Es indiscutible que la familia ha sido y continúa siendo el pilar educativo de buena parte de la Humanidad. Como afirmó el Tribunal Supremo de Estados Unidos en el caso Wisconsin c/. Yoder (1972):

“La historia y cultura de la civilización occidental muestran una fuerte tradición en la tarea de los padres de criar y educar a sus hijos. Esta función primaria de los padres de educar a sus hijos se reconoce, más allá del debate, como una tradición americana perdurable.”

Sin embargo, son cada vez más intensos los signos, que masivamente se están transformando en pruebas y evidencias, de que existe un propósito de ciertos grupos e instituciones consistente en apartar educativamente a los padres de sus hijos para que el Estado colonice sus conciencias.

Los medios utilizados para ello son extraordinariamente diversos, sibilinos y en ocasiones demoníacos. Así, es espeluznante la afirmación, retóricamente expresada en forma de pregunta, que un apologeta actual del ateísmo como Richard Dawkins (autor de “El espejismo de Dios”) llegue a afirmar:

“¿No es siempre una forma de abuso etiquetar a los niños como poseedores de creencias respecto de las cuales son muy jóvenes para poderlas haber pensado?”

Completa dicho autor sus dislates con afirmaciones “liberacionistas” contenidas en su blog, según las cuales hay que liberar a los niños de sus “opresores” padres:

“Deberemos trabajar para liberar a los niños del mundo de las religiones que, con la aprobación de sus padres, dañan sus mentes”.

Así, ejemplifica el daño acusando a las religiones que sostienen la existencia de un infierno:

“La amenaza del fuego eterno es un ejemplo extremo de abuso mental, como la sodomía es un ejemplo extremo de abuso físico.”

La pretensión de llevar la educación moral y religiosa al terreno del mal trato moral no es inocua, sino que se trata de una evidente estrategia que pretende la condena judicial de los padres al amparo de una –torticera- interpretación de las abundantes normas internacionales que prohíben, genéricamente, el maltrato infantil.

Como afirma D’Souza muy certeramente en su libro What’s so Great about Christianity:

“parece que los ateos, no contentos con cometer un suicidio cultural, quieren llevarse a tus hijos con ellos. Su estrategia puede describirse de esta forma: dejen que las personas religiosas se reproduzcan y nosotros educaremos a sus hijos a pesar de las creencias de sus padres. La secularización de las mentes de los jóvenes no es, como muchos piensan, la inevitable consecuencia del aprendizaje y la madurez. Más bien, está en gran medida orquestada por profesores y catedráticos que promueven las agendas antirreligiosas.”

La educación sexual no es una cuestión aparte en esta estrategia. El citado D’Souza cuenta en su libro una reveladora anécdota: la contestación que le dio un “campeón” del agnosticismo sobre el papel de la educación sexual de los adolescentes:

“Contra el poder de la religión, empleamos un poder igual si no mayor: el poder de las hormonas.”

En la raíz de este movimiento convergen el ateísmo (en sus diferentes manifestaciones, teóricas y prácticas) y un feminismo radical- Como afirma Elisabeth Gusdek-Petersen en su artículo “Parental Rights are Fundamental Human Rights” (“Los Derechos de los Padres son Derechos Humanos Fundamentales”)

“El feminismo radical es consciente de que la patria potestad es el corazón de la familia tradicional. Saben que si pueden desmantelar los derechos y responsabilidades paternas, podrán derribar la estructura familiar por completo. No es una coincidencia, por ello, que la creciente influencia del feminismo radical en las Naciones Unidas haya ido acompañada de esfuerzos por debilitar los derechos paternos y la influencia de los padres sobre sus hijos. (…) Esta ideología está preparada para sacrificar el bienestar de los niños reemplazando su santuario, la familia, por el Estado cuidador.”

¿Dónde están los derechos fundamentales de los padres, reconocidos en tan numerosas declaraciones y tratados internacionales? Parece que los intérpretes están secundando y sucumbiendo a las presiones de los lobbies feministas y ateos. Aún estamos a tiempo de evitar, mediante la férrea defensa social, política, mediática y jurídica de los derechos paternos, la completa consumación de una perversión: la interpretación lesiva de los derechos paternos reconocidos por el Derecho. Estamos, sin duda, en un Estado de excepción educativa no declarado. La divulgada referencia a la emergencia educativa no es una forma retórica de analizar la situación, sino una llamada a todos los padres para que no entreguen a sus hijos al poder uniformador del Estado.

Terminamos como comenzamos este breve comentario: con las palabras del Tribunal Supremo norteamericano, esta vez en el caso Pierce c/. Society of Sisters, en el que el Juez McReynolds afirmó:

“El niño no es una mera criatura del Estado; aquellos que le cuidan y dirigen su destino tienen el derecho, junto con el gran deber, de reconocerle y prepararle para sus obligaciones.”

José Luis Bazán