Actualmente, es impensable razonar cualquier aspecto técnico sin rigor científico. Sin embargo, no es así en el ámbito de la vida y la muerte, la ética y la moral, dónde, basándose en una pequeña selección de casos, se llega a conclusiones apoyadas en sentimientos y pálpitos de corazón.

Llevados por una falsa compasión, llegamos a creer de manera personal y social, que la dignidad y la vida de una persona se pueden pesar, y que la balanza que calcula tal peso, únicamente mide en unidades de dolor y movilidad.

Parece que la decisión sobre el suicidio viene regulada con un carné por puntos y, cuando se pierden, sólo queda pensar la forma de liquidar esa vida que quedó sin puntuación o utilidad social. Y esta concepción es la que se trasmite a estas personas que sufren y sienten que no son útiles, que no son valiosas, que no son dignas. No porque realmente sea así, sino porque así lo sienten, así se lo hacemos sentir. Unos sentimientos sociales que nublan la razón, la razón que valora cada vida, la razón que impone que antes de perder esfuerzos para matar debemos emplearlos en mejorar las atenciones, la razón que impone que el único problema que no se puede combatir es la muerte, la razón que hace que no perdamos la esperanza, la razón que impone que una vida no se mide por su utilidad sino por el simple hecho de ser y de existir.

Alicia Ballesteros