En unas páginas apasionantes contenidas en su obra Introducción al Cristianismo*, el entonces Profesor de Tubinga y Ratisbona, Joseph Ratzinger, explica como la profesión fundamental de fe en el Dios único es, en sus orígenes, una decisión existencial que suponía una negación o denuncia de las tres formas fundamentales del politeísmo ambiental: la adoración del pan, del eros y la divinización del poder. Estas tres formas, dice Ratzinger, “se equivocan porque absolutizan lo que no es absoluto y porque al mismo tiempo subyugan al hombre”.

Que un día los cristianos, continúa el autor, se negasen a participar en el culto –aun en sus formas más inocuas- al emperador romano, con peligro de sus vidas, puede parecer hoy un fanatismo incomprensible. Pero precisamente si en la actualidad es posible distinguir justamente entre la inexcusable lealtad cívica y el auténtico acto religioso, es por la decisión que entonces se tomó. Sólo el dolor podía llevar a cabo la transformación. La fe no es sólo un juego de ideas; sino algo muy serio porque de hecho, escribe Ratzinger, “dice y debe decir no a la absolutización del poder político (…), destruyendo así para siempre el ansia totalitaria del poder político (…). Y ello por el carácter absoluto que Dios otorga al hombre y por el carácter relativo a que la unidad de Dios lleva a las comunidades políticas”.

Cruz del ColiseoLa conclusión del capítulo en el que están insertas estas consideraciones reafirma la eficacia que en la historia ha tenido el cristianismo de los primeros siglos al hacer desaparecer irrevocablemente todos los dioses. “Es verdad –afirma- que los poderes que los encarnaban siguen ahí, no han desaparecido ni ellos ni la tentación de absolutizarlos (…). Es una amenaza que pende sobre nosotros tanto como sobre los antiguos (…), pero han perdido ya irremisiblemente la máscara de divinos y, ya desenmascarados, se muestran ahora en su pura profanidad”.

Hasta aquí la síntesis de lo que Joseph Ratzinger escribía en 1968, cuando vio la luz en Munich la primera edición de la referida obra. Mucho ha cambiado el mundo desde entonces, pero la reflexión no puede ser más actual, especialmente para nosotros los cristianos españoles. Leyendo esta mañana lo que Fernando Savater publicaba en El País (“Sobre la identidad democrática”) se entiende mucho mejor lo que puede llegar a significar hoy la tentación de divinizar el poder en su forma democrática. Comprender lo que implica la tentación de absolutizar el pan (en cualquiera de sus formas actuales, llámese dinero, imagen social, bienestar, estatus, carrera profesional…) o el eros, siempre nos ha resultado, a pesar de nuestra debilidad, mucho más fácil.

Jaime Urcelay
*Ratzinger, J., Introducción al cristianismo. Lecciones sobre el credo apostólico, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2007 (14ª edición).