españaestonia

Supongo que soy de las pocas personas que no ve los partidos del Mundial, ni siquiera los de España. Más que nada porque el fútbol me aburre soberanamente. Aunque visto el ambiente que se respiraba en nuestros pueblos y ciudades, empiezo a pensar si este deporte no será una excelente forma de recuperar la identidad de España como comunidad viva, solidaria, diversa, heredera de un patrimonio espiritual, cultural y humano que merece la pena actualizar. O, más prosaicamente, si el fútbol no se ha convertido en una válvula de escape en medio de una crisis general o en el agarradero de una sociedad crecientemente secularizada.

Pero, a lo que voy: a pesar de mi indiferencia por el Mundial, encendí la televisión coincidiendo con el final del partido. Desconocedora de la táctica y la técnica futbolística, me detuve en las declaraciones de algunos jugadores y del entrenador y me llamaron la atención varios detalles.

El primero, el sentido de equipo que respiraban: los entrevistados que escuché tenían muy claro que jugaban en grupo; ninguno pretendió atribuirse protagonismo alguno. Y todos hablaban bien del resto de sus compañeros, otorgando a los otros más méritos que a ellos mismos. Estaban felices por haber ganado pero sin estridencias, con realismo frente al siguiente reto, el del partido final del Mundial. Por último, escuché al entrenador y su espíritu era el mismo que el del resto (o más bien, él era el que había impuesto el estilo al equipo): la confluencia del esfuerzo de todos y las ganas de proporcionar una alegría a la afición habían hecho posible la victoria.

Y me acordé de lo que han escrito en este mismo «blog» algunos expertos en liderazgo y movilización cívica: Puede la sociedad civil recuperar su protagonismo frente al Estado y Diez claves de futuro I y Diez claves de futuro II.

Y entendí por qué había ganado España la semifinal del Mundial de fútbol.

Teresa García-Noblejas