En Reino Unido se encuentra en fase muy avanzada un proyecto de ley que permitirá la producción de embriones humanos con material genético procedente de tres personas distintas. El pretexto es evitar la transmisión al niño las enfermedades mitocondriales que se transmiten de madre a hijo. Las mitocondrias suministran la energía necesaria para la actividad celular. Con la nueva ley, se extraería la mitocondria de la madre y se sustituiría con el ADN de otra mujer. De manera que, sumada a la aportación de material genético del padre, tres adultos (2 mujeres y un hombre) dejarían su huella genética en el nuevo ser.

Como suele suceder en este tipo de debates, nadie se cuestiona que se descarten embriones o que se condene a estos niños a ser para siempre huérfanos biológicos. Importa mucho, parece ser, que se transmita el ADN donado a las siguientes generaciones, el anonimato de la donante y el impacto psicológico que tendrá en los niños enterarse de que han nacido con la aportación genética de 3 individuos diferentes.

Pues que quieren que les diga. Escandalizarse a estas alturas por «flecos» éticos carece, a mi entender, de sentido. La lógica de la reproducción artificial hace que producir seres humanos no tenga límite alguno ni de padres ni de «soporte» (la famosa maternidad subrogda o vientre de alquiler) ni de deseos por satisfacer. Es la diferencia entre el artificio y la naturaleza, la producción y la procreación.

Teresa García-Noblejas.