Ya se han aprobado en varias Comunidades Autónomas las nuevas «leyes de desigualdad» donde se legisla que las personas tienen más o menos derechos según su opción sexual: mujeres por encima de hombres, homosexuales, lesbianas y transexuales por encima de heterosexuales. En algunas, las legislaciones de desigualdad están en trámites. Es cuestión de tiempo que haya ciudadanos de segunda y de tercera categoría en toda España.

Entre otros capítulos de vulneración de derechos fundamentales, todas ellas contemplan un apartado educativo en el que se abre la puerta de las aulas a la ideología de género, la educación en distintas afectividades, la educación sexual y otros controvertidos temas. Naturalmente sin saber la opinión ni pedir permiso a los padres.

Este tipo de intromisiones en la educación de los menores, que a duras penas pudo frenar el movimiento ciudadano objetor en el caso de Educación para la Ciudadanía, trata de ser solventado por parte de muchos padres solicitando plaza en centros cuyo ideario se asemeja al tipo de educación que quieren dar a sus hijos. Se ha demostrado que, en muchos casos, no ha servido de filtro para el adoctrinamiento en determinadas ideologías pero suponía una cierta tranquilidad para los padres.

Esa vía de escape empieza a resultar casi imposible en el caso de Andalucía, donde más de 14.000 familias se han quedado sin plaza en el centro concertado de su elección y son derivadas a la fuerza a una educación pública cada vez menos imparcial e ideológicamente aséptica y cada vez más dispuesta a adoctrinar contra la ética de muchos ciudadanos.

Esta situación no deja de recordarme a esas escenas del oeste en las que los vaqueros van cercando a los caballos salvajes hasta que, acorralados en un rincón, los atrapan sin contemplaciones. Si todos los caballos, en vez de huir, plantaran cara a los que los acosan en vez de buscar su propia salvación de forma desordenada, seguirían siendo libres.

Si 14.000 familias andaluzas se plantaran y no llevaran a sus hijos a los colegios que no quieren, si miles de familias enviaran quejas a las concejalías de educación tras el primer taller de adoctrinamiento no autorizado, si todos perdemos el miedo y nos damos cuenta de que sólo nos impondrán lo que nos dejemos imponer, podremos frenar esto. En caso contrario, queridos padres, nos veremos en los corrales, atados nosotros y nuestros hijos, frente al hierro candente del amo que nos marcará a fuego.

Esto no es un artículo. Es un llamamiento a la unidad.

Me temo que empieza una nueva lucha.

Alicia V. Rubio Calle