El terrible terremoto de Nepal, que ha sepultado vidas y pueblos enteros, ha sacado a la luz el siniestro tráfico de madres y niños por parte de los que priman su deseo de ser padres por encima de cualquier otra consideración.

El gobierno israelí ha facilitado la salida de Nepal de las 26 parejas de ciudadanos israelitas y sus hijos comprados a través del comercio de vientres de mujeres pobres. Sin embargo, las paridoras, que no madres en este negocio, se han quedado en la zona devastada puesto que, una vez realizado el servicio, no hacían maldita falta. Es cierto que se ha debido intentar que viajaran a Israel por aquello de que, sin ser imprescindibles, todavía eran algo necesarias: estaban amamantando a los niños comprados, no sé si como una cláusula más del contrato o a tanto la tetada. Pero, con eso de las leches maternizadas, estas señoras estaban lo que vulgarmente se expresaría como “amortizadas”.

Todas las parejas eran homosexuales imposibilitados por la naturaleza para tener descendencia. Sin embargo, lo que la biología no puede darles, si puede el dinero. Ahora no sé si el dinero compra la felicidad, pero sí que compra seres humanos chiquititos. Y como al margen de ser homosexuales debían ser rácanos, han ido a un sitio dónde pueden alquilar y comprar seres humanos mucho más barato que en otros lugares con más garantías: Nepal, por ejemplo, donde el kilo de niño sale cinco veces más barato que en EE UU (donde esta práctica también es legal en algunos estados).

Han alquilado a buen precio a la infortunada, víctima de su pobreza, que les ha fabricado el producto y, en el proceso de envolverlo con unos kilitos de más para que luzca ante los amigos en un amamantamiento beneficioso para el niño, pero indudablemente demoledor para la madre que luego ha de entregarlo, va y se desatan las fuerzas de la naturaleza y “ahí te quedas vientre que yo me cojo a mi niño, que buen dinero me ha costado, y me doy el piro, vampiro”.

Tirando del hilo de la compraventa en país pobre, porque el producto niño es muy competitivo en cuestión calidad-precio, resulta que hay 100 vientres gestando futuros israelíes, contratados por otras tantas parejas homosexuales a las que el dinero va a darles lo que la injusta naturaleza les niega. Que no hay hijo, pues se compra. Que no hay útero, pues se alquila.

Total, que estos vientres, vista la inversión realizada y la posibilidad de que el producto se malogre con tanto terremoto, sí van a poder hacer entrega del mismo en Israel. Y luego, como el motorista que te entrega el paquete, propina y a su casita.

No nos engañemos, para el comprador detrás de estos vientres no hay una persona, como para el cliente detrás de una prostituta no hay una mujer que sufre. En lugar del niño hay un producto caro y por ello con exigencias de calidad como lo es un yate, que no puede tener imperfecciones ni agujeros en el casco.

Porque la relación entre pareja homosexual y señora con útero es la misma que se tiene con el vendedor de alfombras del zoco. Y no te lo vas a quedar en casa una vez realizada la transacción comercial, como no quieres tener en casa a la vendedora del pequeño producto que este momento te parece muy necesario. Me pregunto si la relación de los adquirientes con el niño va a ser la del dueño con el coche caro del que te deshaces cuando deja de ser atractivo.

Alicia V. Rubio Calle