Desde que supe por el periódico que se estrenaba en Madrid “Walesa, la esperanza de un pueblo” (la traducción del título original es en realidad “Walesa, hombre de esperanza”), del director polaco Andrzej Wajda, tenía unas ganas enormes de ver esta película.

Y es que, además de admirar al líder del sindicato Solidaridad, los épicos acontecimientos de Polonia -tan unidos también a la figura de San Juan Pablo II- que culminaron con la caída del comunismo me parecen una referencia fundamental, no sólo por justicia hacia quienes los protagonizaron  -en realidad, un pueblo entero-,  sino también por los aprendizajes que nos proporcionan para los desafíos de hoy. El director de la película, Wajda, a quien solo conocía de la impresionante “Katyn” (2007), reforzaba aún más mis expectativas.

A Ichi, mi hija menor, cinéfila hasta el tuétano y mujer de buenos ideales, es fácil embarcarla para estos planes, así que allí nos fuimos, a una sala más bien de “arte y ensayo” –lo que no deja de tener su encanto- en la que la película se proyectaba en versión original subtitulada.

Lo primero que nos llamó la atención es que el cine estaba prácticamente vacío, a pesar de que la película acababa de ser estrenada. “Ya ves, Ichi, cómo andamos en España”, comenté yo pelín cenizo. “Papá, tienes que comprender que el cine polaco no tiene tirón aquí”, replicó inmediatamente mi hija, siempre positiva.

Salvado este primer escarceo, inmediatamente comenzó la película, que utiliza como hilo narrativo la reproducción de una entrevista de Oriana Fallaci a Walesa, a partir de la cual se van asomando los apasionantes acontecimientos de los que el líder obrero fue un destacado protagonista: la brutal represión del régimen comunista de los sueños de libertad de los polacos en los primeros 70, las penurias materiales del pueblo, los despidos laborales y las detenciones, el nacimiento del sindicato Solidaridad, la impresionantes huelgas de los astilleros de Gdansk y el movimiento de solidaridad que despertaron en todo el país, las misas y confesiones masivas de los obreros en huelga, las negociaciones con las autoridades comunistas, las amenazas soviéticas y la ley marcial, los decisivos viajes a Polonia de Juan Pablo II, la vida familiar del propio Lech Walesa y las calumnias que tuvo que sufrir, el papel de los intelectuales, la entrega del Premio Nobel de la Paz…

Mis primeras impresiones no fueron buenas, pese a la indiscutible emoción de algunas imágenes, situaciones y gestos. Dejando a un lado el desagradable histrionismo con el que se presenta a la periodista Oriana Fallaci, Walesa aparece desde el principio como un personaje más bien vanidoso y narcisista y, si se me apura, un punto frívolo y ligero, a pesar de la fortaleza y la libertad de espíritu con la que la película muestra que afronta la durísima represión a la que fue sometido y la enormidad de las dificultades y retos a los que se enfrentó y que ya son una página destacada de la Historia Universal.

Es cierto que Walesa era un hombre muy sencillo, un rudo electricista poco o nada dado a la lectura o a la especulación intelectual, y que ahí está buena parte de su mérito como líder de la prodigiosa primavera polaca. Pero Walesa era –y es-  sobre todo un hombre de fe (un “hombre de Esperanza”, con mayúscula, como reza el título original de la película), un apasionado enamorado de la libertad y de la justicia, un patriota y un hombre comprometido con su pueblo… dimensiones que prácticamente no aparecen en la película o si lo hacen es de forma muy desdibujada y superficial.

A medida que avanzaba la película esas primeras sensaciones negativas se fueron confirmando y ampliando y, para colmo, apareció una nueva: la cinta me resultó un tostón difícil de sobrellevar, en el que además las constantes irrupciones en la banda sonora de canciones de rock duro en polaco  -en este caso, durísimo- ayudan poco o nada a hacer afición.

Se entenderá, pues, mi frustración con una película de la que tanto había esperado. Me quedo desde luego con “Popieluszko. La libertad está en nosotros” (Rafal Wieczynski, 2007), que gracias a AIN vimos en familia en su día y que, pese a la descarada pobreza de recursos para su producción, me parece que transmite bastante mejor el espíritu de lo que ocurrió en Polonia y las motivaciones y la grandeza interior –pese a sus humanas miserias y limitaciones, que nadie discute- de sus protagonistas.

En absoluto soy experto en cine y mis opiniones, por supuesto, deben ser tomadas con toda reserva, pero creo que “Walesa, la esperanza de un pueblo” ha sido una gran ocasión perdida para que el gran público –y especialmente los jóvenes, a los que tanto atrae el cine- conozcan la grandeza de Lech Walesa y lo que ocurrió en Polonia hace apenas unas décadas. Una aspiración irrenunciable y que queda pendiente porque creo que no se consigue con la película de Wajda, pese a que su intención posiblemente fuera muy distinta y que su esfuerzo debe ser reconocido. Lo siento de verdad, pero mentiría si dijese otra cosa.

Saliendo del cine, Ichi, que por encima de todo es buenísima gente, se empeñaba en aliviar mi frustración insistiéndome en que al menos la película la había permitido a ella conocer mejor unos acontecimientos fundamentales que la mayor parte de su generación ignora completamente. Bueno, quedémonos con eso. Y en todo caso he de decir en honor de la verdad que unos buenos pinchos compartidos en Lizarrán ayudaron lo suyo a enjugar cualquier posible frustración de quien esto modestamente firma para ustedes.

Jaime Urcelay

http://jaimeurcelay.me/