Ayer llegué tarde de Tarragona donde asistí a la beatificación de 522 mártires de la persecución religiosa durante los años 30 en España. Ya sé que hay polémica sobre las denominaciones así que he elegido la que más me convence. Lo primero, agradecer a la Asociación Enraizados la organización del viaje desde Madrid. Desconozco si había más viajes desde la capital de España pero yo no los encontré.

El recinto de la beatificación estaba a unos 5 kilómetros del centro de Tarragona porque no es fácil habilitar un espacio amplio y seguro para albergar a unas 25.000 personas. La víspera se celebraron varias actividades preparatorias de la beatificación. Y unos 300  personas se habían manifestado contra las beatificaciones bajo la consigna Contra el fascismo, la Iglesia golpista.

Y en ese clima, tras un prolongado paseo por Tarragona de noche y amaneciendo, llegamos al reciento en el que se iban a celebrar las beatificaciones. Muy bien organizado, con una seguridad exigente incluyendo abrir las mochilas y bolsas de los que entrábamos. Con la obsesión de las banderas que, a mi parecer, ha resultado excesiva. Hubiera bastado con dar unas normas para evitar la politización del acto. Prohibir todo tipo de banderas, incluyendo las actual de España y la autonómica de Cataluña o de otras comunidades e incluso, como sucedió, de países hispanoamericanos, resta color popular y alegría al evento. Las banderas simbolizan a los países o a las regiones, no son partidistas en sí mismas. Sonido, logística y testimonios previos, muy bien.

Desde luego, el acto fue solemne y emocionante con gran número de celebrantes y religiosos y no demasiados laicos.  La mayor beatificación celebrada en nuestro país creo que hubiera merecido la presencia de más asistentes pero comprendo que es más fácil opinar que ponerse manos a la obra y organizarlo. Lejos de ser un factor de división, los testimonios de los mártires, que permanecieron firmes en la fe y murieron perdonando a sus enemigos, debían ser fundamento de convivencia y fraternidad.

Una agradable sorpresa, al menos para mí, el saludo inicial del papa Francisco. Breve, conciso y práctico: Cristo nos «primerea» en el amor; los mártires lo han imitado en el amor hasta el final. Muy significativa la pesencia visible de la imagen de Nuestra Señora de Monserrat. La homilía del cardenal Amato, muy completa: recopilación de datos, contexto histórico y mensaje esencial. Y como muestra, 4 botones:

  •  Hoy recordamos con gratitud su sacrificio, que es la manifestación concreta de la civilización del amor predicada por Jesús.
  • Vuestra noble nación fue envuelta en la niebla diabólica de una ideología, que anuló a millares y millares de ciudadanos pacíficos, incendiando iglesias y símbolos religiosos, cerrando conventos y escuelas católicas, destruyendo parte de vuestro precioso patrimonio artístico.
  • En los años previos a la persecución, en los seminarios y en las casas de formación los jóvenes eran informados claramente sobre el peligro mortal en el que se encontraban. Eran preparados espiritualmente para afrontar incluso la muerte por su vocación. Era una verdadera pedagogía martirial, que hizo a los jóvenes fuertes e incluso gozosos en su testimonio supremo.
  • Con su caridad, los mártires se opusieron al furor del mal, como un potente muro se opone a la violencia monstruosa de un tsunami. Con su mansedumbre los mártires desactivaron las armas micidiales de los tiranos y de los verdugos, venciendo al mal con el bien. Ellos son los profetas siempre actuales de la paz en la tierra.

Y tras unas dos horas de celebración, salida bien organizada (el número de asistentes y los abundantes recursos de seguridad lo permitían) y vuelta a Madrid. Con el deseo de que, en palabras del cardenal Amato, enviado del Papa, la intercesión de los mártires obtenga del Señor una lluvia beneficiosa de gracias espirituales y temporales en toda España.

Teresa García-Noblejas