Teresa Gutierrez de Cabiedes 2 Teresa Gutiérrez de Cabiedes, periodista y doctora en Comunicación Pública por la Universidad de Navarra  -además de autora de una muy recomendable biografía de Hannah Arendt*-, aborda,  en un artículo que titula ‘Nosotros supervivientes’ y que publica  COPE , una reflexión llena de sugerencias a partir del siguiente interrogante: ¿cómo es posible seguir viviendo después de Auschwitz?

La autora concluye con la afirmación de que ‘sólo se puede reconstruir sobre las ruinas de la Historia desde la confianza en la libertad, desde la convicción en que cada ser humano es singular y su vida puede intervenir en el curso de los acontecimientos’.

*‘El hechizo de la comprensión: vida y obra de Hannah Arendt’, Ediciones Encuentro, Madrid, 2009, 456 págs. Con prólogo de Alejandro Llano.

 

 

NOSOTROS SUPERVIVIENTES

Teresa Gutiérrez de Cabiedes

(COPE, 01/11/2010)

Hace unos meses tuvo lugar en Madrid una retrospectiva de la obra de Claude Lanzmann. Este cineasta galo ha manifestado su convicción de que «no se puede sobrevivir a Auschwitz». Sin embargo, su obra constituye un modo prodigioso de supervivencia, en la medida en que ha sido capaz de narrar lo inenarrable, tejiendo palabra con silencio y enfrentándonos al gran interrogante: ¿Cómo es posible seguir viviendo después de Auschwitz?

 En el aniversario de la liberación de este infierno, el eco de la Historia vuelve a repicar en nuestros oídos. Quizás una de las voces más autorizadas para responder a la pregunta en toda su dimensión sea la intelectual judía Hannah Arendt. Esta mujer fue testigo de vanguardia de acontecimientos que tiñeron el mundo de incertidumbre y luto. Y sufrió también, como muchos de sus contemporáneos, la tentación de dejarse arrastrar por el desarraigo existencialista; pero optó por intervenir en el curso de los acontecimientos, con la convicción de que «incluso en los tiempos más oscuros tenemos el derecho de esperar cierta iluminación, y esta iluminación puede llegarnos menos de teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que irradian algunos hombres y mujeres en sus vidas y sus obras».

 Hace pocos días cayó en mis manos un suplemento cultural antiguo que me estremeció. Contaba la historia de una joven enfermera polaca que salvó del Gueto de Varsovia a dos mil quinientos niños. Como miembro del departamento de control epidemiológico, comenzó a evacuarlos diagnosticándolos como enfermos contagiosos. Además, aprovechando que podía entrar y salir de aquel cerco inhumano, fue sacando niños dentro de ataúdes, de cajas de herramientas, de bolsas de desperdicios. Luego, los llevaba a una familia de acogida, tras esconder un papel con los datos del pequeño en un agujero debajo de un manzano próximo a su casa. Al terminar la guerra, en ese hoyo encontraron muchas personas su identidad.

 Pero antes de la firma de la paz Irena Sendler había caído en el anonimato: detenida y torturada por la Gestapo, fue condenada a muerte por no rebelar datos del organismo de ayuda a los judíos con el que colaboraba. La noche antes de la ejecución, un soldado alemán la liberó. Como ya había sido dada por muerta, siguió trabajando a favor de los judíos con otra identidad, mientras su nombre real permanecía sepultado. En 1965 la organización Yad Vashem de Jerusalén le otorgó el título de «Justa entre las naciones». Pero su historia fue mundialmente conocida, cuarenta años más tarde, al ser descubierta por un grupo de estudiantes de Estados Unidos que elaboraba un trabajo sobre héroes del holocausto. En ese momento, Irena Sendler tenía 98 años y vivía en un asilo. La bautizaron como el «ángel del Gueto de Varsovia». A ella, aquel apelativo le pareció descomunal, y confesó: «Yo no soy una heroína, sólo cumplí con mi deber, y lamento no haber salvado más vidas». Lo que me golpeó fue esa frase: «Sólo cumplí con mi deber». Esas palabras son exactamente las que pronunció Adolf Eichmann: aquel verdugo nazi que había capitaneado la llamada «Solución final», y que fue exhaustivamente interrogado sobre los motivos de su actuación antes de ser condenado a muerte en Jerusalén en 1962.

 En el mismo lugar, en las mismas circunstancias, dos conciencias actuaron por el mismo motivo: sentido del deber. Pero en un caso el deber consistía en aniquilar, en el otro caso en redimir. Se me heló la sangre al contemplar el abismo de la libertad, que puede dejarse llevar por el automatismo de un mal trivializado, pero que también es capaz de guiarse por la «inercia» de la nobleza humana. La maldad no conoce razas. Pero tampoco el bien es prerrogativa de una nación. Por eso, cada aniversario de Auschwitz sacude nuestras entrañas: porque se conmemora algo que no debió de suceder nunca. Sin embargo, la distancia del tiempo nos brinda una perspectiva mayor y estamos en condiciones de saber que el Holocausto no fue resultado de una cuasi libertad colectiva sino una suma de libertades individuales.

 Corremos el riesgo de convertir la Historia en letra muerta, cuando puede ser la gran maestra de la vida. En ese sentido, el dolor profundísimo de la Sohah no será estéril si aquel acontecimiento cambia nuestras vidas presentes, si asimilamos que la respuesta a nuestro destino es personal. Sólo se puede reconstruir sobre las ruinas de la Historia desde la confianza en la libertad, desde la convicción en que cada ser humano es singular y su vida puede intervenir en el curso de los acontecimientos. Si una crisis, por global o profunda que sea, puede convertirse en una epopeya personal, sí cabe sobrevivir a Auschwitz. Porque aquellos que no se rindieron brillan, con sus vidas, en el horizonte de nuestra esperanza.

http://www.cope.es/opinion/nosotros-supervivientes-31507