muchos consideraban imposible, a saber, el paso pacífico de un régimen dictatorial a una sociedad plural y libre entre personas que son capaces de convivir sin continuos traumas. Aprendimos a dialogar y a ceder en lo opinable, que es casi todo. Superamos el odio al pluralismo que parecía haber cobrado carta de naturaleza en los páramos de España. Pero vuelve a comparecer otra vez ese rechazo de la tolerancia que, al parecer, llevan algunos en la sangre. Son esos que prefieren arruinar a todos –ellos mismos incluidos– que dar su brazo a torcer.

Frente al fanatismo de unos cuantos, hemos de lograr que prevalezca el aprecio por la libertad que muchos seguimos considerando como el más alto valor de la convivencia.

 

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