Sociedad civil 3La necesidad de la recuperación de la sociedad civil frente a los problemas que la evolución del Estado moderno y del poder político está planteando, es ya casi un tema recurrente en la opinión pública. Las experiencias en España y más allá de nuestras fronteras nos apremian a hacer efectiva, en todos los niveles, esa recuperación.

Ayer era el escritor Alberto Martín Baró quien lo recordaba en en artículo titulado «Sociedad civil» en su columna del diario El Adelantado de Segovia. La sociedad civil  -afirma citando a  John Keane- «debe convertirse en una espina clavada permanentemente en el flanco del poder político«. Pero no podemos olvidar tampoco, a su juicio, que «cuando en una nación los poderes públicos fracasan, es porque antes ha fracasado la sociedad civil«, lo que, antes de nada, plantea un desafío de fortalecimiento y vertebración del cuerpo social.

Las palabras y la vida

LA SOCIEDAD CIVIL

Alberto Martín Baró

(El Adelantado de Segovia, 24/02/2011)

Es frecuente hoy escuchar en muy diversos foros que necesitamos recuperar la sociedad civil para resolver muchos de los problemas que la evolución del Estado moderno y del poder político plantea.

Hay quienes ven en los actuales movimientos ciudadanos de varios países árabes contra sus gobiernos dictatoriales ese resurgir de la sociedad civil.

Pero ¿en qué consiste la sociedad civil? Me ha extrañado la definición que de la misma da el Diccionario de la Real Academia: «Ámbito no público, sociedad de los ciudadanos y sus relaciones y actividades privadas». Este concepto de sociedad civil circunscrita a la esfera de lo privado excluiría a los ciudadanos de toda participación en los asuntos públicos, es decir, en la política. Una vez delegado por medio del pacto o contrato social el poder en el Estado y en los gobiernos que legítimamente lo representan, a los ciudadanos no les quedaría más recurso, y eso en los países democráticos, que cambiar mediante su voto en elecciones libres a esos gobernantes.

La mayoría de los autores que en la época actual han reflexionado sobre la naturaleza de la sociedad civil coinciden en que su carácter distintivo reside en que los grupos y las organizaciones que la configuran no están sometidos a la coerción del Estado, pero sí pueden y deben participar en la cosa pública. Se trata de asociaciones cuyos miembros están ligados por lazos de familia, de ideología, de fe religiosa, de vecindad, de intereses, y desarrollan actividades no estatales, como la producción económica, la acción cultural, la vida doméstica, la educación de los hijos, la ayuda humanitaria, la protección del medio ambiente, etc.

El progresivo aumento de las competencias de los poderes públicos y la ampliación del llamado Estado del bienestar han ido mermando la capacidad de los ciudadanos de resolver sus problemas La burocracia estatal ahoga la iniciativa privada. Y cuando los gobiernos y los políticos no son tampoco capaces de solucionar, pongamos a día de hoy, la crisis económica, las escandalosas cifras del paro, el déficit público, o la voracidad y la actuación secesionista de los nacionalismos, esa sociedad civil de la que estoy hablando debe abandonar su mutismo y su pasividad, alzar su voz y pasar a la acción.

Sin una sociedad civil responsable, independiente, exigente y activa, el Estado y los gobiernos se adueñan cada vez de más parcelas de atribuciones, llegan a legislar sobre los aspectos más nimios de la vida privada de los ciudadanos y olvidan que su función es servir de cauce a las justas aspiraciones de quienes les han confiado el poder y tratar por todos los medios a su alcance de satisfacerlas.

¿Por qué creen ustedes que los gobernantes y los líderes políticos no suelen tomar parte en manifestaciones ciudadanas, aunque en estas se defiendan valores que ellos también propugnan en los programas de sus partidos? Porque, sean de ello conscientes o no, ven peligrar en dichas manifestaciones su monopolio ejecutivo y configurador de las mentalidades.

Como escribía John Keane en «Democracia y sociedad civil», «La sociedad debe convertirse en una espina clavada permanentemente en el flanco del poder político».

No abogo por la anarquía ni pretendo hacer el juego a los antisistema. Sé que el Estado es necesario para garantizar la seguridad y la libertad de los ciudadanos, el cumplimiento por todos de la ley, para paliar en lo posible mediante su función redistributiva las desigualdades sociales y económicas, y para promover el bien común por encima de intereses particulares. Pero no debe nunca olvidar que su legitimidad se la confiere la sociedad civil y que ha de actuar siempre al servicio de los ciudadanos, respetando y protegiendo los derechos de estos a la libertad de expresión, de opinión y de asociación.

En la actualidad, esa expresión y opinión libres circulan por redes sociales que escapan al control del poder político y que en un momento dado pueden generar una dinámica capaz de derrocar gobiernos y regímenes.

No echemos a los gobernantes de turno la culpa de todos nuestros males. Así, por ejemplo, en el caso del desempleo, no cabe atribuírselo solo a la acción o falta de acción del gobierno. Los empresarios, las instituciones financieras y los sindicatos son también culpables de la destrucción de empleo. Lo mismo puede decirse de las deficiencias de la educación. Es la sociedad en su conjunto, no solo los profesores y las autoridades educativas, la que debe trabajar por un mejor funcionamiento de los centros y las instituciones docentes.

Cuando en una nación los poderes públicos fracasan, es porque antes ha fracasado la sociedad civil.

http://www.eladelantado.com/opinionAmplia.asp?id=2737&tipo=colaboracion