Al final de la crisis debe emerger la persona

«El Estado de bienestar está en crisis; el mercado, también. Todo el sistema amenaza con venirse abajo… Es el mejor momento posible para replantearnos todo el modelo, y ponerlo, por fin, al servicio del ser humano».

Se trata de una de las conclusiones del reciente Simposio, organizado por el IESE y la Universidad de Navarra,  sobre Sociedad, economía y valores, al que ha dedicado el periodista Ricardo Benjumea una magnífica crónica en Alfa y Omega de esta semana y que, por su interés, reproducimos a continuación.

UN SIMPOSIO DEL IESE «DECONSTRUYE» LA CRISIS.

 AL FINAL DE ESTA CRISIS, DEBE EMERGER LA PERSONA

Ricardo Benjumea

(Alfa y Omega 27/05/2010)

El Estado de bienestar está en crisis; el mercado, también. Todo el sistema amenaza con venirse abajo… Es el mejor momento posible para replantearnos todo el modelo, y ponerlo, por fin, al servicio del ser humano. Sobre esto reflexionaron, la pasada semana, en el IESE de Madrid, la Escuela de Negocios, de la Universidad de Navarra, en el I Simposio Sociedad, economía y valores, intelectuales como Alejandro Llano y Stefano Zamagni, junto a empresarios como Juan Miguel Villar Mir o el Presidente de Danone España, don Javier Robles.

El ex ministro Joschka Fischer, antiguo revolucionario alemán de mayo del 68, se revelaba como firme defensor del viejo statu quo, cuando afirmaba, hace unos días: «Los principios están bien, pero si la casa está ardiendo, uno no se preocupa por los principios, sino por contener el fuego… Incluso George W. Bush se transformó en una especie de Lenin americano y casi nacionalizó la banca».

Estereotipos al margen, el papel de rebelde le cuadra mucho mejor a un filósofo cristiano, el catedrático de la Universidad de Navarra don Alejandro Llano, cuando recurre a esta metáfora de Kafka: «Una casa deja ver su estructura cuando se incendia». Es lo que está sucediendo en estos tiempos de crisis: «Ahora que todo se viene abajo, por fin se ve lo que estaba oculto», dice el profesor Llano.

Estamos en un cambio de época: de la modernidad o era industrial, pasamos hoy a lo que se ha dado en llamar postmodernidad a falta de un nombre mejor. Aquel orden cristalizó en dos corrientes: economicismo y burocratización, con un polo mercantil y otro estatal. «Son dos polos complementarios -explica Llano-. El desorden que puede crear la iniciativa espontánea del mercado se compensa con las reglamentaciones estatales, y el anquilosamiento burocrático se compensa mediante la espontaneidad y la agilización que brota del mercado». De igual modo, «las soluciones a los problemas sociales suelen moverse en esta línea monocolor: más Estado y menos mercado, o más mercado y menos Estado». Siempre es más de lo mismo, pese a las apariencias: «El dinero compra poder, y el poder conquista dinero. Quienes tienden a eclipsarse hasta casi desaparecer son los ciudadanos. Y con ellos, la propia sociedad». ¿Pero qué ocurre en una situación como la actual, en la que ni el Estado está en condiciones de salir al rescate de los mercados, ni éstos en condiciones de financiar ya más al Estado?

Los negocios ya no son los negocios…

Más que económica, la crisis que hoy padecemos es cultural. «Estamos en un momento de transición, y los viejos paradigmas no nos sirven» para encontrar la salida de este atolladero, dice el economista Stefano Zamagni, profesor de Economía Política de la Universidad de Bolonia, y conocido, entre otras cosas, por su participación en la presentación oficial de la última encíclica del Papa.

Para entender la filosofía que subyace al viejo modelo, el profesor Zamagni invita a acudir a un libro de 1910, del pastor protestante británico Philip H. Wicksteed, The Common Sense of Political Economy, que explica cómo el mercado se rige según el principio del impersonalismo: «Cuando uno hace negocios, nunca debe preguntarse quién es el que tiene delante. Ésta es la lógica de la Economía Política» que caracteriza, por ejemplo, el pensamiento de Adam Smith. «Por eso, nuestras empresas han sido lugares donde nadie conoce a nadie. Business is business; los negocios son los negocios».

El principio de eficiencia, que se identifica con el mercado, se completa con el de la redistribución, a cargo del Estado. Ambos principios, subraya Zamagni, son importantes, pero hay otro principio que se ha olvidado, y que debería merecer no menos atención: el principio de reprocidad, que tiende a producir fraternidad y que se caracteriza por la gratuidad, sin la cual todo el sistema se vendría abajo, como, de hecho, vemos a menudo que amenaza con suceder.

El reto es lograr «un modelo organizativo» en torno a la empresa «que permita que coexistan los tres principios». La conciencia acerca de esta necesidad es cada vez mayor en Occidente, sobre todo en Estados Unidos. El modelo actual, «aunque nos permita ganar dinero», y ése ya ni siquiera es hoy el caso, «no nos hace felices. Y la infelicidad se la lleva uno a su familia, y la familia se rompe. Y si se rompe la familia, se rompe en origen el principio de reciprocidad. Y la empresa sufre también por eso». También el Estado, sometido a crecientes presiones presupuestarias.

Pero Zamagni es optimista. Y tiene buenas razones: en la economía del conocimiento, en la que hoy vivimos, no funciona ya la mecanización, propia de la era industrial. Es fundamental motivar a las personas para que saquen de dentro lo mejor de sí mismas. No hay otro modo de competir en la economía global. Pero, para ello, hay que volver a fijarse en las personas, que no son simples trabajadores, y entre otras cosas, «organizar el proceso productivo de modo que hagamos compatible su tiempo de trabajo con su vida de familia, sin crear esquizofrenias». Hay que volver a los orígenes de la economía de mercado, «un invento del catolicismo, y no de la ética protestante, contra lo que piensa mucha gente. La creó la escuela franciscana, con el reto de hacer posible esa compatibilidad. Y hoy, el reto es exactamente ése. Hay muchas empresas que tienden ya hacia ese modelo, y están logrando beneficios».

Una oportunidad histórica

«Max Weber tenía una idea muy poco bucólica de las relaciones mercantiles», prosigue el profesor Llano. «Decía: La comunidad de mercado es la relación práctica de vida más impersonal en la que los hombres pueden entrar, porque es específicamente objetiva, no subjetiva, orientada con exclusividad por los bienes de cambio. Cuando el mercado se abandona a su legalidad, la oferta y la demanda, no conoce ninguna relación de fraternidad ni de piedad, ninguna de las relaciones originarias de las que son portadoras las comunidades de carácter personal». No es muy distinto lo que podría decirse hoy del Estado, convertido a menudo en una bestia de voracidad insaciable, sin otro fin más importante que su propia perpetuación. Y sin embargo, la vida, la vida real, está más allá de estos dos ámbitos, en un territorio aún semi-virgen, aunque sometido a continuas presiones e intentos de colonización: el mundo vital, le llama Llano, en el que impera una lógica personal. Por ejemplo: «Si a uno se le muere un hermano, no puede decir: Tengo otros siete. Porque ese que ha muerto era insustituible».

La familia, pero también «la parroquia, el club…», son realidades que caracterizan, a juicio de Llano, la postmodernidad. La disyuntiva hoy es entre su colonización por parte del Estado y del mercado, que encuentran aquí un territorio nuevo a explorar, o la emergencia de estos cuerpos intermedios, al servicio de los cuales deben ponerse tanto el Estado como el mercado. El momento propicio es justo ahora, concluye el profesor: «El presente nuestro es una oportunidad vital: ¿lo dejaremos pasar, sentados a la puerta de nuestra casa; o decidiremos no ser convidados de piedra en la gran fiesta de la Historia? Ésta es la cuestión».

http://www.alfayomega.es/revista/2010/691/14_reportaje1.html