En los primeros años de docencia fui tutora de un curso de 1º de ESO donde había un alumno extrovertido, exagerado en sus ademanes, muy simpático y pésimo estudiante. Como dijo en varias ocasiones que quería operarse porque era transexual, se llamó a la madre para informarle.

La madre acudió a la Jefatura de Estudios y allí, llorando amargamente nos dijo que sí, que su hijo llevaba diciendo eso desde los 8 años, pero que eso era lo de menos porque su otro hijo, disminuido psíquico, se había puesto a consumir drogas y ya no lo aceptaban en el centro asistencial por ser drogadicto y que, además, tras la separación de su marido, este había dejado de pagar la hipoteca sin conocimiento de ella, les iban a desahuciar por impago de forma inminente y no había posibilidad de solucionarlo.

Lloraba y ni la jefe de estudios ni yo encontrábamos palabras de consuelo. A veces los problemas vienen anudados como las cerezas pero, como las cerezas, hay algunos más grandes que otros. Decía que sus prioridades eran por este orden: conseguir una vivienda, que su hijo mayor dejara las drogas, que lo readmitieran en el centro asistencial de discapacitados y, por último, la operación de cambio de sexo de su hijo pequeño.

Como tutora hablé con él y explicaba con naturalidad y convicción que era una mujer y que en cuanto tuviera ocasión daría los pasos necesarios para cambiar un cuerpo con el que no se identificaba. Tenía entonces 12 años y no parecía tener problemas mentales ni duda alguna sobre su identificación con un cuerpo femenino. Nadie trató de variar su idea, sus compañeros lo aceptaban como era y le tenían sincero aprecio. Le perdí la pista. Al cabo de unos años, al encontrarme con sus amigos, me dijeron que ya no quería ser mujer y que estaba contento con su cuerpo masculino.

Y me acuerdo de él por dos razones, tras haber leído un proyecto de ley sobre la transexualidad y la «disforia de género» que quiere aprobar el gobierno de Andalucía.

Porque, entre otras cosas, esa ley permite que a los niños como a mi alumno se les apliquen terapias hormonales que inhiban la pubertad y prohíbe los diagnósticos psiquiátricos por vejatorios, y es evidente que mi alumno se hubiera «beneficiado» de semejante tratamiento gracias a la legislación. Y me pregunto qué hubiera sido de él, de su salud y de ese cuerpo masculino que había aceptado.

Y porque la aplicación de la ley contempla inversión de fondos y una unidad de tratamiento de este problema en cada hospital para una población total que no llega en Andalucía a los 400 transexuales, según se desprende de los datos de un estudio de colectivos afines. Y  me pregunto si la madre del chico hubiera estado de acuerdo en la inversión de recursos públicos en solucionar el último de sus problemas olvidando resolver los más perentorios.

Alicia V. Rubio Calle