«Sendino se muere»(*) es un bellísimo y singular librito del sacerdote y escritor Pablo d’Ors en el que recrea cómo vivió, por la oportunidad que le brindó su condición de capellán hospitalario, las últimas semanas de la Doctora África Sendino, médico internista del madrileño Hospital de La Paz . Un «lento apagarse» como consecuencia de un cáncer que, como escribe el autor, «misteriosamente nos fue alumbrando a todos los que la tuvimos cerca».

El impresionate testimonio de la Dra. Sendino –«lo que ella era y vivía»–  es reflejado con verdadera hondura en estas breves páginas. Un testimonio que con sencillez nos interpela, en primer lugar, sobre cómo la enfermedad y la pérdida que representa puede ser vivida como «fuente de ayuda a los demás». «Gracias a esta enfermedad que sufro  –dejó escrito Sendino desde su doble experiencia de médico y enferma–  he comprendido que compartir el dolor no significa simplemente asumir el dolor ajeno, sino también repartir el propio. Yo tengo sufrimiento, de acuerdo. Puedo repartirlo o guardarlo para mí. He decidido entregarlo. Y al decidirlo he comprendido que es así como se alivia y que para eso  –para entregarlo– existe». Y es que, como narra d’Ors, «vivía su enfermedad como un ministerio: sabía que no podía estar enferma para sí misma, que su cáncer debía redundar en beneficio de quienes estábamos a su alrededor».

En segundo término, el testimonio de la Doctora Sendino es una emocionante mirada a la vocación profesional de los médicos, vivida por ella con particular conciencia e intensidad hasta que la alcanzó la muerte. «La Medicina  –expresó en su diario– es una actividad apasionante desde el punto de vista intelectual, relacional y cristiano. Difícilmente se encontrará otra actividad humana con tantas posibilidades de encuentro y a tal nivel de intimidad. No creo que haya muchas profesiones por medio de las que pueda transmitirse, y de forma tan directa y elocuente, el consuelo de Dios. No puedo concebir mi fe sin el ejercicio de esta profesión. Profesar la fe se ha identificado para mí con ser una buena profesional. Yo vine al mundo a sanar y me voy de él dando a otros la oportunidad de que me sanen».

Estar enferma ayudó además a Sendino a «repasar su propio quehacer médico: en cada profesional que la atendió, vio un espejo de sí misma. Repasó que había hecho bien y qué mal a lo largo de su trayectoria. Hasta el último día quiso mejorar y aprender. (…) Tenía (…) la virtud humana por excelencia: el deseo de crecer. Me impresionaba mucho que quisiera seguir creciendo en medio de tanta pérdida», apunta d’Ors. Ella sabía que «estaba viendo la medicina desde el lado del enfermo, lo que juzgó que le ayudaría a ser mejor profesional». «Buscaba ser médico hasta el final. Buscaba ser fiel a su vocación».

Finalmente y por encima de todo, «Sendino se muere» es un testimonio de fe en Dios que no puede dejar indiferente al lector. «Lo religioso no era en ella un exabrupto más o menos impertinente, como sucede con los creyentes inmaduros; lo religioso no era en ella una ideología. Todo lo contrario: lo religioso era en Sendino la conciencia misma, pero elevada a su más sencilla y bella expresión». Vivió su enfermedad  –escribe en otro pasaje d’Ors– desde el Fiat,  «en clave de Anunciación», como hacía presente con la discreta imagen de Fra Angélico que la acompañó en su habitación de enferma. «Como la Virgen María, también ella dio a luz una criatura: en virtud de la gracia, Sendino se alumbró a sí misma para la eternidad. Y yo soy testigo», constata el autor.

Sendino oraba con regularidad antes de saberse enferma, pero «la oración que vino tras la noticia  –como ella misma lo confiesa en sus notas–  fue radicalmente distinta». «(…) Estaba haciendo la experiencia de la vulnerabilidad, sin la que no cabe la experiencia general del cristiano». «Quiero gastarme y desgastarme en cumplir Su voluntad», decía.

En definitiva, hay es este pequeña pero imprescindible obra una invitación a plantearnos algunas de las cuestiones más radicales de nuestra humanidad, indisociablemente unida también al sentido del sufrimiento y de la muerte. «Por dolorosas que fueran las pérdidas –recuerda d’Ors–, Sendino sabía que su identidad más profunda no se cifraba en la libertad de movimiento, que no radicaba en la simple autonomía  –como tantos dicen–, y todavía más: que es en la experiencia de la radical dependencia de los demás cuando el ser humano está en la mejores condiciones para comprenderse».

(*) Fragmenta Editorial, Colección Fragmentos, Barcelona, 2012, 77 páginas.

Para descargar en pdf la entrevista Diario Médico (07/06/2007) realizó a la Doctora África Sendino, pinchar aquí.

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